No nos hagamos los suecos, por Angello Alcázar

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La insólita noticia de que este año no habrá Premio Nobel de Literatura a raíz de un escándalo sexual le ha dado un fuerte revolcón al mundo de las letras. Pasan los días y a los eminentes académicos suecos les resulta cada vez más difícil limpiar sus ya tan mancillados nombres. Sin embargo, si bien es legítimo y necesario poner primero al arte, también es fundamental atender a los escabrosos hechos cuyo eco ha sobrepasado los muros del Börshuset, y suscitado la inmisericorde vorágine de mentiras, truncadas apuestas y vejaciones que sólo hoy, cuando la decisión se nos revela como inapelable, podemos analizar con una distancia crítica.

A estas alturas, el “¿qué pasó?” podría parecer redundante; pero creo que es preciso volver a poner todas las fichas sobre el tablero. Sucede que el pasado noviembre tuvo lugar una serie de corrosivas acusaciones de acoso y violación sexual contra el connotado fotógrafo y dramaturgo francés Jean-Claude Arnault que causó gran revuelo en la escena cultural de Estocolmo. El hecho de que éste fuera esposo de Katarina Frostenson (uno de los 18 miembros de la Academia que tenían la responsabilidad de estudiar a fondo las obras de los candidatos y conceder el Nobel) sirvió de asidero para el desprestigio de la renombrada institución.

La posterior investigación arrojó luces sobre abusos de conocimiento general que ocurrieron entre 1997 y el 2007 en sedes de la Academia, así como ingentes sumas de dinero presuntamente destinadas a las empresas de Arnault con la ayuda de Frostenson. Todo esto sumado a la filtración que hizo el desdichado ícono francés de la información de ciertos ganadores del premio, entre los que figuran la austríaca Elfriede Jelinek (2004) y el francés Patrick Modiano (2014).

En comparsa con la absurda inflexibilidad de los estatutos de la Academia Sueca –un claro ejemplo de esto es el carácter vitalicio de sus nombramientos—, el creciente atolladero mediático ha contribuido sustancialmente al presente clima de inestabilidad institucional. Así pues, dado que han renunciado ocho de los 18 miembros (incluyendo a Sara Danius, la secretaria permanente de la Academia que en los últimos años tuvo la tarea de dar a conocer al ganador) es imposible que la institución se recomponga y exorcice sus males a tiempo para otorgar el premio más importante de las letras este año.

Ahora bien, es importante señalar que, desde su fundación en 1786, la Academia Sueca se ha visto envuelta en más de una crisis. De hecho, al aceptar la misión que propuso Alfred Nobel de recompensar a los grandes creadores de ficciones del mundo en 1896, las bases de la institución eran tan endebles que la tarea tuvo que ser pospuesta hasta 1901. Algunas décadas después, las catástrofes de la Segunda Guerra Mundial llegaron a obnubilar por completo al jurado de intelectuales escandinavos, pese a que Suecia tenía un papel neutral en el conflicto.

Por otro lado, como sostiene el reconocido crítico e historiador literario Christopher Domínguez Michael (México, 1962), llama la atención la manera en que una tradición literaria como la sueca –la cual, si hacemos las sumas y las restas, nunca ha llegado a tener la influencia de sus congéneres europeos— se ha dedicado a compensar su relativa falta de notoriedad reconociendo la obra de escritores forasteros. Quizás de manera inevitable, en el tan subjetivo proceso que supone escoger a los merecedores del máximo galardón literario, suelen infiltrarse aspectos de índole ajena a lo estrictamente artístico. Solo así se entiende que Borges no recibiera el Nobel por los pareces políticos que lo llevaron a congraciarse con el régimen de Pinochet en el Chile de los años setenta, o que se le negara el premio a Tolstói para dárselo a un poeta francés que hoy nadie lee ni recuerda.

Hay quienes tildan a la medida tomada de draconiana y sostienen que constituye una flagrante represalia cuyas verdaderas víctimas son los lectores, quienes tendrán que esperar hasta el próximo año para festejar a un nuevo nobel. Lo cierto es que, más allá del disgusto y el sabor amargo que nos deja la decisión, no podemos pasar por alto el trasfondo de violencia contra la mujer que está en entredicho con los valores de una sociedad tan igualitaria como la sueca y de las democracias liberales, en general. Así que no nos hagamos los suecos y, en lugar de contentarnos con los habituales chivos expiatorios con los que acaban estas historias, sigamos marchando y denunciando a voz en cuello aquellas primitivas y vituperables conductas.

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