Leila Guerriero: « Cualquier persona que vea mi arco de preocupaciones pensaría que soy esquizofrénica»

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Por Angello Alcázar

 

La periodista, editora y docente argentina Leila Guerriero (Junín, provincia de Buenos Aires, 1967) se ha ido labrando un sitial de primer orden en los feudos del periodismo narrativo. Desde que, allá por 1992, Jorge Lanata la llamó para que trabajara en la redacción del diario Página/30, luego de que le enviara un relato titulado «Kilómetro cero», Guerriero se ha dedicado enteramente a la no ficción. Hoy en día sus crónicas, perfiles y artículos aparecen de manera regular en medios tan diversos como El País, La Nación, Rolling Stone, Vanity Fair, El Malpensante, la revista Paula de Chile, y la revista mexicana Gatopardo (en la que también se desempeña como editora). Sus textos, descarnados y para nada condescendientes, le han merecido infinidad de premios y elogios, como el que Mario Vargas Llosa hace de Plano americano (2013): «Muestra de manera fehaciente que el periodismo puede ser también una de las bellas artes y producir obras de alta valía, sin renunciar para nada a su obligación primordial, que es informar» (El País, 2013).

Delgada, verborrágica, amena, graciosa, cálida, directa y bastante segura de sí misma. Eso y mucho más es Leila Guerriero. Siempre rehuyendo los lugares comunes y asumiendo la responsabilidad social que le atribuye a su labor periodística, Guerriero ha publicado libros como Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico (2005), el ya mencionado Plano americano (2013), Una historia sencilla (2013), y, más recientemente, Opus Gelber. Retrato de un pianista (2019). El jueves 20 de junio participó en una conferencia organizada al alimón por la Cátedra Vargas Llosa y el Departamento de Humanidades de la PUCP, en la cual dialogó con la también escritora y docente universitaria Giovanna Pollarolo. En ella, Guerriero departió sobre las historias que han tenido un efecto más perdurable en su vida y obra, y otros temas como su método de trabajo, su relación con sus entrevistados, su concepción del periodismo como género literario, etcétera. Aquí transcribimos algunos de los comentarios más resaltantes que hizo durante la charla.

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Leila Guerriero: «Yo meto los pies en el barro de esa relación humana que se da entre el entrevistado y el entrevistador […] Uno acepta cumplir un rol pero a su vez tiene que tener el control de eso. Primero que nada, creo que lo que hay que tener es flexibilidad. Cuando alguien me recibe en su casa yo llamo por teléfono y explico lo que voy a hacer. [El entrevistado] se da una idea de que va a ser una tarea desgastante para él o para ella y asume que si yo le pido ir a verlo tres, cuatro, cinco veces va a ser una mirada muy a fondo… Con [Ricardo] Piglia, por ejemplo, lo primero que me dijo fue “Compré uvas para recibirte”. Inmediatamente le comencé a hacer preguntas sobre frutas… Él había publicado Blanco nocturno, que era su primera novela después de 13 años, creo […] Entonces, abordar el tema de una manera puramente intelectual a mí no me sirve de mucho. En general, ese primer encuentro, cuando uno empieza a recorrer una parte de la vida de esa persona, y han pasado tres horas, y la persona ve que solo hemos hablado de ese trozo de su vida, queda como tácitamente claro que no hay ninguna posibilidad de que la entrevista se termine ahí. Queda demostrado por el método mismo que sí voy a necesitar volver».

«En esa relación yo trato que no se mezclen nunca cuestiones personales. Por lo menos de mi lado… Si el otro desarrolla un afecto es un problema de él, digamos… Yo suelo ser súper “escindida”. Yo nunca paso un límite interno mío en el cual empiezo a querer al otro, y empiezo a preocuparme por aquello que esa persona pueda pensar cuando lee el texto. Nunca. Porque eso es un peligro vivo».

«Si alguien me dice “Eso no lo cuentes”, obviamente no lo cuento… Se puede tomar como una traición… Hay como unas reglas un poco difusas ahí […] Acá el asunto es que el compromiso es con el texto, con la historia, no con el fulano, la fulana que uno está entrevistando. A mí esta cosa del entrevistador que se conmueve y empieza a llorar con el entrevistado me parece que no produce periodismo. Eso produce catarsis […] Otra vez, el compromiso es con la historia. Yo tengo muy claro que la historia que yo escribo sobre ese sujeto no es la misma historia que él escribiría sobre sí mismo, ni que su mamá escribiría, ni que su biógrafo autorizado escribiría. Yo soy otra cosa […] En cualquier momento puedes bajar la cortina y decir “Sabés qué, te vas de acá, no te recibo más” —no me ha pasado nunca—, pero no voy a ser complaciente».

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«Siempre me preguntan por qué no escribo ficción y yo digo que en este momento no tengo la vocación de la ficción, pero jamás dije: “Nunca voy a escribir ficción”. No sé, a lo mejor dentro de tres años estoy acá presentando una novela. La escritura es un bicho muy raro, se mueve y se cuela por lugares inesperados. No todos los avances con la escritura son avances, a veces hay retrocesos, momentos de paz, hay que pasar por esos momentos para pasar a otro […] Pero sí creo que el periodismo es una forma de literatura. Es una forma de literatura de no ficción».

«Plata quemada [de Ricardo Piglia] es una novela que está basada en cosas muy reales. Es una historia muy creíble… Justamente [Piglia] es el peor autor en términos de ejemplo para hablar de realidad y ficción. Su ficción está muy aumentada, muy exagerada… Todo lo que escribió Ricardo está publicado bajo “novela”, “cuento”… Mi pacto con el lector es totalmente distinto».

«La imaginación en los relatos de no ficción tiene que estar puesta en los recursos narrativos, no en el invento de la trama. Si van a inventar la trama le ponen “novela” o “cuento”, pero no le ponen “crónica periodística”, porque no lo es».

Leila Guerriero en el Hay Festival de Arequipa/ Foto: Esther Vargas, 2015.

«Cuando uno empieza a sentir como entrevistador que llega a un lugar de mucha conmoción del entrevistado, ya sea porque la persona está en una especie de evocación melancólica de algo que pasó o porque está reviviendo un episodio, etc., se produce una especie de […] No sé, a mí me ha pasado entrevistar a una mujer, Gabriela Aguirre, que asesinó a su marido con muchísimas puñaladas. Era una mujer que tenía polio y su esposo le pegaba y le pegaba. Una noche se desbordó la situación y ella pensó que su esposo los iba a matar a todos (a ella y a sus hijos) y lo apuñaló […] Necesitaba la descripción del momento, con el detalle, casi como una reconstrucción forense de la situación… Nunca hay que producir un silencio sobreactuado, hay que tener mucha percepción de eso… Te diría que tenés que aplicar un poco una mezcla de sentido común y sensibilidad por lo que necesita el otro… Yo diría esperar un poquito y después ver cuando retomar la palabra… Tomar nota, dejarlo hablar de lo que quiera seguir hablando y volver delicadamente sobre esa misma situación un rato después».

«Uno no es distinto como periodista que como ser humano, aunque a veces se debe hacer el esfuerzo de separar esa sensibilidad tan “cursi” diría yo, por ponerle una palabra para que entiendan el trabajo que nos toca hacer».

«Es mejor ser “prescindente”. Nosotros no aguantamos el silencio, el dolor, y tendemos a interrumpir. Y esa interrupción a veces es fatal… Rompimos esa chispa y sonamos».

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«Cuando uno escribe sobre algo, sobre una persona o sobre una historia, me parece que también (sobre todo si uno escoge el tema) es porque uno quiere decir algo de uno mismo también con eso. Me pregunto mucho acerca de cómo los autores, y los escritores y los pintores, y qué sé yo, manejamos el ego. Me parece que sin ego uno no podría hacer nada. Lo que pasa es que una cosa es ser un ególatra y otra un egomaníaco. Me interesaba saber cómo llega uno a la cima del mundo y después tiene que habituarse, conformarse con un éxito más modesto, digamos. Fito Páez es una gran estrella del rock, pero nunca volvió a repetir el éxito de “El amor después del amor”. No hubo nada después de eso […] Yo me pregunto qué pasa cuando uno le entrega todo a lo que hace».

«Me parece que uno busca siempre personajes con los que siempre hay una afinidad o un rechazo muy fuerte».

«Yo nunca tengo una distancia muy cercana [con el entrevistado]. Siempre permanezco en un lugar de opacidad. Siempre estoy mandando señales de que yo no estoy ahí de alguna manera, de que yo tengo que ser el sujeto transparente, de que yo no importo. Y eso lo tengo muy metido dentro de mí también […] Yo fui a entrevistar a un tanatólogo, que es una persona que se dedica a embalsamar cadáveres, y mi madre estaba agonizando en el Hospital Italiano de la ciudad de Buenos Aires […] Y el tipo me hablaba de fauna cadavérica, de cómo limpiaban a los cadáveres, qué se yo. [Y] yo en un momento me hice la pregunta: “¿Y esto no me estará haciendo mal?”. Y sin embargo escribí una nota y la pude escribir bien y me gustó hacerlo. Es el extraño placer —como dice Anne Carson— de escribir con placer sobre cosas dolorosas. La sensibilidad tiene que quedar puesta en el texto, en la historia. No en que nosotros nos pongamos a llorar delante del espejo».

«Yo creo que cualquier persona que vea [mi] arco de preocupaciones pensaría que soy totalmente esquizofrénica… El primer libro es sobre 12 suicidas en un pueblo de la Patagonia, muy jóvenes, en un lapsus de un año y medio. El segundo libro es sobre un señor que tiene un sueño imposible que es ganar un festival de malambo. El tercero es sobre uno de los mejores pianistas del siglo XX […] He escrito sobre asesinas, he escrito sobre mujeres que mataron a su hijo apenas después de parirlo, he escrito sobre [un hombre] que medía dos metros 50 y que era diabético y se estaba quedando ciego en un pueblo norteargentino, he escrito sobre la dictadura de los años 70 en Argentina […]».

«Todos somos diferentes, pero no todos tenemos una historia para contar. Periodísticamente no… o, en todo caso, [algunas historias] no son interesantes para mí. Yo huyo, salgo volando como correcaminos, cuando alguien me dice: “Ah, si yo le contara mi historia, usted contaría una gran historia”… A lo mejor la gente puede ser muy singular en algunos puntos, pero periodísticamente eso puede ser poco interesante […] Toda la gente sobre la que he escrito es singular. Sin esa singularidad no hay interés periodístico. Pero tampoco es una colección de freaks, ni es una colección de asesinos».

«A mí las orquídeas me interesan tres pepinos. Pero cuando me cayó en las manos el libro El ladrón de orquídeas de Susan Orlean lo leí en dos días o menos […] Durante mucho tiempo me quedé muy pegada con el tema de las orquídeas… De hecho después de eso hice una crónica sobre la colectividad japonesa en la Argentina solo con la esperanza de que me regalaran orquídeas. (Risas). Más allá de las curiosidades que despertó, creo que lo que transforma un texto en algo muy bueno es que uno se descubre leyendo algo acerca de algo sobre lo que no hubiera leído, solo por la calidad de la investigación y la forma del texto. En este caso yo diría que la estética es una ética. Escribir bien tiene el fin noble de comunicar de verdad, de que la cosa llegue».

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«Hay un periodista, Jon Lee Anderson, que dice que ser víctima no es ninguna virtud. Yo estoy totalmente de acuerdo con eso… Los periodistas tendemos a dejar fuera todo lo malo como si temiéramos que el hecho que una víctima pudiera tener partes reprobables la hiciera menos víctima […] Una víctima tiene el derecho de ser una persona completa como somos todos. No tiene el deber de ser un ángel. No hay que ser un ángel para que te pasen cosas malas. También puede ser una persona normal, ni angelical ni vil… Lo primero es no mirar a la víctima por el ojito de la cerradura de “Estoy entrevistando a la víctima de X cosa”. Hay que abrir el abanico y preguntar por toda la vida de esa persona. El abuso es un dato más de esa vida y hay que comprender cómo esa vida se transformó a partir de eso… A las víctimas tendemos a “revictimizarlas”. Creo que mirar a la víctima con esta mirada complaciente, haciéndola hablar solo de lo que le pasó, es quitarle todo poder de modificar eso, también. Es mirarlo como un pobre sujeto, como un pobre infeliz que siempre va a estar encarcelado en su jaula de víctima… Hay que interesarse en la gente como gente completa».

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«Las clases de lectura que uno hace son distintas. Yo tengo libros a los que vuelvo siempre porque son parte, qué sé yo, de mi galaxia… El primero que voy a mencionar se llama Madame Bovary y lo escribió un tipo llamado Gustave Flaubert. Ese libro lo releo una vez cada dos años… La primera vez lo leí, Madame Bovary me parecía una imbécil, después ya empecé a entenderla mejor. Es un personaje absolutamente fascinante […] Y hay otro libro que también forma parte de esa galaxia de autores. Es un libro desesperante. Es el diario de Cesare Pavese, un autor que se suicidó. El oficio de vivir. Yo tengo varias ediciones del libro. La primera edición que yo leí es una pésima traducción que se hizo en Bruguera, está todo subrayado, supongo que por una persona que se suicidó como Pavese. (Risas). Y ese fue el primer libro que me regaló mi papá cuando yo estaba muy triste porque me había peleado con un novio… Mi padre, para cobijarme y hacerme la vida un poco más feliz, me llevó a la Plaza Almagro, a una feria de libros usados, y me compró El oficio de vivir, que es el diario de un suicida… Si me tuviera que mudar de mi casa y me dijeran “Tenés que llevarte dos libros”, yo me llevo esos dos… Ahora, después los libros a los que yo recurro como para, no sé, como para “entonarme”, digamos, son libros que son muy diversos y casi todos son de literatura sajona contemporánea… Ese baúl está cada vez más lleno de cosas y está repleto de poesía. Repleto. Y ahí entran, qué sé yo, Anne Carson, Sharon Olds, Louise Glück, [Charles] Simic, Denise Levertov, Anna Ajmátova, Matías Rivas, Adán Méndez, Vallejo mismo, Claudio Bertoni, Nicanor Parra… Yo leo poesía desde muy chica […] Esa es la música que tengo sonando en mi cabeza».

En libro más reciente, Opus Gelber. Retrato de un pianista (Anagrama, 2019), Guerriero elabora un perfil minucioso de uno de los más grandes genios musicales del siglo XX.

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«Yo siempre prefiero la tercera [persona] para escribir crónicas y perfiles porque no me gusta mucho la exposición, siento que mi mirada se ve de todas maneras aunque yo no diga “yo” en primerísima persona… Pero sí uso la primera persona en las columnas de El País, en las conferencias que doy, porque me interesa que se entienda que eso es algo que me pasa a mí y no una especie de verdad revelada. No pretendo ser Moisés bajando con las tablas de la ley… Y también, curiosamente, los tres libros que escribí —Los suicidas del fin del mundo, Una historia sencilla y Opus Gelber— son libros que están escritos en primera persona… Lo que hay que hacer es tener un motivo pensado. En todos podría resumir básicamente que hay algo de esa historia que estoy contando que no se puede entender sin que yo muestre mi relación con el protagonista de esa historia […] A mí lo que me parece grave es escribir en primera persona cuando se puede escribir en tercera y cuando la primera persona es en absoluto innecesaria… La tercera persona, además, es bien difícil… Implica un desafío fuerte, que a veces [no se da con] la primera».

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«El único ritual que necesito [para escribir] es estar sola. Eso implica toda la casa… Es bastante complicado eso, porque yo vivo en pareja desde hace 25 años. Obviamente no es que echo a una persona de mi casa durante los tres meses durante los cuales voy a escribir un libro… Pero, si no estoy sola, tengo que tener la sensación de que estoy sola. Eso solo se logra con un gran estado de concentración, digamos. Dejar el mundo afuera […] Si bien yo tengo mi estudio propio y todo, a veces el estar sola no se soluciona cerrando la puerta. Implica también no solo no ser interrumpida permanentemente por cuestiones cotidianas, sino que implica también estar concentrada y haciendo solo eso durante el tiempo que estoy escribiendo el artículo, o la columna, o lo que fuere… Si me invitan a una cena o si tengo que ir a una presentación de un libro, ese día ya no me sirve para escribir […] Clarice Lispector también decía: “Si estoy esperando, no puedo escribir”. Si estoy esperando que pase algo, que venga el plomero, que sean las cinco de la tarde para ir a ver a una amiga… Hay algo en ese ritmo de espera que hace que la creatividad no fluya… Entonces no, no tengo un ritual. Tengo que estar despierta… Y tengo que estar saludable… Soy una especie de monje estúpido, digamos, a la hora de la escritura. Pero no, ni prendo velas ni empiezo a escribir todos mis libros el primero de marzo… Pero está bien, hay gente a la que le funciona eso».