Examen a “Examen de Conciencia”, por Mario Arroyo

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Albert Solé se suma a la lista de grandes periodistas, inaugurada por Michael Rezendes (Spotlight), Jason Berry, Carmen Arístegui (Maciel), Pedro Salinas (Figari), que buscan evidenciar el delito de pederastia clerical y su culpable encubrimiento por parte de la jerarquía. Al hacerlo prestan un servicio a la sociedad e incluso a la Iglesia, pues contribuyen a esclarecer la verdad.

El peligro está en excederse, cuando con afán amarillista buscan generar escándalo para obtener pingues ganancias económicas. Peligroso es también dar por ciertos rumores, exagerar los hechos, o dar visibilidad solo a una parte de los implicados. No es justo hacer justicia a través de los medios, para eso están los tribunales, y estos últimos difícilmente la harán bien, si a su vez son presionados por los medios. Cuando la opinión pública exige un chivo expiatorio, o la indignación por lo aberrante de un crimen es generalizada, no resulta sencillo emitir un juicio desapasionado y justo.

Si bien estos periodistas, al dar visibilidad a un horrendo delito y a un culpable encubrimiento, han prestado un invaluable servicio a la sociedad, a la verdad y, quiéranlo o no, a la Iglesia, deben hacer también un examen de conciencia para ver si no se han excedido, por motivos de notoriedad, económicos, ideológicos, o de simple saña y odio. Es doloroso ver, como alguno de ellos -Rezendes en concreto- abandonó la fe al ser testigo de la cloaca hedionda que escondía la arquidiócesis de Boston. Comprensible su celo fanático para evitar que ello vuelva a ocurrir. Pero, en ningún caso, la búsqueda de la justicia justifica la condena de inocentes, ni exime a los juicios de su justo procedimiento: la presunción de inocencia, el deber de probar el delito, el respeto a la buena fama del acusado hasta que se demuestre de modo incontrovertible su culpabilidad.

Todo esto no parece darse en la serie de Netflix “Examen de Conciencia” de Albert Solé. La intención, ¡qué duda cabe!, es noble y hasta necesaria. La expresa con claridad él mismo en una entrevista: “O la Iglesia, la institución y todos los fieles se miran en el espejo y se plantean qué han hecho mal y dejan de seguir escondiendo los cadáveres debajo de la alfombra, o llegará un momento en el que les explotará y se convertirán en una entidad irrelevante.” Es verdad, pero la verdad nunca se establece a través de suposiciones, dando visibilidad solo a una parte de los implicados, exagerando las cosas o, sencillamente, mintiendo, por más noble que sea el fin.

Solé es consciente de los 140 millones de suscriptores de Netflix en alrededor de 190 países. Sabe que lo que ahí muestre se tomará por verdadero. Parece que el peso de la denuncia y el desprestigio pesan más que el deseo de esclarecer los hechos, mostrar la verdad y evitar que estos horrendos crímenes se repitan. La línea que separa la información de la difamación es sutil.

Por lo menos en uno de los casos de los que se sirve para denunciar la “estructura de encubrimiento” en la Iglesia española, falta rotundamente a la verdad, lo que invita a cuestionar seriamente la consistencia de su investigación, su confiabilidad. Induce a pensar más bien lo contrario, que esconde una intencionalidad calumniosa, el deseo de simplificar rápidamente una realidad compleja, para descalificar a la Iglesia española a los ojos del mundo.

Es notoria su parcialidad en la forma de tratar el caso de José María Martínez Sanz, exprofesor del Colegio Gaztelueta, condenado muy cuestionablemente a 11 años de prisión, sin haber pruebas contundentes en su contra. El juzgado simplemente dio por verdaderas las acusaciones de la víctima y por falsas las suyas, imponiéndole extrañamente una pena mucho mayor a los 3 años de cárcel que pedía la fiscalía. Todo hace pensar que la “justicia” no tenía “vendados los ojos”, sino uno abierto, con el deseo de perjudicar a una institución y dar “una lección” a la Iglesia, sacrificando a una persona.

Es claro y público cómo el Colegio mantuvo una cultura de total transparencia, colaboración e información en este caso (puede verse aquí: https://casogaztelueta.com/ ). Es dramático ver cómo defiende el presunto agresor su inocencia a pesar de la sentencia. En una carta abierta expresa que ha sido víctima de una injusticia y de linchamientos mediáticos, pero tiene la grandeza de espíritu para afirmar: “El único consuelo que encuentro en este infierno que ha destrozado mi vida es saber que Dios es testigo de mi inocencia. No puedo pedir perdón por algo que no ha tenido lugar, pero sí soy capaz de perdonar a quienes con tanta saña y crueldad están destrozando mi vida y la de mi familia” (Aquí la carta íntegra: https://www.elcorreo.com/bizkaia/carta-exprofesor-gaztelueta-condenado-abusos-20181115162335-nt.html ).