Lo que cuestan los colegios y lo que van a estudiar los alumnos en ellos, por Federico Prieto*

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El inicio del año escolar replantea cada mes de marzo el costo de los colegios privados, donde casi todos los padres quieren enviar a sus hijos; y el contenido de la enseñanza, tan cambiante a tenor de presiones e influencias externas.

Sobre el costo de la enseñanza se observan dos rubros: el cobro por el ingreso al colegio, que llega a cantidades que superan no solamente el bolsillo de los padres de familia sino también las posibilidades de la imaginación del pueblo; y la pensión mensual, que se lleva la parte del león de los ingresos remunerativos de los padres. Algo se pudre en la economía peruana de mercado, porque el objetivo de los padres de clase media ascendente es que sus hijos se codeen con los hijos de los más ricos, no importa qué les enseñen. Antes había buenos colegios religiosos y no eran caros: allí enviaban los padres a sus hijos, pero la crisis postconciliar ha cambiado esa vieja realidad.

Sobre el plan de estudios hay una agenda que se debate apasionadamente en la opinión pública; y otra distinta que se aplica silenciosamente en los colegios. Advierto que la profusión de contenidos y las técnicas de aprendizaje flotan en el plan de estudios pero no en las aulas de clase. Allí, las carencias son notables, desde las disciplinas humanísticas, como filosofía e historia, hasta las que se refieren al cuerpo, como la educación física, que debe incluir la práctica del atletismo y de los principales deportes.

Las consecuencias de la ausencia de la cultura humanística se ven de manera trasparente en la clase política, donde la ignorancia, la deslealtad y la corrupción priman sobre la oportuna legislación, el buen gobierno y la recta administración de justicia. Las consecuencias de la ausencia del cultivo de la educación física se advierte, por poner dos casos emblemáticos, en el vóley femenino y en el fútbol nacional.

Es esencial que prime la enseñanza del conocimiento. Es un triunfo de la modernidad subrayar la igualdad de derechos entre varones y mujeres, porque unos y otros constituyen el género humano. Es un fracaso, en cambio, propugnar la igualdad de género, porque el sexo masculino es distinto del sexto femenino, y ambos se complementan.

Es preocupante que el ministerio de educación se empeñe en proyectar inclusive más allá de su competencia la llamada difusión transversal de la igualdad de género, para estar a la altura de otras sociedades ‘más avanzadas’, sin darse cuenta que ese avance está en los tres clásicos vicios del paganismo: sexo, drogas y alcohol.

Yo prefiero defender, como asignaturas principales, las de siempre: humanidades, ciencias, religión, y educación física, para lograr una formación integral del espíritu, del carácter y del desarrollo físico natural de las y los jóvenes. Así llegarán adecuadamente preparados a los institutos de instrucción técnica superior –tan útil- o a la universidad, al matrimonio, para formar una familia, y al trabajo bien remunerado al servicio de la sociedad peruana.

*El autor ha sido secretario en el Ministerio de Educación 

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