La corrupción nuestra de cada día, por Eduardo Herrera

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Es patético escuchar las excusas, explicaciones e intentos de desmarque que hacen algunos de los personajes públicos aludidos en los escándalos peruanos de corrupción. Es, además, una auténtica pérdida de tiempo.

La judicialización de la corrupción ha sido muy discutida al punto de sostenerse que se ha politizado la justicia. Pregunto: ¿qué culpa tenemos nosotros que la política -al contrario- se haya prestado (en algunos casos) a la criminalidad? Más allá de eso, considero que la judicialización de la corrupción es una excelente manifestación de madurez del enfrentamiento necesario para limpiar, en la medida de lo razonable y posible, la casa. Como siempre reitero es importante que esta judicialización sea respetuosa, objetiva y neutral, de lo contrario se pierde legitimidad. Si bajamos al ajusticiamiento, entonces da la impresión de caer en la misma conducta reprochable al mismo delincuente que, presuntamente, queremos sancionar.

Si bien la judicialización es la última etapa que precede a muchas manifestaciones silenciosas (denuncias ciudadanas que no son escuchadas) que no siempre tienen éxito, hay que entender que la corrupción ya forma parte, desde hace muchos años, de nuestra cotidianidad. En las revisiones técnicas o en la invasión (y tráfico) de terrenos por solo poner dos ejemplos.

La forma de combate consiste en dirigirnos hacia el hartazgo. Para vencer la corrupción hay que padecerla, conocerla y, luego del asqueo, comprender que, cuando menos, no es conveniente.

Si pagas coimas (o las permitimos) en las revisiones técnicas, no nos quejemos cuando se produzca un accidente de tránsito por desperfectos mecánicos o no nos quejemos de la contaminación o inseguridad imperante. Si permitimos o accedemos a sobornos por tráficos de terrenos, nos expresemos rechazo cuando se producen estafas o desastres naturales en viviendas populares. Sí, así es la corrupción nuestra de cada día. Metida en todos los recovecos de la realidad nacional.

Pasa el tiempo y seguimos en la morbosidad de la corrupción de las marquesinas. Nadie dice nada sobre esta corrupción menuda y propia, la aceptamos y la justificamos como “un mal necesario”. El Perú se ha acostumbrado a convivir con ella, escudándonos en la lejanía hipócrita de señalar siempre al otro. Hace falta un asqueo total, un cambio de hábito. Mirar al espejo, antes de fijarnos en la televisión o el periódico.