El porschista alemán que se enamoró de Chile

Daniel Necker, el fundador del Porsche Club de Chile, nos abre su garaje

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De no ser por Harald Wagner, Daniel Necker tendría una vida distinta. Tenía siete, quizá ocho años, cuando durante unas vacaciones fue a hacerle una visita a su padrino, sobrino de Ferry Porsche y largo tiempo jefe de ventas del fabricante alemán de autos deportivos. El pequeño Daniel quedó totalmente prendado de lo que vieron sus ojos en la fábrica de Zuffenhausen. Pero lo mejor vino después, en la autopista, cuando tío Harald lo sacó a dar una vuelta en su nuevo 911 Turbo. Sentado en el asiento del copiloto, Daniel no cabía en sí de gozo.

Cincuenta años más tarde, rodea la casa caminando por los relucientes adoquines que reflejan la brillante luz del sol. Daniel Necker, agente naviero autónomo, está en el garaje de su casa, una construcción de arenisca con cierto aire cubista. Se encuentra en Vitacura, un distrito de Santiago de Chile, al pie de los Andes. Necker vive aquí desde hace ocho años con su mujer, Paulina, y los tres hijos del matrimonio. Cuenta que tenía 21 años cuando se trasladó a Chile desde Hamburgo para hacer unas prácticas en una agencia de Hapag-Lloyd. Seis años después regresaba a Alemania para, nueve meses más tarde, volver a hacer las maletas, esta vez para siempre. Aún hoy un ligero escalofrío recorre su cuerpo al recordar el clima del norte de Alemania, su “abundante lluvia” y la “frialdad hanseática”. No son para él. Él se siente más a gusto con “la forma pausada de hacer las cosas de los latinoamericanos”, la manera de enfrentar la vida que tiene la gente en Chile.

“Me siento chileno”, reconoce Necker. Le gusta ir a visitar a su madre, que vive en Hamburgo, pero aún le gusta más volver. Ha pasado más de media vida en Chile. El país le ha traído muchas alegrías. “En los barrios acomodados”, dice Necker, “hay casi tantos Porsche por habitante como en los alrededores del Alster, en Hamburgo”. La supresión del impuesto de lujo incrementó la demanda de deportivos de alta gama. Fue por aquella época cuando Necker fundó el Porsche Club de Chile junto con otros cuatro apasionados de la firma alemana. Hoy siguen siendo grandes amigos.

La oveja negra: un Porsche 911 Turbo 3.6 es el único coche de color negro que hay en el garaje de Daniel Necker.

No obstante, a pesar de todo el amor que Necker profesa a su país de elección, su garaje más bien parece una Alemania en miniatura. Los años en Chile no parecen haber dejado huella, ya que se nota a la legua un acusado sentido del orden y la limpieza. Cuestión de carácter. “Mis Porsche apenas han pisado la carretera”, dice Necker, e invita a introducir un dedo en el tubo de escape para comprobarlo. Efectivamente, como los chorros del oro. Dice que limpiar sus autos es como una terapia para él. El gusto por el orden se aprecia incluso en la elección de modelos y colores: casi todos Turbo, casi todos azules. Junto a la fascinación por Porsche, este es probablemente otro de los legados de su padrino Harald, que tenía debilidad por los automóviles azul oscuro. Necker solo acepta una oveja negra en su rebaño: un 911 Turbo 3.6. Y éste y los dos 911 Turbo de 1989 superan en mucho en kilometraje al resto de compañeros con los que comparten garaje. Los contadores marcan entre 20.000 y 40.000 kilómetros, muchos si los comparamos con los otros modelos aquí reunidos y que o bien no se han conducido nunca o lo han hecho claramente por debajo de los 2.000 kilómetros. Uno de ellos es el favorito de Necker, un 911 Turbo S de 1997 del que solo existen 350 ejemplares y que apenas tiene 1.930 kilómetros. El color, exclusivo, es una mezcla especial de Ferrari, “pero cuenta con la venia de Porsche”, puntualiza.

Entre el grupo de Turbos encontramos otro excéntrico: un 911 GT3 RS de 2010 azul con llantas y retrovisores externos rojos y el característico emblema en el lateral. Escoltándolo, dos 356. Uno es un Notchback de 1962, entregado con techo rígido soldado fijamente. Esta variante solo se ofreció durante un año. Necker también tuvo un Carrera GT, pero no le duró mucho. El súper auto –exclusivo, innovador, una delicia– estaba ya listo para embarcar en el carguero y cruzar el océano cuando Paulina dio un ultimátum a la presunta manía de su marido: “¡El auto o yo!”. Él se asustó y se echó para atrás, pero más tarde pensó que “debería habérmelo quedado y haberle pedido al vendedor que lo escondiera para mí hasta que pudiera pasar a recogerlo”. Incluso Paulina se ríe hoy con el comentario.

Inmaculados: a Necker le gusta que sus deportivos luzcan impolutos, como este 356 Cabiolet. Esta es una de las razones por las que no los suele sacar de paseo.

La extensa colección de autos en miniatura y accesorios de Porsche está formada por preciosos ejemplares de los años de las décadas de los 50 y 60, elaborados a mano y casi sin huellas de haberse jugado con ellos. Alineados en vitrinas en el garaje, su dueño les pasa revista con verdadero placer. Habla sobre ellos apasionadamente y los clasifica con precisión histórica. ¿Cuánto tiempo le ha llevado crear la colección? Prefiere no pensar en ello ni en todas las horas que ha pasado navegando por internet. No hay un solo día en la vida de Daniel Necker que se salde sin una visita a una plataforma de subastas. “Cuando llega el momento, durante los últimos cinco segundos tecleo el precio, cierro los ojos… y pulso el botón de envío”.

Parte de la colección de miniaturas de Daniel Necker.

Muchos de los objetos aún siguen dentro del envoltorio original, a veces más valioso incluso que el propio contenido. Como en el caso de los artículos de la década de los 50 de la marca Gescha: la serie Electro Six Mobil del fabricante de juguetes patentados de Núremberg es una de las favoritas de Necker. Casi todas las piezas de su colección proceden de Europa. La excepción que confirma la regla es un Porsche 911 de 1965 de la empresa T.P.S. con el cámara apostado sobre el techo. Este viene de Japón, y es uno de sus tesoros más valiosos. Lo estuvo buscando durante años, igual que otras de las rarezas que nos muestra: el elegante skibob de 1972, la bicicleta de carbono del año 2000 o el pinball digital de Porsche de 1991. Inmaculados. Como nuevos.

Y, ahora, ¿qué será lo próximo? ¿A qué aspira alguien que parece tenerlo todo? Familia, fortuna, salud… incluso un garaje lleno de Porsche. Pero él ni siquiera se lo plantea: seguir ampliando su colección, por supuesto, seguir buscando en internet el próximo fascinante auto en miniatura o el próximo Porsche azul en tamaño real. Cuando son de verdad, las pasiones no se acaban nunca, sobre todo si forman parte de una historia familiar. Es el legado del tío Harald, grabado a fuego en Daniel Necker.

Daniel Necker
Nacido el 14 de septiembre de 1962 en Hamburgo, reside en Chile desde hace 35 años. Agente naviero de profesión, vive con su mujer Paulina y sus tres hijos en un barrio de las afueras de la capital, Santiago. En 2002 fundó con cuatro amigos el Porsche Club de Chile, que hoy cuenta con 120 socios y del cual es vicepresidente.

Uno de dos: además de este Porsche 356 Cabriolet, en posesión de Necker también se encuentra una rara variante 356 Notchback.