Homofobia vaticana (I), por Javier Ponce Gambirazio

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El sumo representante de la organización religiosa con más muertos en su haber llega a nuestro país por tercera vez. Nada que festejar. Para los que no tienen buena memoria, está internet que conserva todo en un eterno presente. Quien tenga ojos para ver que vea. Cuando este señor era obispo de Buenos Aires, calificó la propuesta del matrimonio homosexual como un “Plan del Demonio”. (Me pregunto cómo justificarían estos personajes su existencia sin Satanás. Primero inventan el virus y luego te venden el antivirus. Puro juego de poder.)

Cuando recién estrenaba báculo papal, un periodista le preguntó en un avión por los homosexuales. Antes de contestar, se dio cuenta de que había muchas cámaras y decidió impresionar. Digamos algo que suene progre. Que sepan que puedo ser un ícono pop. Mi Instagram no tiene seguidores y debo convertirme en influencer.

Entonces con voz engolada y pésimo italiano declamó que no podía juzgar a nadie porque Dios aceptaba a todos. La frase dio la vuelta al mundo, sus imágenes desplazaron a Lady Gaga y se volvió tendencia. ¡Por fin era un hashtag! Quienes no conocían su propensión a acomodar su postura, lo celebraron con lindos memes. Pero todo era palabrería vacua. Fumata nera. Pronto se evidenció que era una especie de Zelig espiritual que cambiaba su discurso según la audiencia con el único propósito de buscar likes. Una vergüenza. Yo prefería la honestidad de Ratzinger que no andaba con demagogias adolescentes intentando agradar a nadie. Además era un hombre culto, lo que siempre se agradece. Al parecer, la calidad de los representantes de Dios va decayendo.

Ha cambiado, dijeron algunos. Es un papa moderno, pensaban otros. Esto no puede quedar así, murmuraban en los corredores de Roma. Al parecer le jalaron las orejas porque una semana después se reunió en privado con la jueza y activista norteamericana anti-lgbt que se opuso, contra la ley, a casar a dos hombres. Los purpurados volvieron a respirar; está todo controlado.

Hasta ahora no lo he visto reunirse con un solo representante de la comunidad lgbt. Y me consta que le han pedido audiencia. No porque importe, sino porque la institución que representa es usada como justificación para la discriminación y el rechazo que sufren todavía muchos niños. Pero nada. No le ha dado la gana de recibirnos.

Pero esto no es nuevo. El último pontífice que vino era igual. A pesar de que la ciencia y el sentido común habían dejado de perseguir a los homosexuales, renovó la maldición homófoba sosteniendo que los homosexuales están fuera del plan de Dios y no pueden recibir aprobación en ningún caso (2357-2359, Catecismo de la Iglesia Católica Romana, Ioannes Paulus PpII, 1992).

A los homosexuales no nos hizo Dios. Muy bien. ¿Entonces quién nos creó? ¿Hay varios dioses? ¿No era único y creador de todo? ¿Esa divinidad todopoderosa que se equivoca puede estar representada por un papa infalible? ¿Alguien que ha errado tanto a lo largo de la historia puede tener el don de distinguir entre lo que agrada y lo que ofende a Dios? La paparrucha no resiste ninguna lógica. No hay tal deidad.

La Iglesia cree que hay voluntad y que valen la pena la infelicidad, la marginación y los suicidios. Y muy suelta de huesos recomienda condenarse a la castidad y encerrarse en el closet, porque Dios perdona el pecado, pero no el escándalo. ¿Qué pecado? ¿Qué escándalo? ¿No es un pecado decir a los padres que rechacen a sus hijos? ¿No es escandaloso que el Vaticano estimule estas conductas contra niños que no pueden defenderse?

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