Giovanna Pollarolo: «No eres escritor para estar en el canon y que te estudien» [ENTREVISTA]

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Por Angello Alcázar

Giovanna Pollarolo Giglio (Tacna, 1952) dio inicio a su carrera literaria con la publicación del poemario «Huerto de los Olivos», en el año 1987. A éste le siguieron «Entre mujeres solas» (1991) y «La ceremonia del adiós» (1998), llegando a constituir una de las trilogías más recordadas de nuestra tradición poética. A la par que la poesía, Pollarolo ha demostrado sus dotes de narradora con la colección de relatos «Atado de nervios» (1999) y las novelas «Dos veces por semana» (2008) y «Toda la culpa la tiene Mario» (2016). Asimismo, ha escrito los guiones de cintas como «La boca del lobo» (1988), «No se lo digas a nadie» (1998), «Pantaleón y las visitadoras» (1999) y «Tinta roja» (2000). Actualmente ocupa el cargo de profesora principal en el Departamento de Humanidades de la PUCP y dirige la recientemente inaugurada Maestría de Escritura Creativa de la misma casa de estudios. Carismática, elocuente y de un habla reposada que es capaz de infundir calma en los momentos más adversos, Pollarolo es una de las figuras más activas de la vida cultural de nuestro país. La podremos ver en la Feria del Libro de Lima el 29 de julio, el 1, 3 y el 4 de agosto.

Hablemos un poco de Tacna, de esa arcadia perdida que, junto con la soledad, es uno de los temas que más tratas en tus textos. ¿Es un lugar al que vuelves a menudo?

—Sí, mucho. Primero porque mi madre todavía está viva y vive en Tacna. No quiso mudarse a Lima. Y una hermana también se quedó… Y a medida que pasan los años curiosamente cada vez voy más seguido. O sea, siempre he ido mínimo una vez al año. Siempre… Creo que nunca he dejado de ir. Porque ahí vivía mi padre, también, mi familia…

¿Y qué sientes cuando regresas?

—He pasado por distintas etapas. A veces siento que me dan ganas de quedarme. Otras digo: «Ay, qué bien que me fui». Pero últimamente me ha ocurrido algo nuevo, que es un deseo de investigar el pasado. No el mío (o quizá yo también me involucré ahí). Pero tengo ganas de hacer cosas que nunca me habían importado, como por ejemplo [investigar a los] poetas tacneños, la tradición poética de Tacna, tan poco y mal estudiada; la tradición de, por ejemplo, las revistas que se publicaban… Escribí un artículo que tomó mucho tiempo, y que va a ser publicado pronto, sobre la memoria del tiempo del cautiverio, de los años en que Tacna pertenecía a Chile. Y como ocurre con todas las personas, lamentando que se me ocurra hacer esto cuando mis mayores que fueron testigos han muerto. Me queda mi mamá, pero ella no vivió nada del cautiverio. Tiene una memoria, pero es diferente. Por ejemplo, mi papá tenía diez años. Es del 18, él tenía cosas que contar… Pero, bueno, es así. La memoria regresa. Digamos, el interés por la memoria de cada quien surge cuando uno ya es adulto.

Según tengo entendido, eres nieta de inmigrantes italianos que se establecieron en Tacna. Mi nonna me dice que hay un poema tuyo, el cual no está segura si forma parte de «Huerto de los Olivos» (1987), tu primer poemario, en el que evocas el viaje que emprendió tu abuela genovesa para llegar al Perú…

—Ah, sí. Cierto. (Sonríe, recordando). Mi abuela era piamontesa. Estaba muy cerca, pero para mi abuela era totalmente distinto ser del Piamonte que ser de Génova. (Risas). No me acuerdo cómo se llama ese poema… Pero está, efectivamente, en «Huerto de los Olivos».

¿Y qué tan importantes han sido para ti esas raíces italianas?

—Bueno, al principio ni me importaba… Es después que empiezo a pensar un poco más en lo que significa tener un origen migrante. Yo recuerdo […] cuando se discutía en los años noventa sobre la legitimidad de Fujimori. Alguien, un político, dijo: «No puede ser presidente del país alguien que no tenga muertos enterrados». En ese momento estaban enterrados mis cuatro abuelos, entonces yo pensé: «Yo podría ser». (Risas). En realidad, nunca sentí que había alguna diferencia. Sinceramente. Creo, es una hipótesis, que la inmigración italiana, por lo menos la de Tacna, no es de guetos. Al contrario. O sea, si bien tenían la famosa Casa degli italiani, donde se reunían… Yo me acuerdo que mi papá iba todas las noches a jugar bochas, le encantaban. Tenían este club, esta asociación, pero, para efectos, digamos, del día a día, no notaba que eran otro grupo.

Acerca de tu infancia tacneña, dices que te recuerdas leyendo todo el tiempo, pero que, además, el cine era «la gran diversión» y el «lugar de encuentro». Además de haber escrito varios guiones, te has dedicado a reivindicar ese tipo de texto como un material de lectura tan sugerente como una novela, un poemario, o una colección de relatos. ¿Por qué crees que es tan importante considerarlo como tal?

—He dejado de escribir guiones, pero durante una época, varios años, fue quizás mi actividad prioritaria. Y yo sentía que el guion era importante hasta el momento que lo entregabas. O sea, mientras nosotros los guionistas teníamos el guion en nuestras manos éramos codiciados, nos llamaban, nos apuraban… Pero una vez que entregabas el guion casi automáticamente quedabas fuera del proyecto. Era como que ya dejaba de ser tuyo. Y como yo hice un trabajo académico aquí en la universidad también me interesó reflexionar desde el punto de vista académico [sobre] qué clase de texto era el guion. Y recuerdo que era bastante frecuente encontrar declaraciones de guiones, [como] «Se termina de filmar y se tira a la basura» o «Es solo una herramienta». Entonces, en un momento decidí trabajar un poco más sobre ese tema que se convirtió después en un capítulo de mi tesis sobre Manuel Puig.

Pollarolo escribió el guion de «La boca del lobo» (1988), un clásico del cine peruano, junto a Augusto Cabada y Gerardo Herrero. La película, dirigida por Francisco Lombardi, se basó en la llamada «Masacre de Socos» (Ayacucho, 1980-1983).

Sin duda, uno de los autores que ha ejercido una mayor fascinación en ti es Manuel Puig. A tal punto que, como estabas diciendo, en tu tesis doctoral trabajaste los tres guiones que escribió antes de su primera novela. A pesar de la novedad que supusieron sus textos, la obra de Puig con frecuencia se ha visto ensombrecida en la tradición literaria latinoamericana. ¿Crees que ya está comenzando a tener el lugar que se merece en nuestras letras?

—Yo no creo. Quizás una razón es porque tuvo éxito comercial. El caso de Puig es muy particular. Tuvo mucho éxito con Boquitas pintadas (1969). Fue un bestseller que le ganó, digamos, el desdén de Borges. Y luego sus invenciones y su manera de trabajar a un paso de la posmodernidad […] Pienso que hoy en día les interesa más a los jóvenes trabajar a alguien como [Pedro] Lemebel que el mismo Puig, y más bien me parece que hay un abismo, ¿no? Me irrita, pero bueno, ¿qué voy a hacer? (Risas). Pero, hablando de lo italiano, me parece que Puig, siendo de una generación mayor que la mía, hay esa cosa… Porque la familia materna de Puig era italiana. Y yo cuando leo «La traición de Rita Hayworth» (1968) y las relaciones de la mamá de Puig, que está en ese pueblo de retiro de la pampa por el matrimonio, y sus hermanas y sus padres están en La Plata que consideran que es una ciudad más prestigiosa que ese pueblo infecto donde ha ido a parar… Las conversaciones, es como que yo también escuchara hablar a mis tías… A mis tías, a mi abuela… Esta preocupación por el qué dirán. Lo que nosotros en mi familia llamamos ‘los nervios’. Hay algo que me remite mucho también a mi pasado familiar.

En marzo de este año se cumplieron 10 años de la partida de Blanca Varela, nuestra poeta más universal y de quien fuiste muy amiga. Mucho se ha hablado acerca de los méritos literarios de la poesía de Blanca, pero me gustaría saber cómo la conociste y cómo describirías la relación que tuviste con ella.

—Fue muy importante. Yo la conocí a Blanca dos veces. Siempre digo eso. La primera fue en el año 83, 84. Aquí en la universidad había un curso que lo dictaba Abelardo Oquendo. Era un taller de crítica literaria y teníamos que hacer una reseña sobre algún autor joven, poco conocido. Y no sé por qué yo dije: «Blanca Varela». Abelardo me dijo: «Pero Blanca Varela es una poeta mayor y reconocida». Le dije que había pocos estudios y entonces me autorizó. Y yo fui al Fondo [de Cultura Económica], en [la calle] Berlín, y ahí le hice una entrevista. Quedé como subyugada ante la personalidad de una mujer que vi tan hermosa, sólida, fuerte y, a la vez, digamos, como asombrada de que le fueran a preguntar cosas sobre su poesía. Diez años después, en los noventas, hubo una reunión de mujeres para una actividad que organizaba la Municipalidad de Lima. Cada mujer poeta iba a trabajar con una artista plástica también mujer. Eran los primeros trabajos que se hacían de conciencia del tema de enfoque de género, aun cuando no se usaba ese término. Y recuerdo que Blanca fue con Julia Navarrete, la pintora. Y fue la única de ese grupo grande de poetas que reunió Ana María Gazzolo que desde el primer momento dijo: «Yo solamente quiero este verso con este cuadro de Julia». Y punto, ya estaba, ya no había nada más que discutir. Y de ahí, como ella vivía en Barranco y yo también, la llevé. Y vivíamos a dos cuadras. (Risas). Y entonces la relación se fue afianzando al punto de hacerse bastante cercana… Menos, te diría yo, por el lado de la poesía, que por el lado cotidiano.

Del compartir…

—Sí, ir al cine, conversar. A mí me encantaba preguntarle sobre, no sé, su vida en París, Octavio Paz, Simone de Beauvoir, que jugaba monopolio… Blanca era una persona estupenda, era una persona muy divertida, con mucho sentido del humor… Me cuesta, a pesar de que han pasado 10 años, olvidarme de la Blanca de los últimos años. Yo nunca la dejé de visitar, vivíamos muy cerca y yo iba por lo menos una vez a la semana. Pero ya Blanca estaba enferma.

Justamente sobre la poesía de Blanca Varela se ha resaltado mucho su desnudez y concreción, es decir, el uso de un lenguaje fundamentalmente casto, sin florituras. Lo mismo sucede con tus poemas. ¿Eso es algo que tú buscaste o fue algo que, digamos, se te fue imponiendo en el camino?

—Yo pienso que la poesía de Blanca es una poesía contenida y difícil de entender. Yo, en cambio, por más que quiera ser oscura, no puedo serlo. (Risas). O sea, yo voy más por la historia, voy contando… Yo recuerdo que una vez le dije a Blanca: «Blanca, a ti no te debe gustar nada mi poesía, ¿no?». (Risas). Es que las relaciones se establecen de diferentes maneras. A mí me encanta la poesía de Blanca, me impacta, me confronta, me interpela, pero yo no puedo escribir así, ni tratar de imitarla.

Pollarolo fue amiga íntima de la poeta Blanca Varela (Lima, 1926-2009), de cuya partida se cumplió una década este 12 de marzo. (Foto: Baldomero Pestana).

Antonio Cisneros solía comparar a la poesía con una musa caprichosa cuyo llamado debemos esperar con mucha atención porque, así como aparece, desaparece en un abrir y cerrar de ojos. Tú has manifestado que, desde hace varios años, te sientes más cómoda en la narrativa. ¿A qué atribuyes esos cambios de registro que has tenido a lo largo de tu carrera literaria? ¿Te has planteado volver a escribir poesía, por ejemplo?

—Sí he escrito… Hay un libro que estoy preparando. Siempre algo pasa con la narrativa, siempre me gana. A tal punto que yo estaba preparando un libro que tiene como tema la casa. Y, de pronto, Jorge Eslava me pide unos inéditos para «Lienzo» [revista de la Universidad de Lima]. Entonces, me pongo a organizar… Escribir en la computadora se ha convertido en un problema también, porque cuando escribía a mano, en cuadernos, sabía, físicamente, lo que tenía. Entonces cuando empiezo a revisar me doy cuenta de que en ese archivo, de lo que yo suponía que iba a ser un poemario, hay un montón de cuentos a los que forzadamente les he puesto algún título de casa. He sacado como siete y me estoy quedando con lo que parece más cercano a la poesía. […] Pero, no sé, para mí hay como una narración del largo aliento que está más o menos concatenada, que puede dar lugar a un cuento a una novela, o lo que ahora llaman microrrelato (que no sé cómo llamarlos, pero que para mí son poemas), y que, digamos, lo que los hace estar en ese, en lo que yo llamaré poemario, va a ser su brevedad. En esa brevedad me parece a mí que radica ‘lo poético’, en el sentido más convencional que le podemos dar. O sea, puedo contarte una pequeña situación, pero no te voy a desarrollar una trama.

En el terreno de la narrativa breve, sé que uno de tus escritores predilectos es Raymond Carver, uno de los mayores representantes del llamado realismo sucio. ¿Qué es lo que más te atrae de su obra?

—Cómo una persona hace una obra a partir de un tema, prácticamente, que es su situación de vulnerabilidad en una sociedad en la que tiene que ubicarse, con sus problemas de alcoholismo, la mala relación con sus hijos, su incapacidad de llegar al divorcio. (Breve pausa). Nada, en realidad… Y cómo construye esa obra… Leer sus cuentos, que acababan abruptamente… bastaba una línea tan seca, tan austera, para crear situaciones que en apariencia eran usuales, digamos, pero que era en la mirada… O sea, cómo mira Carver… Cómo te cuenta, no sé… Un hombre que decide sacar los muebles de su casa en una noche, y hace la sala y el comedor en la parte de afuera de su casa, porque tiene que mudarse… Y todo ese dolor… Nada de eso está dicho, pero es la imagen en pequeñas cosas… En pequeñas situaciones, imágenes… La de los cazadores, estos típicos americanos que van a pescar, y al lado hay una mujer muerta, y prefieren no mirar…

Por otro lado, te has dedicado a la enseñanza prácticamente toda tu vida, desde que a los 19 o 20 años te recibiste de profesora en una escuela normal de Tacna. ¿Son más las satisfacciones o las insatisfacciones, dirías tú, que te ha dado tu labor como educadora?

—En realidad yo pensaba que nunca iba a enseñar. Porque cuando terminé la escuela normal la terminé de mala gana y dije que nunca iba a enseñar y que iba a estudiar otra cosa. Y esa otra cosa que estudié fue Literatura. Y es normal que las personas que estudian literatura terminen enseñando. Y entonces, sin darme cuenta, fui jefa de prácticas, después me dieron horas… Creo que [enseñar] es una manera más o menos tranquila de tener una vida intelectual en un país como el Perú. Dedicarme solamente a la escritura escribiendo yo, digamos, libros que, porque no sé hacerlo, tengan éxito de ventas, moverme en el mundo editorial… No podía pensar en esa posibilidad. Y una manera de tener una vida independiente económicamente… (Sonríe). Bueno, no te digo que sea la gran maravilla, pero te da cierta estabilidad y esa estabilidad te permite también escribir y hacer las cosas que te gustan. En mi caso ha sido una buena decisión… No te voy a decir que sea una maestra con una súper vocación como Luis Jaime Cisneros, por ejemplo. Pero tengo una buena relación con los estudiantes y siempre encuentras personas con las que hay afinidad y se crean espacios enriquecedores.

Giovanna Pollarolo el año pasado en la 39° Feria del Libro Ricardo Palma presentando la Maestría de Escritura Creativa de la PUCP junto a Daniela Ramírez y Francisco Hernández. (Foto: Cámara Peruana del Libro).

Este año se inauguró la Maestría de Escritura Creativa de la PUCP, cuya dirección está a tu cargo. ¿Cómo así nació este proyecto y a qué aspira?

—Bueno, lo plantee yo. Era coordinadora Cecilia Esparza… A Cecilia le pareció interesante, y entonces, con Daniela Ramírez, que era una escritora joven que venía de NYU de hacer la escritura creativa en español donde está Mariela Dreyfus. Con la experiencia de ella armamos un proyecto. Eso fue, me parece, en el año 2016. Y el proceso ha sido largo… Imagínate que hemos pasado por las instancias de acá de la universidad… Departamento de Humanidades, Escuela de Posgrado, Unidad académica, Consejo, Asamblea y SUNEDU. Y cada instancia te lo devolvía con su gerencia. Pero finalmente, con el empeño de Daniela, el apoyo de las personas de acá de la universidad, estamos funcionando desde este ciclo. Tenemos un poco más del número de alumnos que necesitábamos, hasta un poco más, y vamos a ver. Nuestro eslogan es «Hacemos escritores». Y la idea es profesionalizar la escritura. Eso que te digo que yo no hice, que es decir: «Voy a ser un escritor y escribir, no sé, novelas de género». No todos aspiran a ganar el Nobel, no eres escritor para estar en el canon y que te estudien. O sea, vas a ser un escritor que vas a escritor bien sobre, no sé, si es, de pronto, los chats de La Botica. (Risas). Investigar, hacer policiales… Y de lo otro también. Cada quien elegirá lo que le interese.

Cambiando de tema, no sé si te enteraste de la carta que firmaron varios escritores protestando en contra de la escasa presencia femenina en la Bienal Vargas Llosa. ¿De qué manera percibes el tema de la disparidad entre hombres y mujeres, concretamente en el ámbito artístico? ¿Estás de acuerdo con los argumentos esgrimidos por eso escritores?

—Sí, yo firmé la carta, pero no salió [mi nombre] porque vi tarde el correo. Yo creo que hay que pelear por eso. Yo creo que es importante porque si no se presiona no te esfuerzas por buscar nombres. Por ejemplo, yo misma, que tengo años enseñando… En estos últimos tiempos, cuando hago mis sílabos, me doy cuenta de que no tengo mujeres. Y, si no hay, es por la propia pereza. De pronto, por ejemplo, hemos trabajado a una escritora como Elena Garro… O sea, una persona interesantísima. ¿Por qué la novela de Elena Garro no ha circulado? A los escritores los hacen los críticos y lo más fácil es estudiar siempre a los mismos. Entonces, es un reto.

Finalmente, Giovanna, ¿hay algún tema en particular que crees que todavía no se ha tratado lo suficiente en la literatura o el cine de nuestro país?

—Me parece que hay varias cosas… Por ejemplo, tenemos un montón de historias que han sido mal contadas o que no han sido contadas. No sé, me encantaría, por ejemplo, una novela sobre [María] Eugenia Sessarego… Ella fue testigo directo de lo que pasó con [Luis] Banchero [Rossi]… ¿Dónde está? Hay muchas historias que no se han contado… Yo, por ejemplo —quizá para terminar con lo del inicio—, yo quiero escribir sobre el cautiverio… Es algo que yo he escuchado toda mi vida y no he hecho nada sobre ese tema.

¿Es como una deuda, quizá?

—Sí, exacto.