La ley y el orden, por Eduardo Herrera Velarde

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El Perú vive polarizado, en una constante pelea. La muestra está en lo que venimos apreciando entorno a la reforma del sistema de administración de Justicia.

Más allá de las demoras -porque este asunto lleva años “en pendiente”- llama la atención que el meollo de la cuestión ha pasado a ser casi intrascendente. Millones de personas siguen esperando que sus casos se resuelvan; algunos siguen comprando justicia y otros la alquilan también. Por cierto ¿dónde están las declaratorias de emergencias? ¿sigue la misma intensidad de los primeros días cuando saltó el escándalo?

En este contexto se vislumbra la necesidad -aparente- de un dictador. Se piensa que necesitamos exportar al de Singapur que cambió todo el país con mano dura. Esto ya nos pasó en la época de Pinochet ¿se acuerdan? Hace falta el “Taita” que, con correa en mano, venga a poner orden y mate a todos los corruptos, literalmente. Por eso el discurso del Presidente a algunos les fascinó, por la posibilidad de que se “aleone” y le meta una patada -legal seguramente- a toda la “clase” política.  No lo neguemos, a casi todos nos provocaría tirarle la puerta en la cara a algún impresentable congresista (ya saben a quién me refiero ¿no?) y no verlo nunca más. Lo raro es que, directa o indirectamente, todos los elegimos “democráticamente”.

En el contexto de las elecciones municipales sale un candidato en San Isidro a proponer un muro figurativo de ley y orden; e inmediatamente lo comparan con Trump (sospechosamente, otro gobernante con claros matices autócratas).

Pues, no. No hace falta ser autoritario para ser autoridad. La ley, y en consecuencia y el orden, no es potestativo de las dictaduras (es todo lo contrario). Me cuesta creer que necesito alguien que encierre mi libertad para tener un ambiente sin corrupción (o sin inseguridad o sin violadores, etcétera).

No nos dejemos engañar. Entendamos bien el mensaje. Para disfrutar de las bondades de un clima de libertad y orden, necesitamos leyes bien diseñadas (ojo no necesariamente normas legales ni escritas) y, sobre todo, lo que los “gringos” llaman “enforcement”; es decir que la ley se cumpla, siempre y para todos.

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