El monasterio capuchino de Jesús, María y José de Lima.

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Hace poco más de 300 años, el 14 de mayo de 1713, se erigió en monasterio de clarisas capuchinas un beaterio fundado años antes, en 1678, sobre las bases de un recogimiento establecido en Los Reyes en 1669.

Los orígenes de esta casa de oración se remontan al siglo XVII y al recuerdo del siervo de Dios Nicolás Ayllón, nacido en Chiclayo el 4 de marzo de 1632. Fue hijo de don Rodrigo Puicón y doña Francisca Faxollen, ambos descendientes de indios nobles del norte del Perú. Siendo niño fue tomado al servicio de fray Juan de Ayllón, quien lo llevó al convento franciscano de Saña; y luego, con 10 años, al de Lima, en donde vivió atendiendo a su protector hasta que a los 16 años se independizara y se iniciara como aprendiz de sastre, recibiendo tiempo después el grado de maestro. En 1661 se desposó con María Jacinta Montoya en la iglesia del Sagrario de la Catedral. Es con ella que compró una finca y puso los cimientos de la casa de Jesús, María y José, en donde acogió a doncellas pobres y huérfanas para protegerlas y asistirlas espiritualmente hasta su muerte, el 7 de noviembre de 1667, no sin antes recibir de la Virgen Inmaculada el mensaje siguiente: “Hijo, ven en paz que tu casa a mi cargo queda y se llamará la casa de Jesús, María y José, y seguirán la doctrina de los padres de la Compañía de Jesús”.

En el mismo lugar donde funcionó el recogimiento y tras la muerte de Nicolás, su esposa, María Jacinta estableció el beaterio, que a diferencia del anterior se regía bajo una regla y estaba bajo jurisprudencia eclesiástica.

A los siete años de erigido el beaterio, en 1685, coincidiendo con los 150 años del primer monasterio capuchino – fundado en Nápoles por María Lorenza Longo – María Jacinta inició las gestiones para la fundación de uno sobre los cimientos del beaterio, ya que la forma de vida que llevaban las capuchinas era similar a la suya y porque su sustento estaba sujeto a la providencia. Sin embargo, para poder fundar era necesario tener la licencia del Rey y del arzobispo de Toledo, bajo cuya jurisdicción se encontraban las capuchinas de Nápoles. Finalmente y tras numerosas y fallidas gestiones, el 31 de diciembre de 1698, por real cedula, el rey don Carlos II otorgó la licencia de fundación, permiso que fue confirmado por don Felipe V en 1707[1] y en 1709 el obispo de Madrid designó a las cinco religiosas que saldrían del monasterio capuchino de esa ciudad para fundar en Lima. Las designadas fueron: la madre María Rosa, como abadesa, como vicaria la madre María Estefanía, como tornera mayor la madre María Gertrudis, como maestra de novicias la madre María Bernarda y como consiliaria la madre María Josefa Victoria. Acompañaría en el largo viaje el padre Fausto Gallegos y once personas más de apoyo, que emprendieron el viaje rumbo al puerto de Cádiz el 3 de enero de 1710.

La historia de este viaje fue azarosa ya que al día siguiente de zarpar de Cádiz rumbo a Buenos Aires, la embarcación fue asaltada por corsarios holandeses, quienes después de saquear la nave y tras ocho días dejaron a las religiosas en Lisboa, donde fueron retenidas ya que Portugal sostenía una guerra de varios años con España. El documento que permitía su retorno a territorio español tardó tres meses y medio. Antes de retomar su camino hacia el Perú se alojaron en el monasterio de capuchinas de Sevilla, en donde esperaron casi un año y ocho meses para volver a zarpar rumbo a América. Así, el 27 de diciembre de 1711 salieron del puerto de Santa María y llegaron a Buenos Aires el 12 de abril de 1712, ciudad en la que dieciséis días después falleció la madre María Estefanía, quien fue enterrada en el presbiterio de la iglesia de San Francisco de esa ciudad.

Luego, de superar todos los contratiempos, el 10 de octubre de 1712, las hermanas María Rosa, María Gertrudis, María Bernarda y María Josefa Victoria partieron con doce carretas jaladas por bueyes e hicieron una parada en Mendoza, donde permanecieron 18 días antes de seguir su camino hacia Santiago de Chile. Allí se hospedaron 12 días en el monasterio de Santa Clara de la Cañada. Luego, siguieron hacia Valparaíso en donde se embarcaron rumbo al Callao, a donde llegaron el 1 de febrero.

El cuatro de ese mes entraron a Lima, por la calle de San Juan de Dios, en el carruaje del Virrey seguido de damas notables y en medio de repiques de campanas, fuegos de artificio y mucha gente que se agolpaba en la calles para ver llegar a las monjas madrileñas. Cuando arribaron a la ciudad las obras de implementación del antiguo beaterio estaban inconclusas, de modo que se vio conveniente que las religiosas se hospedaran un tiempo en el monasterio de San Miguel Arcángel de Lima, de madres Trinitarias Descalzas. Allí, las recibieron cantando el Te Deum Laudamus.

El 14 de mayo de 1713, después de tres meses y medio de su llegada, salieron del monasterio de Trinitarias – en medio de aplausos -, las cuatro fundadoras, en pomposa procesión presidida por el Virrey y seguida por los oidores de la Real Audiencia y autoridades eclesiásticas y civiles. Fue el mismo Virrey don Diego Ladrón de Guevara[2], quien de la mano hizo ingresar a la madre María Rosa y a las otras religiosas en la clausura del nuevo monasterio capuchino. Antes de entrar al coro, un grupo de niños vestidos como Jesús, María y José entregaron a la futura abadesa, una cruz, un báculo y una llave, como símbolos del cristianismo, la autoridad y la posesión de la casa, respectivamente. Al quedar solas esa noche encontraron que tenían hecho todo lo necesario, según las memorias de la madre María Rosa: “El claustro es muy lindo y acomodado a nuestras constituciones, las celdas, dieciséis que hayamos son mayores que lo que se estilan en nuestras comunidades….el coro es lindísimo…..también hallamos hechos el antecoro, sacristía, lavandería, ropería, concia y refectorio”

Al día siguiente trece de las dieciséis beatas que recibieron a las fundadoras tomaron el hábito capuchino, incluyendo a Isabel María de la Natividad, que había sido la superiora del beaterio, y a su hermana Rosa Teresa, a quien llamaron María Coleta y llegó a ser la primera abadesa peruana del monasterio.

Trece años después de la fundación del monasterio de Lima, el 9 de septiembre de 1726, salieron con destino a Santiago de Chile para fundar el monasterio capuchino de la Santísima Trinidad, las madres María Bernarda, una de las españolas que llegaron para fundar en Lima, la madre María Francisca, que había sido la superiora del beaterio hasta 1713, la madre María Jacinta, la madre María Gregoria y la madre María Rosalía. Actualmente este monasterio, sólo es habitado por seis religiosas de votos perpetuos. Algunos años después, en 1747, salieron de Lima cinco hermanas para fundar en Cajamarca el monasterio de franciscanas descalzas de la Purísima Concepción.

Hoy en día, después de 300 años de fundación y 343 desde que el siervo de Dios Nicolás Ayllón creara la casa de recogimiento, el monasterio de madres clarisas capuchinas de Lima sigue siendo ocupado por mujeres que consagran su vida en oración a Dios y a la Iglesia. Son 30 profesas de votos perpetuos[3], además de las junioras y postulantes.

Al interior de sus centenarios muros se conservan numerosos objetos que son testimonio de tiempos pasados. Entre las obras de arte más notables destacan la serie de la vida de la Virgen y la galería de retratos más numerosa de entre los monasterios de la ciudad. Se conservan los retratos de las fundadoras y abadesas, así como de virreyes, arzobispos, obispos y otros clérigos que fueron bienhechores de la casa. Notable es que su iglesia sea la única en Lima que no haya perdido con el tiempo la ornamentación barroca de su interior.


[1] Las primitivas constituciones permitían un número de 33 monjas profesas de velo negro, 22 españolas o criollas y 11 indias nobles.

[2] Fue además de virrey del Perú, obispo de Panamá, Huamanga y Quito. En la clausura del monasterio se conserva su retrato.

[3]La mayor de ellas falleció hace dos meses a los 103 años.

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