Atrápame si puedes, por Eduardo Herrera Velarde

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Frank Abagnale Jr. es el protagonista de la historia que dio el título a esta famosa película estelarizada por Leonardo Di Caprio. Cuenta la historia de un personaje dedicado al fraude y que solamente pudo ser detenido cuando fue descubierto cinco años de carrera delictiva. Fue médico, piloto, abogado, etcétera. Hoy se dedica, cosa casi obvia, a la consultoría en seguridad.

La historia parece tener mucha similitud a los dos eventos que han sucedido en nuestro país. El destape del acuerdo -secreto- de la mesa directiva del Congreso que reconocía derecho a gasolina a sus miembros y el triste audio de uno de los jueces supremos más connotados y respetados. En ambos casos, salvando las diferencias con la actividad criminal de Abagnale, ninguno de los protagonistas fue capaz de adelantarse.

Más allá de las excusas torpes y los actos -tardíos- de reparación, pareciera ser que la pregunta central para que una persona decida actuar bien o mal radicaría en la respuesta a la siguiente interrogante: ¿qué probabilidad existe de que me atrapen?

Luego de eso, entonces me pongo a pensar (a veces lo hago), en cuál es el norte ético que guía nuestras conductas. En ese contexto, ya inmediatamente después del destape vino la polarización de ataques ideológicos. Señores en lucha contra la corrupción no hay ideología que valga. El linchamiento viene aparejado, por supuesto, de un afán de juzgamiento que, a estas alturas, ya resulta deporte nacional. No hay lecciones, solo queremos sangre. Reactividad “al mango”, cero prevención. Tampoco, o muy pocas veces en todo caso, un valiente reconocimiento de responsabilidad. Sí, “metí la pata” o un simple me equivoqué. Nada, “naranja huando”.

Aunque siempre tenemos a nuestra conciencia detrás de todo, auditando los actos propios, cobra gran relevancia la frase de Jim Stovall que señala “integridad es hacer lo correcto a pesar de que nadie nos esté mirando”.

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