[Opinión] El último político

"Desde esta columna quiero hablar de Alan García como lo que terminó siendo: el último de su especie".

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El ex presidente Alan García está muerto. Se suicidó en su casa el miércoles pasado cuando la Fiscalía se proponía detenerlo.

No nos animaremos, desde esta columna, a juzgar la acción del señor García. El suicidio siempre es una decisión que quienes la toman la alcanzan tras un largo diálogo con su consciencia, cuando se define que la muerte es un mejor fin que la existencia. Cada quien tiene sus razones y la vida no es más que de quien la vive y, por ello, es su potestad absoluta.

Tampoco queremos ahondar en el tema judicial. La decisión del ex presidente no lo hace inocente, no debe limitar el trabajo del equipo especial Lava Jato y la verdad tiene que seguir siendo el objetivo de la justicia. Aunque, es obvio, sí cabe hacer la salvedad (aunque a esta conclusión se llega más por las experiencias de Keiko Fujimori, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski) que las medidas de restricción de la libertad se están usando de forma indiscriminada e irresponsable, algo que daña tanto a los ciudadanos encerrados como la legitimidad del proceso.

Desde esta columna quiero hablar de Alan García como lo que terminó siendo: el último de su especie.

Ámelo o ódielo, querido lector, Alan García fue el último gran político que tuvo el Perú. Para bien o para mal, no existe otra persona que encarne de mejor manera la ambición y la constante búsqueda del poder que el ex presidente. Y lo decimos sin emitir juicio de valor pues, como él, muchos buscaron y buscan ser poderosos, solo él, claro, lo fue tantas veces y sin que la democracia pereciera en el intento (en su primer gobierno la que pereció fue, más bien, la economía).

Esto fue tan flagrantemente así que su muerte fue un último gesto político. Dejó atónitos a sus rivales y tristes a sus aliados y, sobre todo, se puso a sí mismo en el centro de una discusión que, querámoslo o no, puede llevar a que se cambie mucho la forma en la que se está conduciendo la investigación del caso Lava Jato.

Brillante orador, líder carismático, hijo de los vítores de las masas y socio de la vieja política, Alan García se ha tatuado en la historia como un ser que difícilmente volveremos a encontrar en el Perú. Y la lástima se hace mayor cuando se comprueba que aquello que lo hizo lo que fue caducó antes de que partiera. En el 2016, García pierde porque su fórmula para ganar la presidencia fue muy añeja para los paladares jóvenes que, justamente, prefieren a los “nuevos políticos”, esas tímidas versiones de los de antaño que prefieren el pragmatismo comunicacional sobre la pompa y circunstancia de un discurso épico. La emoción cruda y dura sustituida por la estrategia cocinada por los community managers…

No se preocupe, señor lector, si ha sentido tristeza por la muerte de Alan García, a pesar de que quizá usted no simpatizaba con él. Es natural. El ex jefe de Estado ha estado por muchos años en la discusión política nacional y su partida se siente como el adiós a un viejo conocido. La política no será la misma sin él y su partido, que se acostumbró a tenerlo como el eje de su existencia, tampoco.

 

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