Ojos de niños creando ciudades inclusivas, por Verushka Villavicencio

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Frente al espectáculo de la corrupción de Odebrecht y la extensión de sus tentáculos hacia los políticos y empresarios, no queda más que preguntarse,  ¿qué mundo heredamos los adultos a las nuevas generaciones?

Si otro mundo fuera posible, ¿qué sucedería si el poder lo tuvieran los niños y niñas? Si una niña o un niño fuera presidente del país, alcalde, defensor del pueblo, fiscal de la nación, congresista, premier o empresario. Ciertamente la respuesta para todos es única: los niveles de corrupción descenderían y el diálogo sería transparente. Y contra la opinión de algunos que pudieran pensar que es una fantasía -porque no podríamos dar semejante responsabilidad a los niños-, decimos que existe un proyecto denominado “La Ciudad de los Niños» que construye ciudadanía con ellos compartiendo el poder.

Resulta que en 1991 nació “La Ciudad de los Niños» en Fano (Italia) con una motivación política: crear una ciudad en la cual los niños sean ciudadanos autónomos y participativos. Significa que los adultos ceden su poder, escuchando la voz de los niños que opinan buscando el bien común para mejorar la ciudad. Ellos ejercen su ciudadanía con los adultos dando ideas sobre cómo deberían ser las calles, los parques, las bancas, el trato entre las personas, etc. El movimiento creció entendiendo que si la ciudad brinda al niño oportunidades para ser ciudadano, entonces es un espacio seguro, participativo, justo para todas las personas, en especial para las más vulnerables. Entonces, la mirada del niño es el parámetro desde el cual, los decisores replantean lo esencial que ofrece la ciudad a cada ser humano. No hay espacio para la discriminación, ni tiempo para rencores, sino más bien, tiempo para jugar, explorar, aprender, compartir y decir la verdad.

Pero brindar la oportunidad de una ciudad diferente, no es una dádiva sino una responsabilidad del decisor político que le conduce a un aprendizaje superior: reconocer al niño o niña que valora la diferencia que integra a todos y respeta el bien de común. Significa que para entender a los niños, el decisor político debe descubrirse niño y reencontrarse con su historia personal. Una historia acuñada en su infancia que congrega a personas con discapacidad, adultos mayores, personas de baja estatura, madres gestantes, adolescentes, en un mundo donde existe una cultura que no excluye sino más bien que alberga. Ser niño entonces resultaría un valor que nos hace  mirar lo esencial creando una cultura de inclusión en la ciudad.

El creador de “La Ciudad de los Niños” es Francesco Tonucci, educador, investigador y dibujante italiano que encontró en el cuestionamiento de las reglas de la escuela un nuevo enfoque que redefine el concepto de la infancia, creando un paradigma: cómo hacer que los niños y niñas disfruten la ciudad ejerciendo sus derechos. Uno de ellos es el “derecho al juego”, por ejemplo. Para muchos de nosotros ver a los niños jugando en las calles es peligroso e inapropiado porque interrumpe el tránsito. Pero el niño tiene derecho a usar la ciudad para jugar, significa: inventar, crear, explorar y no sólo utilizar juegos recreativos en parques públicos. El niño requiere todo el espacio así como lo usamos los adultos, asumiendo el riesgo a caerse, golpearse, ensuciarse, sólo así aprenderá a cuidarse. De lo contrario, en la adolescencia, apenas tenga la llave para la trasgresión la tomará para el alcohol, la droga, etc. El niño necesita experimentar para aprender. Tonucci nos visitó y departió su conocimiento en la Universidad Católica del Perú imaginado con nosotros cómo sería Lima con los niños y niñas diseñando su ciudad.

Ahora imaginemos a un grupo de niños y niñas asesorando a los congresistas para la implementación de leyes justas para los ciudadanos. Definitivamente se reducirían las descortesías y faltas de respeto en las intervenciones siendo probable que todas las medidas, siendo más simples, serían más efectivas. Un ejemplo es que cada congresista se sirva su almuerzo y no espere que se lo traigan al despacho. Ejercicio de la autonomía.

Negar la posibilidad de una ciudad distinta es evitar la posibilidad del cambio en la vida. Es pensar que no hay salida a la corrupción que crece día a día. Este momento ofrece al país y a los políticos la posibilidad de replantearlo todo. Reto que han asumido gobiernos locales de Chile, Argentina, Colombia, Uruguay, México, Paraguay y Perú con “La Ciudad de los Niños” en Miraflores, como una vía a un mundo donde se valore la diferencia y la capacidad de mantener la ternura y la alegría de la infancia operando en servicios para la ciudad. Pero también se trata de mirar al niño como un sujeto de derechos que crea junto con el adulto, una cultura que integra a todos con una mirada universal que apunta a nuestra esencia como seres humanos. Enfrentar la corrupción es posible si asumimos el reto de cambiar la mirada enfocándonos en el bienestar de todos, con ojos de niño.

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