La utopía del voto obligatorio, por Fernando Rodríguez

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Nos encontramos ya en pleno proceso electoral que nos conducirá a renovar a nuestras autoridades locales en el próximo mes de octubre. Por ello, considero que debemos formular algunas reflexiones.

Tal como la concebimos hoy en día, la democracia contemporánea no guarda mayor correlato con aquella que diseñaron los griegos hace más de 25 siglos. No existe institución ni entidad actual que reemplace a la antigua ágora, pues la política actual y con ella las elecciones y campañas electorales, se han transformado en espectáculos mediáticos, exentos de cualquier discusión doctrinaria o ideológica y propensos a exacerbar el aspecto negativo de los contendores.

Desde la perspectiva del sufragio, tanto activo como pasivo, también ha habido cambios y éstos son más notorios, pues tanto electores como candidatos han migrado en sus intereses y ello genera, quiérase o no, consecuencias.

De un lado, los electores buscan mejorar su posición en la escala de Maslow y por ello normalmente no están interesados obtener o lograr el bien común, solo individual. A ellos exclusivamente les apetece que la oferta política se encargue de satisfacer sus intereses primarios, lo cuales quedan antepuestos ante el bien que la sociedad en su conjunto añora.

A igual resultado se arriba por el camino de los candidatos, los cuales se ubican en la senda que los conduce excluyentemente a maximizar sus beneficios, el bien común es sin duda un elemento de segundo orden.

Y esta dualidad engendra un círculo vicioso. Las necesidades insatisfechas del primer grupo (electores), encuentran en el festín de ofertas de parte de los candidatos (muchas de ellas impracticables), el ilusorio pensamiento de un futuro mejor, sin reparar en el análisis reflexivo necesario que debería servir de sustento para la emisión del voto. Y si esas promesas vienen acompañadas de regalos que de manera objetiva suplen alguna carencia, por mínima que esta fuera, el cuadro está completo y el voto prácticamente decidido.

Los resultados están a la vista. Votos irreflexivos otorgados a candidatos con ofertas demagógicas, generan la asunción en puestos públicos de personas que no merecen ocupar puesto público alguno.

Lamentamos que la democracia, como institución fundamental de toda sociedad moderna, haya cedido posiciones para convertirse en un simple medio a través de la cual la masa poco informada y normalmente desinteresada en determinado tipo de asuntos, elige a sus gobernantes pensando en el interés individual antes que el colectivo, dando así razón a Leandro Querido cuando al referirse a la actual democracia la califica como “procedimental”.

Por ello, pese a que la corriente doctrinaria casi unánimemente navega en aguas que proponen mantener la universalidad del voto, hoy día navegaré a contracorriente y plantearé humildemente desde éstas líneas la posibilidad de debatir la posibilidad de adoptar el voto voluntario. Dejo el debate queda abierto.

Lucidez.pe no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.

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