Aquel atardecer en Miraflores, por Alfredo Gildemeister

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Aquel sábado 15 de enero de 1881 el calor en el reducto era infernal. Toda la reserva estaba presente en la línea de batalla. Tenía entendido que el ejército peruano había construido entre diez y doce reductos desde el mar hasta los primeros cerros de la cordillera. Entre mis compañeros miraflorinos podía distinguir a Ricardo Palma y a Manuel González Prada. Tenía entendido que también se encontraban los dos hijos del coronel Bolognesi: Enrique y Augusto. Así mismo, nos habían informado que se había concedido una tregua o armisticio, siempre que el presidente Piérola suspendiese las hostilidades y declarara la rendición de Lima sin condiciones, antes de las 12 del mediodía de hoy. Ya el mediodía había pasado hacía buen rato, por lo que asumíamos que la rendición de Lima había sido rechazada. Debíamos estar alertas ya que en cualquier momento se desataría el infierno y se iniciaría el ataque chileno. Me encontraba en el denominado Reducto No. 2 bajo la comandancia de Ramón Ribeyro. Contábamos con algunos cañones y una que otra ametralladora. Todos estábamos preparados para la lucha. Si bien no éramos militares de profesión, pues la mayoría éramos profesionales y estudiantes universitarios inclusive, nos habíamos preparado días antes para la lucha. Todos nos conocíamos de Miraflores pues muchos teníamos ranchos o casas allí. Otros venían de las haciendas que rodeaban Lima y de algunas rancherías y pueblos. Finalmente, otros vivían en Lima. Se habían despedido de sus familias y aquí estabamos, listos para defender nuestra ciudad. Así como yo era abogado, a mi lado estaban médicos, maestros, artesanos, ingenieros, artistas, y todos conformábamos la “Reserva de Lima”. Limpiaba mi fusil una y otra vez. No quería se me trabara en plena batalla. Mi bayoneta estaba afilada y lista para ser calada. Tenía el revolver de mi padre en su cartuchera cargada con cinco cartuchos y dentro de mi bota, un cuchillo “Bowie” que mi hermano menor me trajera de Estados Unidos y que se lo regalara un viejo amigo tejano veterano de la guerra con México. En mi pequeño morral contaba con unos cincuenta cartuchos para mi fusil. En el horizonte podíamos ver el macizo del morro de Chorrillos. A sus pies, la caballería chilena; y detrás, el ejército chileno con sus modernos cañones Krupp.

Serían cerca de las dos y media de la tarde. El sol nos caía a plomo cuando oímos los primeros disparos provenientes de las líneas chilenas. De un momento a otro se desató el infierno. Rápidamente preparé mi fusil y todos nos aprestamos en nuestra posición. Pudimos ver la polvareda de la caballería chilena aproximándose en formación al trote en el horizonte. Pasados unos segundos la caballería arrancó al galope dirigiéndose hacia nosotros directamente y disparando sus carabinas. Nuestro comandante ordenó no disparar aún y esperar la orden de fuego. No podíamos desperdiciar municiones tontamente. Disparar sobre blancos seguros, esa era la orden. Pasados unos segundos, se escuchó la voz de “preparados”, “apunten” y… ¡“fuego”! Todos disparamos y se vieron varios jinetes caer con sus caballos inclusive. Nuestros cañones hicieron fuego a su vez, causando mucho daño entre los jinetes chilenos. Lo único malo era que nuestros cañones solo podían disparar de frente, no podían girar y disparar hacia los costados. ¡Vaya problema! La caballería frenó en su ataque y se detuvo. La infantería que venía atrás tomó posiciones y comenzó un intercambio de fuego que duró un buen rato. Personalmente intentaba apuntar a los oficiales chilenos. Pasada una hora de fuego a discreción, la caballería intentó nuevamente un ataque frontal sin éxito alguno. Nuestro fuego era nutrido y los pocos cañones con los que contábamos hacían lo suyo causando serio daño al enemigo. Debo mencionar que la artillería chilena también nos mandaba lo suyo, por lo que teníamos que guarecernos detrás de los sacos y adobones.

Fue en esos momentos que me percaté que me quedaban unos cinco cartuchos en mi morral. Grité en medio del barullo pidiendo mas munición. Otros compañeros estaban en la misma situación que yo. Un niño uniformado, de unos 12 años de edad, se acercó y me dejó un puñado de cartuchos que sacaba de una caja de madera que cargaban entre dos jovencitos. Al poco rato algunos soldados reclamaron que ¡los cartuchos no les hacían a sus rifles! ¿Qué sucedía? ¡Algunos hombres utilizaban otros modelos de fusiles! Al poco rato le trajeron cartuchos para sus fusiles del tipo que les hacía. Serían cerca de las cuatro de la tarde y la sed torturaba mi garganta. Nos percatamos que las fuerzas chilenas estaban tan golpeadas o mas que nosotros. Se podía apreciar por la gran cantidad de sus soldados y jinetes heridos o muertos tirados en el campo delante de nosotros. Fue en esos momentos que comenzó la tragedia. ¡Se terminaron las municiones! Ya no había mas para reponer. Cada hombre lucharía con lo que tenía. Me quedaban sólo siete cartuchos para mi fusil. No tenía más. Escuché la orden: “¡Calen bayonetas!”. Calé mi bayoneta y me preparé para la pelea cuerpo a cuerpo.

Decenas de soldados chilenos venían corriendo y aullando como fieras salvajes hacia nosotros. Le disparé a uno que se aproximaba y cayó. Recargué y le disparé a un jinete que se me venía con todo y rodó con caballo incluido. Recargué nuevamente mi fusil. Vi como un chileno llegaba a nuestro reducto y atravesaba con su bayoneta a un compañero mientras este recargaba. Una extraña rabia me invadió y le disparé matándolo en el acto. Recargué mi fusil. Dos soldados chilenos saltaron dentro de la trinchera. Me di vuelta y le disparé a bocajarro al primero, hiriéndolo. El segundo se me tiró encima con la bayoneta. Rápidamente me hice a un costado. Su bayoneta se clavó en el saco de tierra lo cual me dio tiempo para clavarle la mía en el pecho. Otros compañeros cayeron a mi costado atravesados por las balas chilenas. Oí el toque de retirada. Seguro que mas adelante nos reordenaríamos, pero no fue así. No nos dio tiempo. La caballería se vino por los costados del reducto y de frente. Empecé a retroceder a buen paso. Luego puse rodilla en tierra y disparé. El jinete mas próximo cayó en medio de un arbusto espinoso. Me percaté que me quedaban tres cartuchos. Disparé a otro jinete chileno, pero sin suerte. Se me venía encima. No me dio tiempo a recargar. Solo atiné a tirarme al suelo con el fusil y la bayoneta en ristre. Atravesé el pecho del caballo que cayó con el jinete en una acequia. Mi rifle se quedó clavado en el caballo. No había tiempo para más. Saqué mi revolver y le disparé al jinete mientras éste buscaba su carabina. Allí quedó muerto. Seguí corriendo mientras tres jinetes comenzaron a perseguirme. Me disparaban. Sentí un terrible ardor en mi tobillo izquierdo. Estaba herido. Una bala me había rozado y me desangraba. El dolor era espantoso. Un compañero se me acercó y disparó a unos de los jinetes. Los otros dos lo liquidaron a balazos. Con mi revolver mate a uno de ellos y el otro quedó herido. Me quedaban solo dos cartuchos en mi revolver. No podía caminar. Un compañero me cargó en vilo y corrió conmigo entre los matorrales y acequias. En esos momentos perdí el conocimiento. Esto sucedió hace 137 años… un atardecer en Miraflores.

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