Un Santo en el Perú

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Recuerdo aquel viernes 1 de febrero de 1985 cuando a golpe de las 6pm., me encontraba parado en un estrado, entre las personas que conformábamos la denominada “Coral del Papa”, dirigida por el maestro Manuel Cuadros Barr, esperando la llegada de Juan Pablo II a la Plaza de Armas de Lima. Pocas veces recuerdo un momento tan emocionante como éste. Un locutor iba anunciando, a través de los altavoces que daban a la plaza, el momento en que el Papa aterrizaba en el Grupo 8 del aeropuerto Jorge Chávez y era recibido por las autoridades pertinentes, entre ellas el cardenal Juan Landázuri Ricketts. Luego iba anunciando por donde iba la comitiva papal, por las avenidas y calles de Lima, acercándose a nosotros, hasta que luego de unos minutos, el “papamóvil” con Juan Pablo II de píe bendiciendo a todos, ingresó raudamente a la plaza de Armas. Inmediatamente todo el coro arrancó a cantar el “Tu est Petrus” a toda voz, lo cual al menos en mi caso, era un poco difícil de cantar en esos primeros instantes -y creo que para muchos también- pues el momento era tan emocionante que la voz a muchos se nos quebraba. Las lágrimas pronto asomaron a mis ojos, por la alegría y emoción de tener a nuestro querido Juan Pablo II a pocos pasos de distancia, tan cerca, bendiciéndonos a todos, siempre con una sonrisa y transmitiendo e irradiando una extraña fuerza, paz y alegría, tan especial y sobrenatural, que verdaderamente se sentía. Luego cantamos el himno del Estado del Vaticano: “Salve, salve Roma…”. El Papa subió las escalinatas del atrio de la catedral y desde su terraza pronunció un hermoso discurso dirigido al clero, seminaristas, religiosos y laicos, para luego entrar un rato a la catedral. Posteriormente salió caminando a Palacio de Gobierno donde lo esperaban las autoridades políticas.

En estos días celebramos los treinta años de la primera visita de Juan Pablo II al Perú, hoy declarado santo. Tener la experiencia de ver a Juan Pablo II, y estoy seguro que la muchísima gente que lo conoció, vio o escuchó, y que lee estas líneas, nunca olvidará esos momentos, pues constituyó una experiencia extraordinaria e inolvidable. Personalmente, mientras lo miraba y escuchaba, recordaba la primera vez que, recién nombrado Papa, apareció en público y escuche su voz grave. Ello me trasladó a aquél lejano atardecer de un 16 de octubre de 1978, cuando encontrándome en Madrid, veía con alegría en la TV en casa de una familia amiga, al lado de mi madre y mis hermanos, el humo blanco que salía por la chimenea de la Capilla Sixtina en Roma, en donde por fin se había elegido a un nuevo Papa. Pocos días antes, estando en París, me había enterado con tristeza y -gran sorpresa la verdad- del repentino fallecimiento de Juan Pablo I. La enorme expectativa creció cuando se anunció como nuevo Papa a un tal Karol Wojtyla. ¿Cómo se pronuncia eso? ¿De dónde es este Papa? ¡Un Papa polaco! A los pocos minutos, se escuchó la grave voz del nuevo Papa: “¡Alabado sea Jesucristo!”, arrancando una verdadera salva de aplausos y de vivas indescriptibles, especialmente cuando comenzó a hablar en “vuestra… nuestra lengua italiana”. En unos segundos el nuevo Papa se metió en el bolsillo a la multitud ubicada en la plaza. En ese momento me percaté que nos encontrábamos ante una verdadera revolución espiritual en la Iglesia Católica y ante un Papa fuera de serie, como hacía tiempo no se había visto y no se verá. El tiempo así lo confirmaría.

Treinta años han pasado de su visita al Perú y Juan Pablo II ha demostrado el temple del que está formado. Decenas de viajes a la mayoría de países del mundo. Se le ha visto acercarse al público, abrazar a la gente, cargar a los niños, saludar a los enfermos, regañar firmemente a políticos marxistas –como en Nicaragua-, y fustigar firmemente el terrorismo –como en su valiente mensaje en Ayacucho. En dicho discurso leído el 3 de febrero de 1985, Juan Pablo II claramente molesto y con santa cólera afirmó: “Grave es la responsabilidad de las ideologías que proclaman el odio, el rencor y el resentimiento como motores de la historia. Como el de los que reducen al hombre a dimensiones económicas contrarias a su dignidad… es imprescindible proclamar que el odio no es nunca camino: sólo el amor, el esfuerzo personal constructivo, pueden llegar al fondo de los problemas”. Lo dijo un Papa que se enfrentó durante años al nacismo de Hitler y luego al comunismo de la Unión Soviética, como arzobispo de Cracovia y cardenal, en una Polonia sufriente y valiente. A él no lo engañan ni encandilan las falsas doctrinas. Se enfrentó al comunismo, cayendo por ello herido en un atentado en la misma plaza de San Pedro, un 13 de mayo de 1981.

Recuerdo que al día siguiente de su llegada a Lima, el 2 de febrero, fue el encuentro en la tarde con los jóvenes en el hipódromo de Monterrico. Miles de jóvenes acudimos a ese encuentro. Juan Pablo II siempre quiso estar con los jóvenes y pide estar con ellos. Son la esperanza del mañana. Esa tarde de febrero hacía un sol esplendoroso y un calor insoportable. Me fui con un grupo de amigos y amigas de la universidad Católica al hipódromo y nos pusimos en primera fila, al pie de la pista en donde corren los caballos. Mientras esperábamos apretujados la llegada del Papa, grupos de bomberos pasaban tirándonos agua con sus mangueras, para refrescarnos del terrible calor. La llegada de Juan Pablo II fue apoteósica. Llegó en el papa móvil bendiciendo a todos y siempre sonriendo, ya más coloradito, pues se veía que el sol de nuestro verano, lo había bronceado ya un poco. Su mensaje a los jóvenes versó sobre las bienaventuranzas como mensaje positivo y constructivo. Nos habló de un camino exigente y de altos ideales que vale la pena seguir –Juan Pablo II siempre fue un papa exigente y a la vez amoroso, pues Cristo es exigente-. Nos llamó a la conversión y habló del valor salvífico del dolor y de ser constructores de un mundo más justo. La sensibilidad social de Juan Pablo II es patente y clara. Él también fue obrero y trabajador cuando era joven.

Finalmente, el domingo 3 de febrero fue el encuentro con las familias, también en el hipódromo de Monterrico. Allí me tocó cantar nuevamente, como en el primer día, en la Coral del Papa. Se celebró una misa y en la homilía, el Papa nos habló de muchas cosas pero en especial de la familia cristiana, hoy tan atacada: “…el papel de la familia cristiana se pone en evidencia. ¡Esta es vuestra misión, un verdadero desafío para vosotros familias cristianas del Perú!”. Era maravilloso tenerlo tan cerca al Papa, al frente de nuestro coro, con el viento y el sol en la cara, Juan Pablo II era un amigo, un baluarte sólido. Luego de visitar Trujillo, Piura, Arequipa, Cuzco y Villa El Salvador, se despidió del Perú en Iquitos (“el Papa es charapa” proclamó sonriente). Horas antes, en Villa El Salvador, terminado su discurso en el que habló no sólo del “hambre de pan” sino, especialmente, del “hambre de Dios”, subió a un helicóptero que lo llevó hasta el aeropuerto. El helicóptero cruzó Lima a baja altura y cuando pasó por Miraflores, sobre mi casa, subí a la azotea y cogiendo el asta con la bandera peruana, saludé el Papa que desde el helicóptero bendecía Lima como despedida. Muchos se despedían de él desde las azoteas de casas y edificios, mientras el helicóptero pasaba. Fueron cinco días mágicos en el que Cristo estuvo en el Perú. Se sentía algo especial en el ambiente por la presencia de Juan Pablo II entre nosotros.

Años más tarde, un 18 mayo de 1992 sería la última vez que vería a Juan Pablo II, cuando asistí con mi esposa a la ceremonia de beatificación del hoy santo – San Josémaría Escribá de Balaguer-. El 17 de mayo fue la ceremonia, pero el domingo 18 se celebró una misa de agradecimiento por la beatificación, celebrada por el hoy beato, Álvaro del Portillo. Al finalizar la misa -todos los asistentes sabíamos que ese día era el cumpleaños de Juan Pablo II- el Papa nos sorprendió a todos saliendo a la Plaza de San Pedro en el papamóvil. Pero hubo un detalle hermoso que a muchos pasó desapercibido: Desde el atentado del 13 de mayo de 1981, Juan Pablo II salía en sus viajes y en Roma, por obvias razones, en un papamóvil cubierto con un vidrio antibalas, blindado. Esta vez, el Papa salió con el papamóvil descubierto, sin protección alguna, en un acto de confianza y de amor, como lo hacía antes del atentado y como lo hace hoy el Papa Francisco. Todos los que estábamos en la plaza le cantamos el clásico “happy birthday” a toda voz. Se le veía verdaderamente feliz a Juan Pablo II, sonriente y contento. El Cielo estaba en Roma.

Muchos trajines y momentos difíciles le esperarían aún a Juan Pablo II: escribir encíclicas, romper viejos moldes, así como afirmar y recordar directamente las verdades del Evangelio. Sin pelos en la lengua. Ha afirmado con valentía verdades que no gustan a muchos, especialmente en un mundo hedonista que tiene al placer y al dinero como únicas metas y el evadir las responsabilidades, un mundo egoísta, lleno de relativismo y totalmente desorientado, ante el cual Juan Pablo II nos dejó un mensaje de esperanza, amor y alegría. Asumió con valentía su misión. Quizá la misión más difícil del mundo. Ser el Vicario de Cristo en la Tierra. Juan Pablo II puso el dedo en la llaga, le duela a quien le duela, como en Ayacucho a las familias de las víctimas del terrorismo o en el Cuzco a los campesinos. Dijo las verdades sin miedo, porque hay que decirlas y animó a la gente a seguir a Cristo con una valentía y decisión únicas. Lo más extraño de todo: esta exigencia gustó y atrajo a millones, especialmente a los jóvenes que desean comprometerse y asumir responsabilidades sin miedo, cansados de ver un mundo que no les ofrece nada verdaderamente cierto. La misión de un Papa es divina. Juan Pablo II nunca se rindió. Definitivamente representó una luz que, en medio de la oscuridad, supo inmolarse por los demás. Vayan estas líneas en homenaje a San Juan Pablo II –pues ya es santo- y su visita al Perú de 1985, que como soldado heroico siempre estuvo en pie, día a día, sobreponiéndose a las críticas y al dolor -de alma y de cuerpo- para terminar cumpliendo valientemente su misión hasta el final: anunciar a Cristo y defender la Verdad, dando esperanza y alegría al mundo entero.

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