¿Mi trabajo importa?

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Llámenme insistente, pero el tema de la motivación laboral no deja de fascinarme. Me intriga cómo puede existir una masa laboral con actitudes tan dispares. Por un lado, me topo con gente que, a pesar de tener un salario algo modesto, despierta cada día con ganas de continuar con aquello en lo que están trabajando. Por otro, veo constantemente casos de compañeros que, a pesar de contar con un afortunado y atractivo sueldo cada fin de mes, se encuentran en una continua búsqueda de una “mejor opción”, algo que les haga sentir que el trabajo en el que vuelcan diariamente alma, vida y corazón tiene algún sentido, importa.

En mi última columna describí uno de los experimentos (involucra Legos Bionicle) de los que el profesor Dan Ariely se valió para explorar el impacto de la motivación sobre la productividad laboral, así como también testear las compensaciones económicas que un común trabajador exige para aceptar trabajos que éste identifica como absolutamente carentes de sentido. En esta ocasión procuraré dar un claro vistazo a otro de los escenarios que creó. Para esto debemos definir nuevamente qué es lo que, según los autores, implica que algún trabajo tenga sentido. Se necesitan dos características: un trabajo con sentido debe ser reconocido (alguien en alguna parte del mundo reconoce que el trabajo ha sido completado)  y tener un motivo (el trabajo debe estar claramente conectado a algún objetivo, el cual podría o no podría ser del interés del que lo realiza).

En este experimento, los investigadores partieron convocando a una serie de estudiantes de MIT y les ofrecieron lo que ellos consideraron el trabajo más desprovisto de sentido que se podrían imaginar. Se trataba de una simple tarea, recibirían una hoja de papel con un sinfín de letras aleatorias y se les pagaría 55 centavos de dólar si encontraban 10 veces dos letras “s” de manera consecutiva. Una vez finalizado, se les ofrecería la opción de repetir la tarea con una nueva hoja de letras aleatorias, por la cual se les pagaría ahora sólo 50 centavos. El proceso se repetiría, siempre ofreciendo 5 centavos menos hasta que el ahora sobrexplotado trabajador decidiera parar. Por supuesto, hay un truco en esto.

 A un primer grupo de alumnos (a quienes coloquialmente llamaremos “los reconocidos”) se les indicó que escribieran su nombre en cada hoja y se les informó que cuando terminaran su trabajo, sus hojas serían recibidas por un analista y que serían posteriormente revisadas; a un segundo grupo (“los ignorados”) no se les indicó que escribieran su nombre y se les dijo que el experimentador pondría sus hojas en una torre de papel y que no serían examinados; finalmente, a un tercer grupo (llamémosles “los triturados”) se les indicó que en cuanto terminaran la tarea asignada, sus hojas serían automáticamente arrojadas a una máquina trituradora de papel.

Uno pensaría que aquel que exigiría un salario promedio mayor sería uno de los estudiantes del grupo de “los reconocidos” ya que, conscientes de que su trabajo sería revisado, necesitarían más concentración y esfuerzo para hacer una tarea tan poco motivadora, mientras que “los ignorados” y “los triturados” podrían fácilmente hacer trampa y aprovechar todo el dinero ofrecido. Curiosamente, “los reconocidos” completaron en promedio 9.03 hojas cada uno (lo cual supone un salario promedio de 14.85 centavos), mientras que “los ignorados” y “los triturados” sólo completaron en promedio 6.77 y 6.34 hojas cada uno (salarios de 26.14 y 28.29 centavos respectivamente). Este sencillo experimento provee de evidencias adicionales para reflejar la importante injerencia que la motivación laboral y la búsqueda de sentido tienen sobre la productividad de un trabajador promedio. Se trata de un trabajador que, dentro de su recompensa por el tiempo invertido en el trabajo incorpora la satisfacción de haber realizado algo que importa.