¿Cuándo se perdió la PUCP?, por Federico Prieto Celi

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Parafraseando a Mario Vargas Llosa, muchos me han preguntado esta semana, a raíz de mi artículo anterior, ¿cuándo se perdió la PUCP? El 24 de febrero de 1969 se perdió, por no decirlo con otra palabra. Ese día, el reverendo padre Felipe MacGregor, rector de la Pontificia Universidad Católica del Perú, firmó una carta dirigida a su Gran Canciller, cardenal Juan Landázuri Ricketts.

El gobierno militar revolucionario acababa de promulgar la ley orgánica de la universidad peruana, que tenía un talante autogestionario y colectivista, pero que prudentemente dejaba fuera a la PUCP, que podía seguir rigiéndose por su reglamento. Pero el rector MacGregor quería romper el vínculo entre la Santa Sede y la Universidad, de acuerdo a la consigna dada en la declaración de Wisconsin, firmada por 26 educadores representantes de diez importantes universidades de los Estados Unidos, entre ellas San Luis, Fordham y Georgetown. El objetivo de la declaración era romper el vínculo de las universidades católicas con la Santa Sede, para hacerlas más seculares, laicales y liberales.

La carta decía: «Eminencia: La ley 17437 recientemente promulgada ha producido un profundo cambio en la estructura universitaria del país. Aún es debatible hasta donde alcanza y no alcanza a la Universidad Católica: mientras el asunto se esclarece he nombrado la Comisión de Reorganización compuesta como lo detalla la Resolución Rectoral que acompaño. Oído el Consejo Superior y, quienes más de cerca asesoran el gobierno de la Universidad, he dirigido al Consejo Nacional de la Universidad Peruana la carta de la que le adjunto copia. Ella expresa, Eminentísimo Señor Gran Canciller, la voluntad de la Universidad, que reitero ante Vuestra Eminencia, de que el lazo vital que une a la Universidad Católica a la Iglesia no se rompa: podrán variar las formas, pero nuestra decisión es inquebrantable y quiero así expresarlo a Ud., Sr. Gran Canciller de la Universidad. Hoy mismo escribo a todos los miembros del Consejo de Gobierno y me he permitido remitirles copia de esta carta a Vuestra Eminencia. Lo saluda con todo aprecio. Felipe E. Mac Gregor S.J. Rector”.

La carta se expresa con términos muy laudatorios para el cardenal Landázuri, casi de manera más servil que sumisa, al reiterar la mención a los cargos el aprecio, lo que no es normal. Afirma que se ha producido un profundo cambio en la estructura universitaria y no está claro si afecta o no a la Universidad Católica, cuando era obvio que no le afectaba, puesto que el artículo 169 de la ley remitía el manejo de dicha casa de estudios al reglamento de la misma. A pesar de que expresa que no sabía si la afectaba o no la ley, informaba que ya había nombrado por resolución rectoral una Comisión Reorganizadora, lo que implicaba que ya había decidido reorganizar la Universidad, sin aclarar previamente si la ley le afectaba o no, cuando para cualquier lector atento era claro que no la afectaba.

Por último, hacía votos para que el lazo vital que une a la Universidad con la Iglesia no se rompiera, poniendo como aval su decisión “inquebrantable” de que no permitirá tal ruptura. Pero dudar de que la ley pueda afectar a la Universidad, proceder como si ya le ha afectado, crear una Comisión Reorganizadora sin consultar al Gran Canciller, enviar circulares a granel, incluido el Consejo Nacional de la Universidad Peruana, sobre esta materia, significaba que estaba poniendo todos los medios para romper tal vínculo, a pesar de su palabra de honor de defenderlo, puesto que cualquier reforma –innecesaria, no querida por la Iglesia ni por el Gobierno- conducía inevitablemente a crear una Asamblea Universitaria como máximo órgano de gobierno de la Universidad, la cual no debe rendir cuenta a nadie: ni al Estado ni a la Iglesia, como en efecto hizo. Ese día, pues, se perdió la PUCP.

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