Historia de un cañoncito, por Alfredo Gildemeister

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Tuve la suerte de conocer a mi bisabuela por parte de madre, la cual me contaba del paso de los invasores chilenos por Moquegua. Ella y su familia eran moqueguanos y patriotas acérrimos y al estallar la guerra del Pacífico, vivían en Moquegua. Contaba mi bisabuela Victoria Morales de Cabello, que cuando se aproximaban las hordas invasoras chilenas, todos los habitantes de Moquegua procedieron a esconder su dinero. El dinero estaba por lo general representado en esa época, en monedas de oro y de plata. Estas monedas se guardaban en pequeños sacos de gruesa tela y se escondían en las huertas de las casonas de aquella época o dentro de las anchas paredes de adobe de las mismas casas.

Cuando los invasores chilenos entraron a la ciudad de Moquegua, contaba mi bisabuela que ingresaban a las casas y con las bayonetas comenzaban a picar las paredes de las casas hasta destruirlas casi por completo en la búsqueda del ansiado oro. Otros iban a las huertas y excavaban buscando sacos enterrados con monedas de oro. Las paredes de adobe de las casonas eran gruesas, de allí que, con la antelación debida, la población agujereaba la pared de su casa, introducía el saco de monedas y luego la tapiaba con barro y argamasa hasta que secara y quedara todo oculto.

Encima se colocaba un cuadro o un retrato y listo. Las hordas chilenas destruían literalmente las paredes de las casas, habitación por habitación, y si no encontraban nada se iban a la siguiente casa. Fueron horas de angustia las que pasó mi bisabuela Victoria mientras los invasores destruían, cual vulgares ladrones, las paredes de su casa. Por suerte no encontraron nada. Cuando las hordas chilenas se fueron de Moquegua, gran parte de las casonas moqueguanas quedaron destruidas por esa razón: el saqueo y búsqueda de sacos con monedas de oro.

Siempre he lamentado lo poco que se ha escrito o investigado sobre los años de la ocupación chilena en Lima y cómo vivieron los limeños aquellos terribles años. La gente se las ingeniaba para ocultar sus cosas al invasor, así como de engañarlos en muchos aspectos. Uno se esos aspectos, es el referente a la manera en que muchos limeños anónimos ayudaron al ejército peruano y a las montoneras del mariscal Cáceres, el cual seguía luchando sin rendirse en la serranía peruana contra el invasor chileno.

Al respecto, una hermosa historia que, al respecto, cuenta en sus memorias Doña Antonia Moreno Leyva de Cáceres, nada menos que esposa del “Brujo de los Andes”, Andrés Avelino Cáceres, que al lado de sus hijas, apoyó a su esposo en la lucha contra el invasor chileno. Los campesinos que luchaban al lado de Cáceres la llamaban cariñosamente “mamacha Antonia”. Antonia peleó en muchas oportunidades al lado de su marido en las diversas batallas y escaramuzas de la campaña de la Breña.

Cuenta doña Antonia de lo difícil que era enviar armas y municiones al ejército de Cáceres pues la guarnición chilena en Lima vigilaba y controlaba todo. Un buen día tuvo una idea. Ella estaba escondida en Lima y tenía que enviar armas y un cañón a Cáceres. No se le ocurrió mejor cosa que convencer al ex gobernador de Cocachacra, Salarrayán, y al oficial Ambrosio Navarro, para que partieran con un cargamento de armas, municiones y el “cañoncito”, hacia el campamento de Cáceres.

Ella misma lo cuenta en sus memorias: “Para sacar de Lima el cañoncito que el obispo Tordoya me había obsequiado, tuve que urdir una macabra estratagema: ¿cómo librarlo de caer en las redes del enemigo? Pues se me ocurrió simular un entierro. Hice desarmar el pequeño monstruo y colocarlo en un ataúd; los “deudos” del “difunto” eran los oficiales, que debían partir con él a cuestas hasta el cementerio, primero, y después hasta las abruptas sierras, donde acampaba el ejército del Centro. La comitiva “entristecida” siguió, por las calles de Lima, la ruta al camposanto y, en seguida, pasaron a un corralón donde esperaban listos los guías y las bestias que habían de conducirlos a su destino, habiendo sido recibidos triunfalmente con abrazos y gritos de alegría”.

El cortejo con el pesadísimo “cadáver” pasó ante las narices de la guarnición chilena, la cual no sospechaba que dicho “cadáver” estuviere conformado por nada menos que un cañón de campaña que pronto dispararía contra ellos. Navarro y Salarrayán con sus rostros “compungidos” y “llorosos”, desfilaron presidiendo el cortejo fúnebre hasta poner a buen recaudo y darle “cristiana sepultura” al “cadáver”, esto es, al cañón. Los acompañantes iban caminando detrás de estos y no faltaban algunas mujeres patriotas que lloraban a moco tendido por el tan amado y “pesado” difunto. ¡Vaya proeza para atrevida! Cuentan que luego el famoso cañoncito causó grandes destrozos en las filas chilenas durante las batallas de la campaña de la Breña.

En cuanto a mi bisabuela, pasada le guerra se fue con su esposo e hijos a vivir en la Iquique ocupada por los chilenos. Vivieron varios años allí. Mi abuela recordaba que en el colegio de Iquique le obligaron a aprenderse y a cantar el himno nacional de Chile, pero en su casa se cantaba el himno nacional del Perú. Mi bisabuela Victoria murió en paz a los 98 años. De otro lado, doña Antonia es la única mujer que, junto a su esposo, está enterrada en la Cripta de los Héroes del Cementerio Presbítero Maestro. Así como la historia de mi bisabuela Victoria y la de Antonia Moreno de Cáceres, existen miles de historias de heroicos peruanos y peruanas que arriesgaron sus vidas por el Perú en las horas supremas. Ello no nunca debe quedar en el olvido.

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