Estados Unidos, país de masacres, por Angello Alcázar

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El pueblito tejano de Sutherland Springs está ubicado a cuarenta kilómetros de la ciudad de San Antonio, rodeado de granjas y verdes campiñas que parecen extenderse sin fin en el vasto territorio del estado sureño. Pasada la parafernalia de Halloween y el contagioso silencio del Día de los Difuntos, la Primera Iglesia Bautista abrió sus puertas para celebrar la habitual misa del primer domingo del mes. Mientras los niños y sus padres escuchaban el sermón del pastor, o acaso cuando, tomados de la mano, entonaban los salmos, irrumpió en el recinto un sujeto con un fusil y llevó a cabo la peor matanza perpetrada en Texas, y sin duda una de las más sangrientas de los Estados Unidos.

A partir de los atentados terroristas que Al Qaeda consumó aquel lejano once de septiembre del 2001 en que murieron más de 3000 personas, la tierra de Washington y Harriet Tubman se ha visto teñida de sangre con tal frecuencia que, desde ya hace algún tiempo, hay quienes vaticinan una suerte de hundimiento irreversible del país y la consecuente clausura de la miríada de actividades culturales, turísticas y recreacionales que atraen a miles de almas, y que constituyen uno de los más pujantes motores de la economía yanqui.

Quizás las tragedias que se mantienen más nítidas en el recuerdo sean el tiroteo en la discoteca gay Pulse de Orlando o la balacera a los asistentes de un concierto en Las Vegas, los cuales dejaron un saldo de 50 y 58 víctimas, respectivamente. O, aún más reciente, el atropello masivo con una furgoneta que invadió la ciclovía y causó estragos de la más abyecta naturaleza en las calles neoyorquinas.

Si indagamos un poco y sumamos a la lista las matanzas de Fort Hood, Virginia Tech, Minnesota, Columbine, la escuela Amish, así como las muchas otras que han marcado este siglo, comprobaremos que, Estados Unidos es, en efecto, un país de masacres.

Curiosamente, el grueso de estos crímenes fue perpetrado por ciudadanos estadounidenses, con todos sus papeles en regla, y no—como repiten hasta el cansancio los nacionalistas o, lo que viene a ser lo mismo, racistas americanos—terroristas provenientes de países árabes que buscan inmolarse en nombre de un culto satánico y exterminar la raza humana sin la menor reserva moral.

Devin Patrick Kelley, el autor de la masacre de Sutherland Springs, era blanco y había servido en la Fuerza Aérea de su país hasta que lo despidieron por haber amenazado a sus superiores militares. Era un hombre psicológicamente perturbado, abusivo con su familia y descrito por sus compañeros de colegio como “loco” y “raro”. A pesar de no tener una licencia para portar armas, las había conseguido por medios que desconozco. Pero lo más desconcertante es que, como informa The Washington Post, su crimen se basó en una disputa personal con su suegra, quien, felizmente, había decidido no ir a la iglesia ese día.

En enero, durante mi viaje de regreso a Canadá luego de pasar la temporada de fiestas en Lima, tuve que hacer una escala en el aeropuerto de Fort Lauderdale. Recuerdo que estaba ansioso por disfrutar (siquiera por unas horas más) del sol en La Florida antes de abordar el avión que me llevaría de vuelta al crudo invierno canadiense. Aquel viernes, la Terminal 2 fue el escenario de un tiroteo que acabó con las vidas de cinco personas. Por una milagrosa coincidencia, mi vuelo llegó después del atentado y esperé con gran turbación las largas horas en las que se prolongó mi escala. Nunca me había sentido tan cerca de la muerte.

Hace un par de días, la Primera Iglesia Bautista volvió a abrir sus puertas. Ya no hay alfombra ni bancas, y han pintado las paredes, el suelo y el techo de blanco. Sin embargo, lo más impactante de esta metamorfosis, son las 26 sillas dispuestas a lo largo y ancho del recinto, ubicadas donde se encontraron los cuerpos de las víctimas, cada una con una rosa y sus nombres escritos en oro sobre el peinazo. Al entrar, se puede escuchar una grabación de la misa dominical con la que las voces de los parroquianos tejanos vuelven a la vida.

Nadie puede negar que Estados Unidos es un país de masacres; pero me niego a pensar que sea solo eso. Lo es también de compasión, unión y resiliencia. Incluso hoy, que el pueblo estadounidense atraviesa crisis de todo orden y está comandado por un personaje caricaturesco, creo que sigue siendo la tierra de los libres y el hogar de los valientes. Y aunque no hay forma de saber cuándo, dónde y mucho menos por qué ocurren estas desgracias (y esto es aplicable al mundo entero), sí podemos asegurarnos de que no se pierdan en la carcoma del tiempo, y mantener la esperanza de que aquello que Alfred Tennyson llamaba “un mundo mejor” es posible, aun en los momentos más críticos.

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