El company, por Javier Ponce Gambirazio

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En el año 1984, el pintor Alfredo Velarde, el empresario Pedro Mas y la melómana Liliana Sugobono decidieron crear en Lima una discoteca exclusiva que siguiera la línea del legendario Studio 54 de Nueva York. Con la mejor música, el local impecable y la discreción absoluta que aseguraba la fidelidad de los clientes, en un sótano del Centro Comercial Chacarilla, nació EL COMPANY. Para muchos es un mito, pero de verdad existió.

La primera vez que fui, era Halloween y estaba disfrazado de Boy George. Entrenado por Pedro Mas, el portero Marcial miraba por una ventanita y decidía quién entraba. Como yo era un desconocido, dijo que no. Do you really want to hurt me?  Entonces apareció un chico vestido de novia y mintió que venía conmigo. Le decían Hary y, a pesar de que era un fundamentalista de la ordinariez, nos hicimos amigos. Ya estás leyendo de nuevo, me reprochaba cuando decía alguna palabra que no entendía. Por la necesidad de tener una tribu oculté lo que no formaba parte del comportamiento común y me dejé intoxicar de chatura. Nada que no hubiera hecho antes. Estaba entrenado para escindirme y no estar por completo en ninguna parte.

En esos años no existían los celulares y para quedar con los amigos había que llamar a los teléfonos fijos y arriesgarse a que nuestras conversaciones fueran espiadas por los anexos. Como si fuéramos sediciosos tramando una conspiración, había que comunicarse en clave. El Company se convirtió entonces en El Chacha o La Casa de Liliana y las rutas para llegar debían variar siempre por si nos seguían. Pero no solo debíamos protegernos de la familia o de la homofobia en general, sino también de los semejantes que no se asumían.

El Nirvana y el Bix Pix de Miraflores y el Helden del centro de Lima formaban el circuito Dark/New Wave paralelo donde se camuflaban muchos homosexuales de clóset que usaban esa moda para justificar el uso de laca, broches, aretes y maquillaje. Por si acaso, somos darks, no maricones. La pose sobre la pose. La hipoteca atemorizada de la juventud. Luego de años de habernos insultado y cuando ya no corrían ningún peligro, terminaron aceptando lo evidente. Por eso siempre preferí la movida subte del Mokambo y el MK3 de la avenida Tacna. Dos infiernos sinceros y dignos de visitarse.

Esa noche ganó Jimmy Cossío disfrazado de Estatua de la Libertad. Bailaba como nadie, tenía una de las caras más hermosas que he visto y una risa que no se ha vuelto a repetir. Era un fenómeno de la naturaleza. Su imagen estaba en todos los paraderos de la ciudad abrazando a Carol Pinto. Una vez más, la publicidad era una farsa. Su vida no era ningún idilio.

A Lima llegaron unos canadienses trayendo la enfermedad. Ya habíamos asociado el amor al pecado y ahora nos tocaba asociar el sexo a la muerte. La homofobia vaticana alcanzó niveles islámicos y el siniestro Juan Pablo II dictaminó que era un Castigo Divino. Desde su perversa infalibilidad, prohibió el uso del condón y aseguró la muerte de muchísima gente inocente. Su corporación de atrocidades aplaudió agradecida y por su gran aporte a la humanidad, fue convertido en santo.

La superstición dice que las muertes importantes suceden de a tres. A mediados del año 1991, Jimmy Cossío, su imagen en los paraderos y el Company desaparecieron juntos. Y de toda esa etapa intensa, quedaron muchos recuerdos, las ganas de volver a verlo y una pequeña foto carnet.

Foto: Archivo JUAN BACIGALUPO