Ocaso y nacimiento de una élite, por José Andrés Tello

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Los hombres socialmente se organizan entre aquellos que dirigen, que son la denominada elite, y aquellos que siguen a los primeros. Esta posición dirigencial cambia periódica, inevitable y naturalmente dentro de un proceso denominado de circulación elites.

Vilfredo Pareto, consideraba que la elite política cambia a razón de la indistinta concurrencia de tres factores. El primer factor es el reclutamiento social de nuevos miembros procedentes de los estratos inferiores; un segundo factor, es el proceso de incorporación de nuevos grupos sociales; o, finalmente, un tercer factor es la sustitución completa de la elite por una contra -elite de manera abrupta (Pareto, 1935).

En el Perú, se estarían produciendo un cambio de elite política por la concurrencia simultanea de los tres factores antes referido. Partamos porque tenemos, que en algunos partidos y movimientos políticos se han estado reclutando periódicamente nuevos miembros, sin embargo, dicho reclutamiento principalmente se genera entorno a proyectos electorales, más no institucionales. Esto podemos evidenciarlo, por ejemplo, con el éxito electoral obtenido por Fuerza Popular durante las congresales en las Elecciones Generales 2016. Dicho partido colocó 73 de un total de 130 congresistas que tiene el Parlamento Peruano; empero sólo 11 de 73 eran afiliados a esta organización política.

Estamos pues, ante lo que fue una exitosa apuesta electoral, pero, a su vez, ante lo que hoy en día se presenta como una bancada parlamentaria débil en institucionalidad, carente de lazos ideológicos e incluso programáticos que la cohesione y, además, notoriamente direccionada por intereses personales o de subgrupos existentes dentro de la organización.

En consonancia con lo antes dicho, en algunos partidos y movimientos políticos a raíz de las pasadas Elecciones Regionales y Municipales, también se han incorporado nuevos actores políticos, quienes, sin duda, ayudan a refrescar sus rostros ante la sociedad. Toca pues, ahora, estar atentos a la evolución de estos actores durante sus gestiones gubernamentales.

Por otro lado, actualmente también se ha producido la incorporación de nuevos grupos sociales debidamente organizados a la élite política nacional. Nos referimos, por ejemplo, a la pública incorporación de representantes políticos, parlamentarios de la denominada Comunidad LGBTI, quienes ya han empezado a dar batalla política a favor de los intereses que democráticamente representan.

Debemos considerar, que los dos factores antes mencionados vienen concurriendo de una manera progresiva en el país. No obstante, el tercer factor concurrente en el cambio de una élite política es violento, intenso y cortoplacista.

Se está produciendo un proceso de sustitución abrupta de nuestra élite política. No solo debemos quedarnos con el accionar normal de los fiscales y jueces a cargo de estas investigaciones delictivas que afectan a un abanico de emblemáticos representantes de nuestra élite política actual. Recientemente, por ejemplo, el Presidente literalmente petardeo la cuarta propuesta de reforma constitucional orientada al retorno de la bicameralidad, aduciendo, que el Parlamento había cambiado el texto original propuesto por el Poder Ejecutivo.

El móvil del Primer Mandatario, obviamente es evitar un mecanismo que permita la reelección de actuales parlamentarios, ya no como diputados sino como senadores.

Hoy afrontamos una crisis orgánica en la sociedad, la cual ha ocasionado que nuevos actores políticos de relevancia nacional afincados en el Poder Ejecutivo, ya no quieran interactuar en espacios de poder con representantes de una clase política que consideran decadente. Sacarlos de juego democráticamente es un ventajoso resultado ad portas del bicentenario.

Finalmente, más allá de investigaciones fiscales, decisiones judiciales cuestionadas o no, bravuconadas o, contrario sensu, mensajes de paz intermitentes entre los poderes estatales; nosotros estamos siendo testigos de un proceso mayor, que es periódico, natural e inevitable en cualquier sociedad del mundo.

Nos encontramos pues, felizmente, ante un cambio en la conformación de nuestra elite política, que se viene gestando en democracia y no al son de las armas como en un pasado no muy lejano.

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