El infierno de la soledad, por Verushka Villavicencio

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Hoy para los católicos reflexionar en la Pasión de Jesús es pensar en la enorme soledad que experimentó el “hijo del hombre”, mientras fue golpeado, humillado, vejado y torturado con toda la saña imaginable. También podría llevarnos a pensar cuál es la situación más lamentable que vive el ser humano y que podría pasar inadvertida. Una respuesta ante esa pregunta es “la soledad”.

La soledad es un problema mundial que ha llevado a la primera ministra británica Theresa May a crear una Secretaria de Estado nueva, equivalente a un “Ministerio de la Soledad”. La decisión se adopta porque existen cerca de 2 millones de personas adultas mayores británicas que viven solas y permanecen días o semanas sin conversar ni ver a nadie. Pero además, 9 millones de ingleses se sienten solos todo el tiempo, aunque estén rodeados de gente. Esta epidemia de soledad extiende sus tentáculos por todo el mundo, en España por ejemplo, se estima que más de 4 millones de personas se sienten solas de manera habitual y el 25% de los hogares son unipersonales.

La realidad es que en la soledad damos valor a aquello que nos acompaña y/o puede atenuar nuestra ausencia de vínculos con otras personas. Por eso, el escándalo de Cambridge Analytica, hace temblar el mercado financiero debido al retiro de la confianza de los consumidores en las redes sociales. Las disculpas de Mark Zuckerberg, el cofundador de Facebook, no evitaron que los inversionistas de la red social vendieran sus acciones. Sucede que todo indica que las elecciones se pueden ganar debido a la influencia que se puede ejercer en los votantes, quienes inducidos por mensajes reiterativos difundidos en la red, terminan apoyando a candidatos presidenciales. Cambridge Analytica obtuvo la información de 50 millones de usuarios de Facebook  y la usó para hacer propaganda política para las elecciones de Donald Trump en Estados Unidos el 2016 y en la votación del Brexit en el Reino Unido.

La soledad pasa de ser un problema de salud pública para convertirse en un problema mundial que atenta contra la forma en la que  los ciudadanos del mundo deciden el destino de sus países. La democratización en el uso de la tecnología se convierte en un recurso que controla la vida de los ciudadanos y los lleva a tomar decisiones que no solucionan el problema de fondo: la ausencia de vínculos.

Adultos mayores, adultos y jóvenes pueden sentirse solos aunque estén rodeados de personas, porque progresivamente dejan de desarrollar vínculos. El vínculo se pierde, se pierde el contacto humano así como la capacidad de sentir con el otro. Más aún, este vínculo se diluye como conexión entre seres humanos que se encuentran sin juicios de valor y con apertura hacia todo lo que pueda surgir. Somos ciudadanos ausentes unos hacia otros, pero conectados a la red. Y a medida que pasa el tiempo, cuando se llega a adulto mayor, se encuentra un cuadro fatal: el ciudadano vive una profunda soledad que lo lleva a la depresión. Según un estudio de la London School of Economics, diez años de soledad de una persona británica suponen 6.000 libras (6.800 euros) en gastos de sanidad y otros servicios públicos para el Estado.

Frente a esta problemática, nace la necesidad de crear un “punto de encuentro” que humanice la ciudad, ya no desde los servicios implementados en espacios públicos, sino desde un encuentro genuino, en una dimensión subjetiva.

Sería importante reflexionar que la soledad de Jesús, hoy Viernes Santo, se expresa también en cada ciudadano vulnerable cuyas necesidades no son atendidas por el Estado. La soledad es un infierno que puede revertirse en un paraíso si se crean nuevos programas sociales que aborden con decisión y transparencia la tarea de construir un país inclusivo. Esperemos que los nuevos ministros sean gestores de cambio social y articuladores intersectoriales. Con esperanza vemos que el infierno de la soledad puede convertirse en el paraíso de la inclusión.

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