“Cosas de mujeres”, por Angello Alcázar

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Aquella tarde de primavera limeña, mi abuela y yo decidimos ir al cine para ver La buena esposa (2017), del director sueco Björn Runge. Como es mi costumbre, había visto el tráiler y leído unas cuantas reseñas sin spoilers para darme una idea de a dónde apuntaba la película. Si bien al principio el título no me convencía del todo (una verdadera desfachatez de mi parte), el producto final superó con creces todas mis expectativas.

La trama, basada en la novela homónima de Meg Wolitzer (Nueva York, 1959), nos mete de lleno en el drama vital de un matrimonio literario. De un lado, está Joseph Castleman (a quien da vida el británico Jonathan Pryce), un escritor norteamericano de renombre, muy vanidoso y a ratos insoportable, que, a los pocos minutos de comenzado el filme, recibe una llamada de la Academia Sueca informándole que ha ganado el Premio Nobel. Del otro lado de la línea telefónica, está Joan Castleman, la abnegada esposa del novelista —en la que es quizás la mejor interpretación de Glenn Close— que ha dedicado toda su vida a la construcción del mito viviente que es su marido, soportando un torrente de infidelidades, humillaciones y demás. De hecho, en algún momento llegué a evocar el relato «Historia de una hora» de Kate Chopin: una pequeña obra maestra en la que la pobre Louise Mallard descubre la libertad tras la supuesta muerte de su esposo en el frente de guerra.

La buena esposa es, sin duda, una cinta de gran contundencia artística, llena de misterio e inesperadas resonancias en la vida real, que nos da acceso a los entresijos de las relaciones humanas, y trastoca las ideas preconcebidas que se suele tener acerca del llamado «rol femenino». En efecto, la frase «Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer» se queda corta una vez que llegamos a esa escena en la que se revela del todo la cruda verdad que hasta ese momento el cineasta sueco solo nos ha ido mostrando con cuentagotas.

A pesar de todo ello, me atrevo a decir que no vería la película con los mismos ojos de no haberla visto la primera vez junto a mi abuela. Esa tarde, yo fui un espectador por partida doble. Porque, además de lo que se proyectaba en la pantalla, también me vi bastante (o a lo mejor más) conmovido por la manera en que ella se comportaba. Recuerdo cómo, conforme se sucedían las secuencias y la historia se hacía más y más íntima, le iba cambiando el semblante. Las manos le temblaban, se desparramaba y reacomodaba en su butaca como si algo la aquejara, cruzaba y descruzaba los brazos, su respiración se volvía más agitada, hasta que, cuando ya no era capaz de contenerlas, las lágrimas se le salieron a borbotones, y la acompañaron incluso después haber abandonado la sala. Yo también lloré, aunque sospecho que por razones muy diferentes a las de ella.

Cuando mi abuela nació, las mujeres eran ciudadanas de segunda clase en el Perú y el mundo. No solo no tenían derecho a votar ni a postularse a la gran mayoría de cargos públicos, sino que estaban condenadas a vivir bajo la sombra de los hombres en casi todos los ámbitos. Eran tiempos en los que imperaba una rigidísima noción de lo femenino que dictaba ser delicada, maternal, comprensiva y complaciente a más no poder, cocinar rico, encargarse de las tareas domésticas, hacer las veces de objeto decorativo, y nunca decir más de la cuenta, porque al marido o al padre le podía molestar, y, claro, él siempre tenía la última palabra. A las niñas de ese tiempo se les enseñaba que su valor como personas residía en lo bonitas que se veían, en el esposo que escogerían, y en qué tan bien criarían a sus hijos, y casi nunca en los sueños y anhelos personales que pudieran tener.

Por si fuera poco, como señala la historiadora Maritza Villavicencio en su libro Poder femenino. 5000 años de historia en el Perú, las incontables contribuciones al país que hacían mujeres tan valientes como Clorinda Matto de Turner, María Jesús Alvarado y María Elena Moyano ocupaban un papel ancilar con respecto a las de sus contrapartes masculinas. Quizás por espíritu de contradicción, a mí siempre me han interesado más los personajes femeninos que los masculinos, y esas «cosas de mujeres» que han sido relegadas a un segundo plano aun cuando, valgan verdades, nos incumben a todos. Pese a los denodados esfuerzos por paliar estos graves errores, no cabe duda de que todavía existen demasiadas injusticias.

Yo con mis dos abuelas —al igual que con mi madre, una de las personas más fuertes que conozco— hablo de sexualidad, despotrico contra los curas pederastas y sus encubridores, defiendo a la comunidad LGBTQ, y denuncio a voz en cuello toda actitud racista, homofóbica o machista, ya sea ésta expuesta por los medios o protagonizada por algún miembro de nuestra parentela más conservadora. Me imagino que no debe ser fácil tener un nieto tan fastidioso como yo, que, vez que las tiene frente a él, aprovecha para darles lecciones de feminismo (en Navidad, estuve a punto de regalarles ejemplares de El segundo sexo y Las princesas también se tiran pedos). Y, sin embargo, gracias a ellas he aprendido tanto a lo largo de la vida.

Sé que hay muchas cosas en las que nunca vamos a estar de acuerdo. Pero, al mismo tiempo, estoy convencido de que se sienten agradecidas por presenciar una época en la que, pese a quien le pese, se están sentando las bases para tener una sociedad cada vez más justa, tolerante y con igualdad de oportunidades. Una sociedad en la que las mujeres (heterosexuales o lesbianas; blancas, morenas o negras; gordas o flacas; casadas, solteras, divorciadas o viudas; jóvenes o ancianas) por fin dejarán de ser tuteladas, cosificadas, vilipendiadas e invisibilizadas, y recibirán el trato digno que todo ser humano merece.

Le acabo de contar a mi abuela que mañana, ocho de marzo, participaré en una marcha multitudinaria por el Día Internacional de la Mujer, aquí en Madrid. «Ten cuidado, hijito», me previene con su fuerte tono de voz. Le digo que no se preocupe, que voy a estar bien, porque ella me enseñó a cuidarme mejor que nadie.

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