General a la reja, por Eduardo Herrera

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La impunidad es como la violación. Un abuso asqueroso que pone a quien ultraja a la ley por encima de todos los otros mortales. En el país esto se está produciendo frente a nuestras narices y con complicidades repletas de tecnicismos que son claramente cuestionables, entonces la sensación de penetración fálica sin consentimiento se hace más evidente y dura.

La inmunidad tiene su razón de ser, sirve para proteger a un funcionario para que desarrolle su función sin temor, para que nadie abusivamente pretenda amenazar su independencia con, por ejemplo, acciones legales sin sentido. No debe de servir como escudo para una conducta que nada tiene que ver con la función. Por eso es que, en casos como estos, inmunidad equivale a impunidad.

La inmunidad no es mala, está desprestigiada por individuos como este cuyo nombre no puedo decir porque yo no estoy protegido y muy probablemente si me lee, me enjuicia. Ya me imagino su risa “cachosa” celebrada por sus pares como un ícono, por ser el más “palomilla” de todos, cuando resultó ser un vulgar “chorizo”. No lo digo yo, lo dice una sentencia.

Pero claro, en el lugar en donde se da nacimiento a la ley terminó siendo en donde esta se obliga a ser prostituida, forzosamente. No se olviden de esto, la estrategia se trata de darle una manito para que gane tiempo. Que no nos extrañe si, en la bendita segunda instancia, y cuando ya la atención haya desaparecido, esa manito se convierta en negra y el individuo de marras salga absuelto; retornando victorioso con bombos y platillos con conferencia de prensa incluida. “Ahí está, ya lo ven, se los dije: soy inocente”, es que hasta puedo imaginar la frase.

Si alguno otro de nosotros “ciudadano de a pie” mortales comete un delito y es condenado a cinco años de prisión por robar gasolina a la institución que debió honrar, no la libra así de fácil, como dicen los Beatles “with a little help from my friends”. En este caso esos amigos se convierten también en cómplices para decirlo con todas sus letras. Por eso son tan resistidos hasta que incluso se ha legitimado un horror técnico (como prohibir su reelección). Ya no sé si prohibir la reelección se ha convertido en realidad en un castigo, antes que una medida prohibitiva coherente (que dicho sea de paso mata a justos por pecadores).

La cosa es muy simple y me la decía mi padre hace muchos años. Dura es la ley, pero es la ley. Cúmplanla y hagan cumplir.

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