Creo en Jesús, no en los curas; por Mario Arroyo

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Es bueno tener esto muy claro. Todos los domingos, al asistir a la santa Misa, los católicos decimos: “Creo en un solo Dios, Padre… creo en Jesucristo… creo en el Espíritu Santo”. En ningún momento decimos: “creo en los sacerdotes, los obispos y el Papa”. Si siempre es oportuno tener las ideas claras y la fe firme, lo es más ahora, ante la impresionante ola de escándalos sacerdotales de pederastia y encubrimiento hechos públicos en Estados Unidos. Era una cloaca nauseabunda que, al llevar mucho tiempo cerrada, emite un horrendo aroma de putrefacción, que a todos estremece.

Por ello, nuevamente, es oportuno reafirmar nuestra fe: “creo en Jesucristo, no en los curas”; primero yo, que soy sacerdote y he fallado y fallo continuamente. No me siento con la autoridad de juzgar a nadie; felizmente es Dios quien ve en los corazones, y existen tribunales civiles y eclesiásticos para juzgar delitos, pues la pedófila es una enfermedad y un delito, no es solo un pecado.

Ahora bien, analizando la dolorosa situación, con la premura que permiten lo vertiginoso de los medios de comunicación, pueden entreverse algunos elementos esperanzadores. No se trata de un optimismo a prueba de cualquier desgracia o de cerrar los ojos a la realidad, más bien todo lo contrario. Dice Jesús en el evangelio y no le falta razón: “la verdad os hará libres”.  Un santo de nuestro tiempo apostillaba: “No tengas miedo a la verdadaunque la verdad te acarree la muerte.” Es decir, es bueno que se destape la cloaca, es bueno que salga todo el pus, exprimir la herida por más doloroso que ello sea, para conseguir una curación real, en profundidad y no simplemente limpiar la fachada o barrer debajo de la alfombra.

En este sentido, también la investigación realizada en Pensilvania ofrece elementos positivos para una mirada desapasionada, no tendenciosa, fanática o sectaria. En el fondo es el fruto de la activa colaboración entre la Iglesia y la autoridad civil. La Iglesia que abre sus archivos, y la autoridad civil que hurga en ellos buscando afanosamente la verdad. El resultado de setenta años de historia es triste: trecientos sacerdotes abusadores, más de mil niños afectados, una sistemática cultura del encubrimiento… y también, hechos lamentables que en su mayoría han ocurrido ya hace mucho tiempo.

Es decir, si es cierto que la viveza de los relatos produce terror y consternación, clamando por justicia y reparación, también lo es que en su inmensa mayoría esos tristes hechos ocurrieron hace mucho tiempo. Podemos decir entonces que ahora está saliendo a la luz una enfermedad del pasado. Esto último es importante, pues lo impactante de los titulares de prensa llevaría a pensar que eso está sucediendo ahora, que la Iglesia en general y la de los Estados Unidos en particular es peligrosa para los niños. Todo lo contrario, el problema no es de ahora; ahora en cambio se van dando pasos firmes hacia su solución: transparencia con la sociedad, colaboración con la autoridad civil, capacitación para trabajar con menores, mejor selección de los candidatos al sacerdocio. Esto es lo real ahora, los titulares reflejan las culpas del pasado, que hasta ahora se están curando a través del doloroso proceso de esclarecer la verdad y pasar la consiguiente vergüenza.

Quizá lo más dramático de estas narraciones no sea tanto la sordidez del crimen, sino la cultura del encubrimiento. Es decir, no se trata solo de castigar al delincuente, sino de evidenciar una cultura del encubrimiento, que convierte en cómplice, y por tanto también en delincuente, al obispo. Esta cultura del silencio culpable es la que de forma más abrupta resulta evidenciada por la investigación de Pensilvania. Los reflectores no están tanto en los curas abusadores, cuanto en los obispos encubridores. El Papa Francisco ha sido claro que no hay espacio para unos y para otros en la Iglesia.

Por eso, cobran dramática actualidad las palabras de san Agustín: “Si me asusta lo que soy para vosotros, también me consuela lo que soy con vosotros. Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber, este una gracia; aquel indica un peligro, éste la salvación.” ¡Qué duro ser obispo!, ¡qué responsabilidad! Somos testigos de cómo algunos no supieron manejar las crisis, prefirieron defender a sus sacerdotes y el buen nombre de la Iglesia que proteger a los niños. Craso error. Muchos ya no están entre nosotros, habrán dado cuenta a Dios de sus errores de gobierno. A los cristianos nos queda fortalecer nuestra fe en Cristo, depurarla de ingenuidades angelicales, pedir por los sacerdotes y los obispos para que estén a la altura de su llamado, y exigir que se haga justicia y se implemente una cultura de la verdad y la transparencia.

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