El chicharrón es a Barnechea como la arepa lo es para Belmont, por Vincenzo Ferreccio

Si tecleamos hoy en día la palabra “xenofobia”, aparecerá en el marco superior derecho de la pantalla una bandera venezolana. Inténtelo. 

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“El hermanón” va segundo en las encuestas de Lima para las Elecciones 2018, según Ipsos. El pasado 22 de agosto “el hermanón” mantuvo una riña con Milagros Leiva en radio “Capital”, su discurso sobre la inmigración venezolana enmendó al parecer, con el índice de la xenofobia, a su ya difunto pasado mal habido de denuncias por haber estafado a miles de compatriotas peruanos quitándoles sus ahorros con el cuento del accionariado en RBC. La falta de dotes periodísticas por parte de Milagros Leiva fue descarada, prepotente y, sus insultos tanto como sus mañas fonológicas para disimular su voz quebrantada, fueron cebos para que la gula nuevos adeptos desleídos divinizaran ahora a la actitud cínica del “hermanón”. El “hermanón” por el momento está retratando a su campaña como la falaz crónica patriótica que nunca debió de existir, un patriotismo tan iluso como lo son las mentes cohibidas de nuestra ignorancia. Recién en estos tiempos percatamos que nuestro país es pobre, tan pobre como para dar limosna. El “Hermanón” no es idiota, comparte una singularidad como todos los demás políticos existentes: la viveza. No hay que nombrarlo todavía; según Borges los adjetivos están para no ser dichos, y si contamos con las pesquisas suficientes para sacar del baúl al cúmulo de motivos necesarios para hacernos sentir un poco ignorantes, no hará falta más que un seudónimo hollywoodense para tratar con la actitud Donjuanesca de Ricardo Belmont Cassinelli. Perdóname Borges, pero se me hace imposible no juguetear con los peyorativos.

Dícese de un país que con aves guaneras recibió en su historia al Japón retraído, tímido y traumático que desde Yokohama se había desmembrado de las barbaries de la segunda guerra mundial en Asia. El régimen alimentario lo maltrata, la lengua castellana lo desconcierta, y el peruano; lejos de ser el inquilino papista que tanto alardea Belmont, fue un prójimo oportunista. La mano de obra barata siempre nos gusta, pues es inequívoco al carácter capitalista de una nación. En aquel tiempo había sin ligerezas un preciso modo de producción: el esclavismo, y aquel se ha usurpado en distintos tiempos y espacios con eufemismos y excusas diferentes.

“A medida que los japoneses -que habían llegado a Perú a fines del XIX- empezaron a prosperar, aumentaron las tensiones y las quejas de los ciudadanos de que los asiáticos les estaban quitando el trabajo. En mayo de 1940 Perú vivió una oleada de saqueos organizados que acabó con la destrucción de cerca de 600 negocios, viviendas y escuelas propiedad de ciudadanos de origen japonés. Entonces las autoridades peruanas, a instancias del gobierno de Washington, empezaron a elaborar listas negras con los nombres de miembros prominentes de la comunidad nipona.” – Stephanie Moore, historiadora.

Años después, forjándose en el palacio de gobierno una dictadura sucesoria de varias otras; el epígrafe de un japonesito al mando comenzó a delinearse sobre nuestra historia; su nombre: Alberto Fujimori. La moraleja se cuenta sola.

Después del gobierno de Valentín Paniagua hemos visto lo imperfecta pero necesaria que es vivir en democracia; somos testigos también, de como un país entero puede padecer de pobrezas por la ineptitud de un solo enfermo mental que con diagnóstico de dictador, somete a su pueblo con los caprichos socialistas. Maduro en Venezuela, los Ortega en Nicaragua y la lista negra de fantoches seguirá existiendo como una condición innata de la historia. Hay que tratar ver el lado bueno,  hoy en día aquellos personajes nos hacen abrazar a la democracia tan frágil que tenemos, y tal régimen político merece imponerse como ejemplo para países vecinos, la democracia debe acoger también a los que ya han nacido o han visto nacer al infierno dictatorial y socialista de sus pueblos. Debemos tener en cuenta; viendo críticamente a la coyuntura política actual, que la juventud tiende a ser analfabeta, y que los viejos ciudadanos lejos de ser sabios, les gusta regocijarse con el olvido; por eso, tendemos a repetir la historia, a poner a la gente de circo en el gobierno y a darle un megáfono a los cuenta cuentos, en este caso: el “hermanón” Belmont. Tenemos que desmentir al discurso chovinista de la invasión migratoria: no es del chavismo criminal, abyecto y acostumbrado a vivir como parásitos del estado los que vienen a traspasar las fronteras; sino más bien, son refugiados de protestas enmudecidas y dictaduras sanguinarias los que vienen a recuperar la dignidad de sus banderas. Habrá que esperar más magnicidios, o alguna suerte de cáncer terminal para Maduro, pero sin designios malévolos, hay que aprender a compartir democracias.

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