La verdad sobre el aborto la tengo yo, por Vincenzo Ferreccio

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Hablar sobre el aborto hoy en día es como citar a Paulo Coello; todo el mundo lo hace; a excepción mía, claro está. La iglesia; pionera inquisidora del pensamiento racional, sigue adornando con afiches carmelitas a la contaminación visual de la vía expresa. Las gentes siguen pensando que son eruditos solo por la simplicidad de ver a la poliglota atea de los videos izquierdista en “Playground”. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí, a encarnizar este neo-rito oculto de la ignorancia? Creemos saberlo todo, compartimos en las redes sociales el ofensivo lenguaje de la libertad de expresión, de lo políticamente correcto e incorrecto, sin antes practicar el arte de leer e informarse de verdad. Por otra parte, el promedio de los opinólogos en Facebook son una suerte de filas milenial; los cuales, tienen el austero fetiche del “copia y pega”, maniobrando sus ratones poseídos por la arena con el disgusto de no poder argumentar a sus citas falaces. Repiten y falsifican comentarios politizados de terceros, tomándolos como puntos de vistas universales. Debo dejar antes escrito, aconteciendo a una premisa solida pero insatisfecha, que yo no escribiré para citarles un versículo de la biblia, ni mucho menos tengo la intención de politizar y auspiciar gratuitamente a las arengas pro-aborto; este escrito más bien, tiene una razón bien humilde para existir: El escepticismo también es un bando para el aborto, y aquella minoría no se le respeta; he aquí por dicha causalidad, a una antología de frustraciones con respecto a la sarta de comentarios ineducados en Facebook. No están solos.

Los escépticos estamos hincado de rodillas, vivimos bajo la hipótesis de que algún día este fenómeno soez va a acabar. Por mientras podemos decir con certeza, que la ignorancia, redundantemente citada en el siglo XXI, es y será por siempre atrevida. Atestiguamos una distopía de “Fahrenheit 451”, con el contraste de que nosotros mismos consentimos al analfabetismo; y me generalizo por mera formalidad. Los libros son miopes ante nuestras costumbres, ya lo han mencionado con vaticinios antes: La videocracia es una metamorfosis de la creencia al Dios Sol y los sacrificios de mujeres y niños para que la madre tierra no engendre el invierno. Citando a Wikipedia con mi alma de milenial, se nos va a poder ser más fácil diseccionar a este fenómeno esperpéntico con una definición sintomática de la sociedad moderna.

“Se denomina Videocracia al poderío de las imágenes sobre la opinión pública contemporánea. Las sociedades actuales están sumamente influenciadas por como las impactan la TV, el cine, Internet, y la publicidad.” (s.f.). En Wikipedia. Recuperado el 16 de diciembre de 2013.

Contemos la crónica de Aleister Crowley, para caracterizar mejor a los opinólogos de nuestros tiempos en la videocracia. En 1904, un ocultista británico escribió un libro que, según creía él, le había transmitido una inteligencia no humana llamado Aiwass. Aiwass era un santo ángel guardián, un ser de una inteligencia y unas facultades inmersamente mayores que las de cualquier ser humano, de saberes irrefutables.

El síndrome o complejo de Aiwass- no soy médico ni psicólogo para poder afirmar el termino adecuado- es lo que hoy en día engullen a los comentarios de dizque- opinólogos que en su trayectoria haragán no han vuelto a abrir un libro después de “El Principito”. los individuos, que penalizan los mitos ajenos con otros mitos ajenos, impartiendo testicularmente la falaz cordura de sus sabidurías, tienen entonces el complejo o síndrome de Aiwass. Tampoco hay que satanizarla como una patología de videncias inciertas, Aiwass según nos cuenta A.C, es un ser mítico que posee la verdad suprema, aquella indiscutible, y como escépticos lo debemos respetar. El escepticismo no puede condenarlos, pero podemos etiquetar de maneras creativas a todos los intelectuales que usan a los memes y los “copia y pega” como un arma de cinismo hacia debate sobre el aborto, hay que leer siquiera a un libro que se le anteponga un “Para dummies” en el título, para poder preservar la decencia humana. Resistamos entonces  ante los Aiwass que tal como testigos de Jehová, nos tocan las puertas de nuestros muros virtuales para convencernos de un discurso que ni ellos mismos lo saben articular. La verdad la tengo yo.

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