¿Cuánto vale un niño? Vientres de alquiler, por Mario Arroyo

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En Perú más de 10 mil dólares. Eso fue lo que tuvo que pagar la pareja chilena conformada por Rosario Madueño y Jorge Tobar a la madre gestante de sus gemelitos, una noble enfermera peruana, que conmovida por el dolor de la pareja estéril ofreció generosamente su vientre por ese módico precio. Además, los felices padres habrán debido pagar a la Clínica Concebir, al doctor Luis Noriega que entregó el comprobante de maternidad a Rosario y, seguramente, a la madre que ofreció los óvulos.

¿No es maravilloso? El combo estaba a “dos por uno”; había que aprovechar la oferta, pues estaban en juego muchos miles de dólares. Además, si a todos nos llena de alegría poder tener una madre, ¡¿cómo le harán los felices gemelitos para contener su gozo cuando sepan que ellos tienen tres mamás?! Realmente son unos privilegiados, ¡ojalá que nadie se sienta discriminado por contar sólo con una!, cuando ellos en realidad tienen tres: la que los compró y los educa, la que, movida por la compasión los gestó por sólo diez mil dólares, y la que, no sabemos a qué precio, donó generosamente sus óvulos. ¡Es una pena que sólo quienes tengan mucha planta puedan tener tres mamás!

Pero, si se llena el oportuno vacío legal, quizá sea más frecuente que se repita el proceso y ¡vengan más ricos al mundo! Si es una desgracia ser pobre, es conmovedor saber que algunos vienen ya ricos y por pedido a esta dura vida. Además, ello promete ser un maravilloso negocio, donde quizá cada vez más clínicas puedan traer a felices pudientes al mundo y satisfacer las necesidades de extranjeros “platudos.” Ello generará muchas fuentes de trabajo en nuestro país y pingües ingresos a los dueños de las clínicas, los doctores y cantidad de mujeres que podrán alquilar su cuerpo o donar sus óvulos. Si lo hacemos bien, si se tiene una ley convenientemente redactada o, mejor aún, ausencia de ella, quizá podamos convertirnos en un “destino turístico.” Y así, como hay turismo playero, turismo arqueológico, turismo de juego y turismo sexual, podríamos inaugurar el rubro “turismo maternal”. Estoy viendo la publicidad: “ven al Perú sin hijos y regresa a tu país con hermosos gemelitos”. ¡Una maravilla exportar peruanos de calidad!

Pensándolo bien, puede ser una excelente opción para sacar de la pobreza a tantas mujeres peruanas. Muchas podrían financiar sus estudios o, simplemente, dejar de vender gaseosas en las calles y mejor donar sus óvulos o alquilar sus vientres. ¡Qué maravilla tener la fuente de la riqueza dentro de ti misma y contribuir al desarrollo del país y a la felicidad de los extranjeros! Todo el mundo querrá llevarse un peruano o una peruana a su país, sabiendo además que es un producto de calidad, pues no es barato, ya que su precio ronda aproximadamente lo que cuesta un Mercede-Benz usado, y ya se sabe que no cualquiera puede darse ese lujo, pues muchos continuamos viajando en combi.

Bueno, para ironías crueles creo que ya basta. Pero, más allá de los argumentos sentimentales con los que sutilmente algunos medios de comunicación nos han querido manipular, anestesiando nuestro sentido de la dignidad humana, esta ironía busca invitar a pensar. La distopía en ella reflejada se está convirtiendo en realidad: seres humanos a la carta, hombres a pedido. Muy bien parapetada tras una inexpugnable cortina de buenos sentimientos y de “empatía.” Es cierto que es muy duro no poder tener hijos, ¿quién lo duda? Pero cabe la pregunta, ¿hasta dónde podemos llegar en nuestro legítimo deseo de tenerlos cuando la naturaleza nos los niega? ¿Todo lo técnicamente posible se convierte en éticamente legítimo? ¿Tengo derecho a tener hijos a cualquier costo?

La distopía es ya una realidad en el Perú, y los medios de comunicación junto con las redes, fácilmente manipulables con un motivo sentimental convenientemente orquestado, quieren consagrarla. Pero, si pensamos un poco, ¿por qué no mandaron a hacer sus niños en su país? ¿Es la única opción?, ¿por qué no adoptar un niño? Estos gemelitos únicamente tienen el semen y la plata de su padre. ¿Es compatible con la dignidad humana manipular así la vida, convertirla en un producto de mercado, es decir, someterla a las leyes del mercado? La mujer tiene derecho a tener un hijo, pero, ¿no tiene derecho el hijo a tener una madre?, ¿a saber que es fruto del amor de sus padres?, ¿es lo mismo ser fruto del amor de mis padres que de un contrato?, ¿da lo mismo que los componentes de mi vida se hayan gestado en un laboratorio? ¿Me sentiré orgulloso por haber sido seleccionado de entre mis posibles hermanos como “el más viable”? Y, ¿qué pasa si algo sale mal? ¿A quién le reclamamos? ¿Al laboratorio, a los doctores, a la gestante o a la que da los óvulos? Hace unos años, en el Perú, una pareja demandó al laboratorio donde se hizo la fecundación in vitro, porque “el producto” vino con síndrome de Down. Lo decían en las noticias como lo más normal, exigiendo sus derechos, la reparación de una injusticia, sin darse cuenta que lo injusto es tratar a un ser humano como si fuera un carro, una casa o una computadora. Los seres humanos dejaron de ser objeto de mercado con Ramón Castilla, ahora, ante el vacío legal, nuevamente vuelven a entrar en el mercado.

Lucidez no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.

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