El Perú en un trámite: mi odisea en la oficina de migraciones

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Una de las cosas más desagradables que hay en la vida es tener que hacer trámites con alguna entidad del Estado. Lo es ya que, por culpa de la demostrada ineficiencia de las mismas, estos procesos implican que tu día esté marcado por ellos, ya sea porque toman demasiado tiempo y el trajín adopta cualidades de evento o –y quizá la razón más común– algo sucede que hace que a la salida del proceso sientas que has participado en una pelea de box.

Y un agravante para el martirio vivido es que, ante la ineficiencia del sistema, hay quienes buscan sortearlo y para ello apelan a lo que llamamos, eufemísticamente, ‘criollada’, cuando en realidad se trata de la más soberana pendejada.

Así, el día de ayer (lunes 24 de abril) fui a hacer el trámite para sacar mi pasaporte biométrico, luego de haber sacado la cita con varias semanas de anticipación. Lo hice en la oficina de migraciones que está en el Óvalo Gutiérrez, aquella cuya vibra se hace aún más intolerable al ser subterránea y por estar en el medio de un estacionamiento (carísimo, por cierto, de Los Portales).

El lugar estaba repleto y el área donde tenías que esperar estaba cautelada y administrada solamente por un señor de seguridad. Claro, desde el vamos tenías un problema, el primer paso del trámite no lo llevaba a cabo un funcionario de la oficina de migraciones sino un señor que poco o nada podía decirte del proceso que tenías que llevar a cabo. De hecho, lo único que le decía a todos aquellos que le hacían una consulta era “siéntese que lo van a llamar”. Por si fuera poco, ensoberbecido por ser el alcaide de esta mazmorra subterránea, su prepotencia era notable, desde el momento que sellaba los documentos con violencia hasta cuando con voz condescendiente te mandaba a tu asiento al no poder hacer nada por acelerar el proceso.

Pero claro, este personaje no entraría a la historia si, a pesar de lo áspero de su trato, hubiera mostrado un ápice de eficiencia en el trabajo que hacía. De hecho, el primer tropiezo vivido en mi odisea tramitológica fue obra suya. El caballero tenía que haber recibido mi DNI para, luego de registrarme en una lista, llamarme una vez que fuera mi turno. Pero no, olvidó hacerlo, y solo cuando noté que había pasado bastante tiempo sin que me llamaran y que habían llamado a varias personas que vinieron después de mí, supe lo que estaba pasando. Junto con otros pacientes ciudadanos, me quejé, con una forma que se hubiera quedado en el plano diplomático si el señor se hubiera dignado a aceptar su culpa, pero no, y tuve que mostrarme molesto.

Lo más cercano a un reconocimiento de su culpa fue que dijo: “ya, suba nomás”.

Pero ese había sido solo el primer nivel del flagelo. Faltaba hacer la cola para que me tomaran la foto y registraran mis huellas dactilares. En este nivel el amo y señor también era un agente de seguridad, este un tanto más amable pero claramente abrumado por la situación. La cola era larguísima y llena de caras agotadas.

El sujeto trabajaba en conjunto con una de las encargadas de limpieza del lugar, ella le avisaba cuando uno de los tres (sí, solo tres) funcionarios de migraciones estaba disponible para atender a una nueva persona ¿Por qué no había nadie de migraciones organizando el asunto? ¿Qué tan improvisada tiene que ser una oficina del Estado para que una persona encargada de la limpieza tenga que asumir un rol por el cual no le pagan?

Pero claro, con una cola larga llegan los vivos. No había una fila específica para atención preferencial, todos estaban en la misma y el hacendoso agente de seguridad los hacía pasar intercaladamente con los “normales” (término suyo), sacando a los preferentes de la cola cada cierto tiempo.

Pero de pronto, enterados de cómo funcionaba el sistema del agente (era su suyo pues se notaba que la oficina de migraciones no se interesaba en ello), empezaron a manifestarse repentinos discapacitados, casi como si fuera obra de un milagro satánico, o personas que habían subido las escalares ágilmente y que, de la nada, se veían afligidos por la edad. Una señora, que había estado haciendo cola sin problema, recordó que era discapacitada, tenía un problema en el pie, según decía. Entró a la oficina cojeando con el pie derecho y salió haciéndolo con el pie izquierdo (qué nefasta enfermedad la que transfiere tan rápidamente el problema de una extremidad a la otra).

Algo parecido hizo un señor de “la tercera edad” que subió con presteza los escalones pero que arrastró los pies para entrar a tomarse la foto ¿Con qué criterio definían quién merecía trato preferencial? “Confiamos en lo que dice la persona”, me explicó un funcionario que por un minuto apareció en la puerta. No tengo siquiera que comentar el enfado de la gente presente.

Entré a la oficina y debajo de un cartel de “jefatura” estaba sentada una señora, extrañamente sonriente para el caos que se vivía afuera. Le pregunté a la señorita que me atendió (muy amable, por cierto) cómo se llamaba la jefa de la oficina “Rita…, mmm, la verdad es que no me acuerdo”. Sonreí ante su “falta de memoria”, sin saber si se trataba de una inocente laguna mental o una especie de escudo a su empleadora. Decidí no hacer más indagaciones en ese momento para no servir de excusa alguna para más retrasos.

Lo cierto, empero, es que hoy en la mañana (25 de abril) telefoneé a la oficina de migraciones en cuestión, para consultar sobre qué había pasado ayer y obtener, por medio de la jefa, algún tipo de respuesta a mis preocupaciones. Luego de haber intentado llamar desde las 8am (hora de apertura) hasta las 10:30am, sin obtener respuesta alguna, abandoné la tarea. En el mismo transcurso de tiempo llamé a la sede central de migraciones, aparentemente siempre están con “las líneas ocupadas”.

Seguro dirán que fue un día atípico, que tuvieron muchas citas ¿no convendría dar una cantidad de citas con las que puedas lidiar, en lugar de colapsar porque no te das abasto? ¿No sería bueno que los mismos funcionarios de migraciones sean los que organizan el flujo de ciudadanos?

Así es el Perú, según parece: Una entidad estatal ahogada en sus deficiencias y un grupo de ciudadanos que en ocasiones busca pisotear a otros para tratar de sobrevivir en la vorágine de los servicios de control público ¿Lo merecemos?

Una foto de la cola ese día.
Una foto de la cola ese día.