El triste final de un ciclo pernicioso en China, por Federico Prieto

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El control de la natalidad en la China ha fracasado de la manera más brutal que podía imaginarse. En 2015, entre las personas de 15 a 40 años, había 20,8 millones más de hombres chinos que mujeres, según estudio de las Naciones Unidas (ONU). Los varones que no encuentran mujeres para casarse optan por dos soluciones, a cual peor: o se vuelven homosexuales y forman pareja con otro hombre, igualmente frustrado; o compran a mafias internacionales que raptan mujeres pakistaníes y las llevan de manera forzada a China para venderlas, según informe de la Agencia Federal de Investigación (FIA) en Lahore.

Como se recuerda, el gobierno chino, contradiciendo una costumbre ancestral que se remontaba a Adán y Eva, decidieron intervenir en la intimidad de la familia, legislando en 1981 que cada matrimonio chino sólo podía tener un hijo. De inmediato se produjo una millonaria racha de abortos de futuras hijas mujeres. Los matrimonios chinos querían tener un hijo varón. Cuando el gobierno chino se dio cuenta de su torpeza amplió el número a dos. Pero esa medida seguía contradiciendo el orden natural de las cosas. Por orgullo y terquedad, el gobierno chino no ha dado su brazo a torcer y no ha liberado a los matrimonios a tener los hijos que quieran.

Quienes están haciendo negocio suculento son los laboratorios que producen los utensilios para abortar o esterilizar, pastillas para impedir o interrumpir embarazos, etcétera, etcétera. Estos laboratorios propician el placer por el placer. Estos laboratorios están reduciendo la población del primer mundo y provocando la mayor migración humana de todos los tiempos. La gente quiere ir donde se vive mejor, donde el nivel de ida es más alto, dejando la pobreza endémica del tercer mundo. Es el triunfo del materialismo hedonista ante el idealismo cristiano.