Milenios del Estado, por Verushka Villavicencio

191

En la gestión del Estado convive personal estable, personal por contrato CAS y personal que efectúa prácticas-pre profesionales. La gran mayoría de éstos son jóvenes de la generación conocida como “milenios”, algunos de ellos por su capacidad, logran también convertirse en poco tiempo en personal CAS. Entonces, dentro de cada organización del Estado conviven miradas culturales diferentes con formas de ser y sentir peculiares pero con un mismo objetivo: mover al Estado.

Pero esta historia de convivencia saludable tiene sus bemoles. El primero es que la convivencia entre personas de más de 60 (personal estable), personas de 40 (personal CAS con experiencia y trayectoria) y personas de 25, es que no sólo escuchan música diferente, sino que sus códigos de comunicación son distintos. Los milenios nacieron con la tecnología. No hay milenio que no maneje más de un grupo de whatsapp y que prefiera enviar emoticons que resumen -en una imagen-, su estado de ánimo. Y nosotros tenemos que aprender a comunicarnos con esos códigos así como con memes, sino queremos quedar desfasados de la lógica que cede la imagen a la palabra. Hasta ahora no he conocido a un milenio que lea poesía o le guste Miro. Pero son ágiles con los cuadros y los diseños de todos los programas y aplicaciones posibles.

Otro bemol de la convivencia es el balance entre trabajo y diversión que necesitan los milenios. Debe ser 50-50. Si el trabajo es divertido se quedan, sino se van porque para ellos es normal buscar crecer rápido, entonces no permanecen mucho tiempo. Y siempre te dirán que se van porque apareció una gran oportunidad que no pueden desestimar. En el fondo se aburren de hacer cosas repetitivas o que no representan para ellos un logro que puedan exhibir en público, en el cual figure su nombre. Ellos necesitan reforzamiento todo el tiempo.

Si le preguntas a un milenio qué libro ha leído últimamente, es probable que mencione alguno vinculado a las sagas de películas americanas. Si le preguntas qué música escucha, es probable que mencione alguna de moda cuyas letras ubican a la mujer como objeto sexual con un ritmo irresistible. Si le preguntas sobre cuándo entregará un documento urgente, te responderá que “está en eso” y hará una novela completa sobre todas las dificultades que tiene para elaborarlo pues te dirá que complicado y requiere tiempo para hacerlo. Son pocos los milenios que dejarán de salir a su hora para lograr terminarlo antes de la fecha que le propusiste. Esta característica es particular. En el mejor de los casos, cumplen el plazo, pero no hacen un intento heroico por entregarlo antes, con el fin de ayudar al jefe a cumplir también con su superior, antes de lo previsto. Es decir, limitan su capacidad de “sacrificarse por el otro”. Pero a su vez, cuando un milenio necesita tu ayuda, te dirá que después de Dios eres tú, y apelando al ego de la otra persona, logrará la asesoría que necesita. Algunos son más refinados y es probable que desarrollen una estrategia comunicacional que te ubica en un lugar especial en su afecto, para luego pedir ayuda. Pero esto es natural en ellos. No percibo un detrás de cámara pero, lo que sí es real, es que muchos virtualizan sus relaciones y pasan muchas horas en las redes sociales o en el Internet. Limitan el contacto humano para darse a conocer. Es como si tuvieran inseguridad por mostrarse tal cual son.

El ego es una característica particular de los milenios, que representa otro bemol. Ellos son hijos de padres que vivieron la época del terrorismo y al sobrevivir, buscaron lo mejor para sus hijos. El resultado: cero resiliencia. Los milenios llegaron a un país donde la luz no se cortaba por una bomba, el agua no dejaba de fluir en la ducha y en la despensa no faltaba la leche, el arroz y la carne. Ellos nunca estudiaron con vela o lámpara a kerosene. Sólo la palabra kerosene es alucinante para su léxico. La ausencia de carestía generó la posesión de lo básico como un bien merecido y no conquistado. El aprecio por la luz, el agua, la leche se pierde y se considera natural. Sólo cuando se acercan a poblaciones vulnerables brota en ellos el deseo de ponerse en el lugar del otro y ayudarlo a superar sus limitaciones. Así el gran desborde de ayuda social que pueden prodigar, es una muestra de ese ego que busca un asilo saludable y permanente.

Los milenios desarrollan sus capacidades con la única limitación que ellos mismos se pueden inventar. Observándolos, su lucha es sobre si son o no capaces de cumplir con los resultados esperados. Estudiaron en el colegio y en la universidad, incubados por padres que proveyeron todas sus necesidades, menos una: el desarrollo de la resiliencia, pues allanaron los obstáculos con soluciones. Así, en el trabajo, la presión los abruma si trabajan con no más de dos variables laborales abiertas.

Esta semana, observaba cómo colegas se quejaban de algunos milenios y recordaba cómo algunos de ellos olvidaron toda la ayudan que recibieron cuando la solicitaron. En general, los milenios prefieren rodearse de gente de su generación o trabajar solos. Su ego les hace ver a los demás como seres que les deben algo y de alguna forma, ellos lo tienen que conseguir. Ahora que recuerdo los rostros y frases memorables de algunos milenios me doy cuenta que convivimos con niños y niñas que buscan respuestas como nosotros.

La noticia retadora es que en el Estado convivimos todos y somos un grupo “sui generis” que mueve la rueda efectuando una gestión por resultados con la suma de todas las habilidades y capacidades. Egos van, egos vienen, lo que permanece en el tiempo es lo verdadero y para cada milenio habrá, con el tiempo, un partner que lo destrone. Pero lo que nunca debe pasar es que las políticas, los programas, los proyectos, los planes impulsados por funcionarios y técnicos se detenga. Hay que encontrar la forma de articular, gestionar y avanzar.