NETFLIX vs Georgia, por Mario Arroyo

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El aborto abruma. Aparece por todos lados, hasta en la sopa. Es la agenda política por excelencia, la que decanta a una sociedad a la espiral del capricho y la prepotencia, o la que mantiene, como algo intangible y en cierta forma sagrado, el valor de la vida. Dice el refrán, “cuando ves las barbas del vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. En Argentina, una vez más, se propuso la ley del aborto libre; los abortistas son inasequibles al desaliento. Los Estados Unidos están divididos, casi podríamos decir, geográficamente: mientras los extremos como Nueva York, Massachusetts o California extienden la cultura de la muerte, el centro del país se manifiesta a favor de la vida.

Lo interesante es la batalla retórica detrás del debate. Todos tienen razones, argumentos, motivos para justificar su postura. Se esgrimen con singular maestría, manejando hábilmente los resortes emotivos de la gente, así como el arsenal de lo “políticamente correcto”. Un ejemplo interesante de esta batalla emotiva y terminológica lo presenta el estado de Georgia, donde se ha firmado una ley que prohíbe el aborto una vez detectado el latido del corazón en el feto. NETFLIX, el gigante el entretenimiento mundial, ha señalado que de entrar en vigor esa ley, dejará de invertir en el estado. No es banal la amenaza, pues después de California y Nueva York, es el estado de la unión americana con más inversión en cine y televisión, esta industria genera alrededor de dos mil setecientos millones de dólares y noventa y dos mil empleos.

¿Qué tiene que ver NETFLIX con el aborto? ¿Las leyes deben satisfacer los deseos de las productoras de cine y series de televisión? ¿Las leyes, para ser legítimas, deben ser aprobadas por la industria cinematográfica? Son muchos los cuestionamientos que surgen de este enfrentamiento y, a decir verdad, dependen en gran medida del prisma desde el que se aborde la cuestión. Además, de hecho, tenemos un mano a mano entre aquellos que ostentan el poder. Poder político vs poder mediático, ¿quién podrá más? ¿El político, elegido democráticamente en el Estado, o el mediático, que difunde globalmente sus ideas? ¿Quién pesa más, la empresa o el gobierno?, ¿quién gobierna entonces realmente?

Ahora bien, NETFLIX tiene sus razones, y parecen justas: “Tenemos muchas mujeres trabajando en producciones en Georgia, cuyos derechos, junto con el de otros millones, estarán severamente restringidos por esta ley”. Es decir, parte del hecho, como si fuera algo obvio, de que el aborto es un derecho humano y el restringirlo viola los derechos de la mujer. NETFLIX enarbola entonces la causa de la mujer. ¿Y qué es lo que dice esa ley, calificada exageradamente de “draconiana” por sus detractores? Que se prohíbe el aborto una vez detectado el latido del feto. Algo tan evidente como obvio, de forma que es pasado por alto con demasiada superficialidad: los seres humanos tenemos un corazón, el latir del corazón es señal de vida, si dentro de una mujer late otro corazón, en realidad no se trata de la mujer, se trata de otra vida, pues las mujeres no tienen dos corazones. Además, el feto puede ser femenino, es decir, mujer. Simple, elemental, obvio.

La maniobra, según se mire, puede ser un caso de “resistencia civil” donde la sociedad se defiende, a través de instituciones, de la prepotencia del poder político. NETFLIX sería entonces una benemérita institución intermedia, con responsabilidad social, que renuncia a pingues beneficios fiscales por defender a la mujer. Cabe, sin embargo, otra perspectiva: NETFLIX como punta de lanza y Hollywood detrás manipulan a las instituciones establecidas, a las autoridades legítimamente elegidas, en definitiva, al pueblo y sus valores, presionándolos económicamente para que los abandonen.

Personalmente, pienso que caemos en el segundo supuesto. No nos encontramos frente a la prepotencia de lo político, sino al revés, con la prepotencia de Hollywood que quiere imponernos su visión del mundo. Ya lo hacen a través del monopolio de la pantalla, pero si eso no basta, están dispuestos a hacerlo con boicots económicos. Finalmente, el aborto, nos guste o no, termina por ser una cuestión económica. De hecho, eso es lo que tenemos ahora en Georgia, una presión para comprar sus principios, sus valores, sus convicciones. Nos queda ver si resisten la presión. Muchos podemos ser “pro vida”, pero no todos están dispuestos a pagar un precio por ello. Esperemos que Georgia, y con ella todos los que blindan la vida, aguanten la presión, y no sometan la dignidad humana a criterios económicos o utilitaristas. Sólo así, aceptando el sacrificio que sea preciso, frenaremos la prepotencia del dinero defendiendo el valor intangible de la vida.

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