EEUU y China, un futuro incierto (II), por Daniel Ku Hop

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La semana pasada, desarrollé en la primera parte de este artículo de 3 secciones, las razones políticas y económicas por las cuales China y EEUU siguen una tendencia hacia una détente más que hacia una cooperación bilateral efectiva en base a los últimos acontecimientos suscitados. Esta semana, lo que buscaré es reforzar esa premisa de confrontación entre ambas potencias mediante el desarrollo de 2 razones sumamente importantes, la manera mediante la cual China está rompiendo la metanarrativa de desarrollo occidental, y los antecedentes históricos que tienen Occidente (representado en su máximo esplendor como EEUU) y China. Para realizarlo, me apoyaré en el estudio de dos especialistas en el estudio de China, el primero será Martin Jacques, autor del libro “When China Rules the World” y columnista de The Guardian y New Statesman, y el segundo será Kevin Rudd, ex primer ministro de Australia, especializado en las relaciones con China.

Napoleón una vez dijo: “China es un león dormido, y cuando despierte, el mundo entero temblará”. Hoy en día esa afirmación es más cierta que nunca. China ha despertado y está afectando no solo el panorama real de los acontecimientos actuales, sino que también está desafiando la historia que siempre le ha gustado contar a Occidente. Martin Jacques, desarrolla este nuevo rol de China con la ruptura de dos principales “verdades” contadas por esa historia occidental. La primera es que “siempre los países que han liderado el mundo han sido Estados desarrollados”. Acorde con Goldman Sachs, tras un reajuste post crisis del 2009, China, un país con un gran desarrollo económico pero con severos problemas sociales internos en proceso de superación, desplazará a EEUU como primera potencia mundial para el 2020. El conocimiento de que China, bajo los estándares utilizados para medir a las potencias en términos de desarrollo social, es considerado como un país en vías de desarrollo  sumado a la proyección de Goldman Sachs, nos trae como resultado que China, un país en vías de desarrollo (no desarollado), será la primera potencia mundial para dentro de 3 años, rompiendo con la primera afirmación de la metanarrativa occidental. La segunda “verdad” contada por Occidente y desafiada por el crecimiento de China es que “siempre los líderes globales han sido estados occidentales”. Existe una falsa idea de relación entre desarrollo y occidentalismo que afirma que mientras un estado se desarrolla, se occidentaliza. China, una vez más, rompe con esta falacia demostrando ser un Estado con estrictos valores Orientales y que se ha desarrollado en base a esos valores, sin una necesidad preponderante de occidentalizarse.

En el aspecto histórico, Kevin Rudd postula una hipótesis sumamente interesante, y esta es que el Occidente, representado por Estados Unidos, ha humillado durante los últimos 100 años de historia a China, lo que ha causado una lógica desconfianza por parte del gigante oriental con respecto al agresor. Rudd desarrolla esta premisa en base a 3 ejemplos históricos. El primer ejemplo fue el fin de las Guerras del Opio. Para finales de 1860, tras una infundada guerra e invasión de occidente a China, los Estados ganadores impusieron unas condiciones a China, en el Tratado de Tianjin y la Convención de Pekín, tan o más fuertes que las impuestos a Alemania después de la Primera Guerra Mundial. Como consecuencia de estas y del sentimiento de supremacía occidental dentro de la misma China, se podían ver en las calles de las principales ciudades carteles de “No dogs or Chineses allowed”. El segundo ejemplo de humillación a China fue la Conferencia de París de 1919. Tras finalizar la Primera Guerra Mundial, Alemania fue forzada por los estados ganadores a devolver los territorios ocupados durante el conflicto y la etapa previa, a todos los estados que los poseían en un principio, excepto a China. Los territorios que fueron quitados por Alemania a China, fueron otorgados a Japón tras la Conferencia de París, desencadenando, en el largo plazo, un conflicto sino-japonés que hasta ahora trae rezagos culturales. Finalmente, el tercer ejemplo postulado por Rudd fue la invasión de Japón a China en 1930, como consecuencia de la Primera Guerra Mundial y la cesión de territorios Chinos a Japón. “El Estado del Sol Naciente” decidió invadir al “Imperio bajo el Reino de los Cielos” aprovechando la débil situación en la que se encontraba. Dentro de esta invasión, no solo se cometieron abusos no contemplados dentro del Derecho de Guerra, sino que una enorme cantidad de civiles fue asesinada dejando un saldo humano de más de 15 millones de chinos (entre soldados y civiles). Occidente, frente a estos abusos cometidos por Japón, decidió evitar interferir en el conflicto hasta que Japón se posicionó junto a Alemania durante la formación de los bloques de la Segunda Guerra Mundial.

Como debería estar ahora más claro, no solo los acontecimientos actuales son importantes para poder analizar el desarrollo de las relaciones entre ambos estados, sino que existe un antecedente histórico-cultural que, en el caso de una civilización tan antigua y tradicional como la China, pesa sobremanera. Sin embargo, por si estos 4 puntos de análisis (político, económico, histórico y cultural)  no han sido suficientes para convencer al lector de que la cooperación bilateral entre ambos estados para el desarrollo pacífico de la Comunidad Internacional son más un deseo que una realidad, la próxima semana, dedicaré mi columna al análisis del por qué Estados Unidos ha leído mal, durante años, a la civilización y los intereses de China.

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