El milagro de Manchay, por Federico Prieto

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El terrorismo obligó a muchos peruanos de la sierra a buscar un lugar más tranquilo para vivir y trabajar. Lima, por ser la capital, trajo a mucho ayacuchanos, que eligieron una zona abandonada, árida y alejada del centro para instalarse, simplemente ocupando el lugar. Manchay, en el distrito de Pachacámac, al sureste de Lima, limita al norte con el distrito de Ate (Mayorazgo y Salamanca), al este con Pachacámac (Huertos de Manchay) y Cieneguilla, al sur con Villa María del Triunfo y San Juan de Miraflores y al oeste con el distrito de Santiago de Surco.

Los primeros pobladores no tenían agua ni desagüe, electricidad ni pistas de acceso, y menos aún una línea urbana de transporte público masivo. Por supuesto, todo lo que pudiera ser centros de trabajo o de formación y servicios brillaban por su ausencia. Instituciones de asistencia social, públicas y privadas, se preocuparon de esa población que crecía. Ahora, Mnchay ha superado el reto del desierto y se ha convertido en una zona urbana con los servicios necesarios de una ciudad.

El entonces arzobispo de Lima, cardenal Vargas Alzamora, nombró párroco de ese sentamiento humano al Padre José Chuquillanqui, quien durante 23 años ha sido pastor espiritual y promotor social de Manchay. Ha creado un programa de formación para el trabajo de jóvenes en riesgo; el instituto Trentino Juan Pablo II y en el centro técnico productivo Guarnimaqui; ha implementado el programa de fortalecimiento de la enseñanza y nivelación de alumnos de secundaria; ha creado una escuela especial para chicos y chicas con habilidades diferentes con talleres de panificación, repostería y bisutería; y cada mes los padres de estos niños y adolescentes acuden a la parroquia para recibir charlas de capacitación. Nueve guarderías reciben a los niñitos de las madres que trabajan; se ha creado el taller productivo dirigido a mujeres quechua hablantes para potenciar sus habilidades en la producción de chalinas, chompas, chales, ponchos y guantes, pero conservando su arte y tradición ancestral.

Lo principal es la atención religiosa, y la tarea educativa que la Iglesia brinda en un Instituto Superior y en diversas escuelas y colegios construidos por el arzobispado de Lima durante la gestión del cardenal Juan Luis Cipriani, como he escrito en “Huellas de Púrpura”. El papa Francisco, cuando estuvo en Lima, dedicó un saludo especial a los pobladores de Manchay que permanecieron por varias horas frente a la sede de la Nunciatura Apostólica en Jesús María, para verle. Precisamente en estos días se ha dedicado un terreno para la construcción de un hospital que llevará el nombre del papa Francisco.

El Padre José Chuquillanqui ha recibido muestras de simpatía y gratitud de las autoridades de Manchay, entre ellas el alcalde y los directores de salud y de educación, en la misa dominical del 14 de julio durante la misa en la parroquia del Espíritu Santo. Y es que no solamente ha sido testigo de la modernización de Manchay sino su principal líder y realizador. El nuevo arzobispo de Lima, monseñor Carlos Castillo, ha decidido trasladarlo a una parroquia del Rímac, y ha nombrado párroco al Padre César Valdivia. El diario Expreso informó el viernes 12 sobre dicho cambio.

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