25 de marzo sin marcha por la vida, por Mario Arroyo

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Después de algunos años en los que Lima abanderaba globalmente la causa de la vida, este año no tendremos “Marcha por la vida” entorno al 25 de marzo, día del niño por nacer. Es verdad que no habrá marcha “todavía” y se ha prometido para “más adelante”. Esperemos que así sea. Además, ahora ya no depende absolutamente del arzobispado de Lima, pues se creó una Asociación Civil encargada de sacarla adelante. Todos estos elementos dan mucho que pensar a quienes estamos a favor de la vida, y crea un clima expectante sobre cómo evolucionará dicha causa, claramente al alza en los Estados Unidos. Además, por el liderazgo que este país ostenta en el mundo, probablemente se vuelva un efecto dominó el clamor por la vida.

En primer lugar, es justo decirlo, el vacío y la incertidumbre que ahora experimentamos, nos dice a todos los que creemos en que la dignidad humana se tiene desde la concepción, cuanto le debe el Perú en particular y la causa por la vida en general, al Arzobispo emérito de Lima, Cardenal Cipriani. Pues, sin duda alguna, fue su liderazgo el que contribuyó a posicionar la causa por la vida del Perú en uno de los primeros lugares mundiales, siendo modelo para toda Latinoamérica. El solo hecho que su ausencia se refleje en este silencioso día del Niño por Nacer es una muestra evidente de ello. No es la única causa que defiende la Iglesia, no tiene por qué ser abanderada por su sucesor Monseñor Castillo Mattasoglio, que tendrá quizá otras prioridades, pero el hecho es que la causa por la vida y por la dignidad del concebido le debe mucho al cardenal Cipriani.

En segundo lugar, también crea expectativa el desarrollo y, eventualmente éxito, que la Marcha por la Vida y con ella la causa por la vida tengan ahora que están en manos de una asociación civil. En el fondo se trata de un paso necesario, no provocado exclusivamente por la incertidumbre respecto a la línea que fuera a seguir el nuevo Arzobispo de Lima, quien, como se ha dicho, es libre de recibir la herencia de su predecesor o dirigir su atención a una agenda diferente. Es verdad que no es fácil tomar el testigo de manos de alguien tan carismático como Juan Luis Cipriani, pero no sólo este hecho aconseja la conveniencia de que ya no dependa directamente del arzobispado.

En realidad, este movimiento de independencia es sugerido por dos factores concretos. El primero es muy simple. Los católicos solemos afirmar que la causa por la vida no es una cuestión doctrinal de fe, particular exclusivamente de los católicos. Los detractores de la causa por la vida, los heraldos de la cultura de la muerte, hábilmente descalifican la causa por la vida, diciendo que es una intrusión de la Iglesia en el estado laico y una imposición doctrinal de los católicos. Los católicos se defienden diciendo que no es un dogma católico, como podría ser la presencia real de Cristo en la Eucaristía o la Inmaculada Concepción de la Virgen. Eso es verdad, también el hecho de que comparten la causa por la vida los evangélicos en bloque, muchos judíos y personas no practicantes en general. Pero no deja de ser “sospechoso” que finalmente sea la Iglesia Católica, con toda su estructura de parroquias, colegios y universidades, quien lleve la voz cantante en dicha causa. De alguna forma, pareciera que este hecho implícitamente le da credibilidad a la crítica de la cultura individualista de la muerte.

Pero hay otra razón de conveniencia en este relevo de la causa por la vida. Se trata de que, efectivamente, no es solo que la doctrina católica afirme que la causa por la vida no es una causa propiamente católica sino humana en general. Se trata de defender la dignidad humana y los derechos humanos, no dogmas religiosos. Ello supone la madurez del laicado, es decir, desembarazarse del clericalismo. De alguna forma, al ser promovida oficialmente por el arzobispado, se fomentaba una actitud pasiva de los laicos. Es una pena, si no una vergüenza, que además del Cardenal no haya otras figuras de peso que den la cara por la vida. Es hora de que los laicos salgan a la calle y se organicen sin esperar a que sea la Iglesia como institución quien los convoque.

Este paso, seguramente, no será inmediato, pero sí es necesario, no solo para eludir la crítica de los “pro-muerte”, sino para reflejar la realidad de las cosas. Ello favorecerá, además, que se sumen no sólo personas no católicas y evangélicas, sino de muchos otros colectivos que pueden apoyar la vida, no siendo necesario para ello suscribir el “paquete completo” católico sobre la vida y la familia. Pienso, por ejemplo, en el importante conjunto de personas con inclinación homosexual que están a favor de la vida y no comparten necesariamente la doctrina católica sobre la familia. También su presencia es importante para mostrar como la dignidad humana no es un valor religioso sino natural.

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