¿Dónde está Azucena?, por Angello Alcázar

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El 20 de diciembre de 1977 fue una fecha trágica para el pueblo argentino y la lucha por los derechos humanos en América Latina. Ese día, luego de haberla torturado por más de una semana, los hombres del dictador Videla arrojaron a lo que quedaba de una mujer argentina llamada Azucena Villaflor mientras planeaban sobre el Río de la Plata en uno de los aviones que ejecutaban los macabros ‘vuelos de la muerte’. A pesar de este triste final, y en consonancia con las florescencias que evocan su nombre y apellido, el infatigable trabajo de Azucena como activista social en la Argentina sigue dando frutos como un referente de esperanza y justicia en la región y el mundo entero.

La historia de esta extraordinaria mujer, como las de muchas otras personas en la vida real, se halla plagada de sucesos que bien podrían pertenecer a una novela o un cuento. Nacida en el seno de una familia de extracción humilde que vivía en la ciudad bonaerense de Avellaneda (su padre era obrero en una fábrica de lanas y su madre la tuvo cuando apenas raspaba los quince años), Azucena conoció el valor del dinero a una temprana edad.

Pero, además del sentido de responsabilidad, sus padres también le inculcaron el amor a su patria: fiel a la ideología peronista de su familia, Azucena fue una gran admiradora de Evita Perón debido a su papel protagónico en la lucha por los derechos sociales y salariales. A los dieciséis años, mientras trabajaba como telefonista en la compañía SIAM de electrodomésticos, se enamoró de Pedro de Vincenti, quien era delegado sindical en la misma empresa. Tras contraer nupcias en 1949, la pareja tuvo cuatro hijos: Pedro, Néstor, Adrián y Cecilia.

A fines de noviembre de 1976, cuando Azucena era una hacendosa ama de casa de 52 años, le llegó la peor noticia de su vida: su hijo Néstor había sido secuestrado junto a su novia Raquel. Apenas ocho meses antes de esta funesta desaparición había empezado la sanguinaria dictadura militar que se hizo con el poder tras derrocar al gobierno democrático de María Estela ‘Isabelita’ Martínez de Perón, y que se dio a conocer en el mundo con el acomodaticio nombre de “Proceso de Reorganización Nacional”. Con el general Videla a la cabeza, el régimen rápidamente instauró un ambiente de represión e impunidad en el que los secuestros, las torturas, las detenciones ilegales y los baños de sangre eran el pan de cada día.

En medio de sus inútiles pesquisas, Azucena se puso en contacto con otras mujeres que también se encontraban en la búsqueda de parientes cuyo paradero era desconocido desde hacía buen tiempo. Al comprobar una y mil veces que ninguna dependencia del gobierno les daría información alguna sobre sus familiares, Azucena y otras trece madres se manifestaron ante medios internacionales en la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada, el 30 de abril de 1977 (de ahí que la asociación llevara el nombre de las ‘Madres de Plaza de Mayo’). Valientes defensoras de la verdad, además de buscar a sus hijos e hijas, estas madres no iban a permitir que se cohonestaran los crímenes de lesa humanidad cometidos por la Junta Militar.

Desde aquella primera marcha, acudieron sin falta todos los jueves a la Plaza de Mayo, coronadas de pañuelos blancos, alrededor de las 3:30 de la tarde. De acuerdo a sus biógrafos (pienso, sobre todo, en la biografía de Enrique Arrosagaray) y los testimonios de sus compañeras, Azucena tuvo un papel importantísimo dentro del movimiento, a tal punto de que una frase suya se convirtió en el lema de las madres: “Todas por todas y todos son nuestros hijos”. El legado de las Madres de Plaza de Mayo ha quedado plasmado en documentales, películas, libros y obras como la emblemática pintura en acrílico ¡Basta! (2011) de Carlos Terribili, que se puede ver en el Museo del Bicentenario en Buenos Aires.

No fue hasta el 10 de diciembre de 1977 que Azucena se unió a la lista de desaparecidos, cuando las fuerzas clandestinas de Videla la secuestraron en la esquina de su casa en Avellaneda, y la llevaron a un campo de concentración donde la sometieron a las peores torturas por diez largos días. Luego, siguiendo el protocolo de los vuelos de la muerte, la drogaron, golpearon, y metieron desnuda en una bolsa, para luego tirarla viva al Río de la Plata.

Los cadáveres de las víctimas fueron apareciendo en las playas de Buenos Aires a partir del 20 de diciembre. Sin embargo, a pesar de estar al tanto de todo esto, el gobierno de Estados Unidos lo mantuvo en secreto, hasta que los cuerpos fueron descubiertos e identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en el año 2005, casi tres décadas después. A pedido de sus hijos, los restos de Azucena fueron incinerados y enterrados en las faldas de la Pirámide de Mayo.

¿Hubo muchas Azucenas? ¿Las hay todavía? ¡Por supuesto! Ahí están las hermanas Mirabal cuyo nefasto homicidio durante la dictadura de Trujillo en la República Dominicana se conmemora todos los 25 de noviembre en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Ahí está la activista Marielle Franco que fue brutalmente asesinada en Brazil a inicios de este año; la hondureña Berta Cáceres que perdió la vida en su propia casa; la joven Ruth López Guisao, baleada en Medellín; Miriam Rodríguez y las decenas de militantes que han sido violadas y liquidadas en México.

Sin duda, se trata de un grupo muy vulnerable que seguirá dando que hablar en los próximos años. Por eso, más allá de las callecitas, plazuelas y colegios que llevan su nombre, a Azucena la podemos encontrar en cada una de esas aguerridas mujeres que, pese a los consabidos peligros que encuentran en el camino, salen a las calles y remecen las estructuras del poder en pos de una justicia que tarda pero llega.

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