La Junta del gran legado de Riva Agüero en 2019, por Federico Prieto Celi

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José de la Riva Agüero y Osma es una de las figuras más ilustres de la primera mitad del siglo XX en el Perú. Vivió entre 1885 y 1944. Estudió en la Universidad de San Marcos. Humanista notable. Viajero culto.  Alcalde de Lima. Presidente del Consejo de Ministros y ministro de Justicia, Instrucción y Culto. Decano del Colegio de Abogados de Lima. Catedrático universitario. Director de la Academia Peruana de la Lengua. Presidente de Acción Patriótica. Autor de libros. Era un hombre de fortuna, en razón de su herencia familiar: haciendas agrícolas, inmuebles,  pinturas y otros bienes de gran valor artístico.

En 1938, por su tercer testamento, que revoca los dos anteriores, deja sus bienes a la Universidad Católica, que se erige como automática propietaria de sus bienes. Hombre prudente y buen jurista, pone como condición insustituible que esos bienes sean administrados por una Junta perpetua (por tiempo indeterminado). Esta Junta estaría conformada por el rector de la Universidad y un representante del Arzobispado de Lima. La Junta decidió que en caso de discrepancia debía dirimir el arzobispo Lima. Así funcionó, hasta que Carlos Valderrama, representante del arzobispado, en tiempo del cardenal Augusto Vargas Alzamora, sobrepasando el límite de su funciones, abdicó de su derechos, dejando a la Universidad libre de dar cuenta de su gestión económica a  la Junta. Esa abdicación por supuesto era nula y fue revocada por el Tribunal Constitucional.

Desde hace por lo menos un década, es decir, el tiempo del rectorado de Marcial Rubio, las autoridades desacataron la sentencia del Tribunal Constitucional  y el rector no convocó a sesión de la Junta, como debía, cubriéndose piadosamente  con el manto de juicios en los distintos niveles de la administración ordinaria de justicia, tradicionalmente lenta y corrupta (con excepciones, por supuesto).

De tal manera que el año 2019 puede marcar la diferencia, ya que la Universidad ha dejado de ser el referente moral que muchos de sus profesores y exalumnos han querido que sea en el país, a causa del escándalo de los cobros indebidos a los estudiantes atrasados en sus pagos; y necesita tomar medidas reivindicadoras de su ética profesional en el manejo de la casa de estudios, entre las que en primer lugar está el justo acatamiento y el pleno cumplimiento de las leyes y sentencias judiciales.

Si no ocurre así, la Universidad Católica seguirá siendo la rica casa de los caviares, el grupo de presión de pensamiento único, el centro de estudios que forma agnósticos (religiosamente librepensadores) con los estudiantes católicos que ingresan, con gran sacrificio económico de sus padres.  Una lección queda clara, mientras tanto: por mucho esfuerzo que requieran, los padres de familia pagarán puntualmente sus pensiones, por caras que sean (que no debían serlo).

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