Padres inclusivos, por Verushka Villavicencio

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La palabra “inclusión” se puso de moda. Pero lo si pensamos que todas las personas somos iguales en derechos y deberes, pero diferentes por nuestra personalidad y convicciones, podremos entender que “ser inclusivo”, es un gran ejercicio de tolerancia y aceptación del otro.

A vísperas del Día del Padre, ¿algún padre aprendió a serlo en algún instituto público o privado donde le enseñen paciencia y tolerancia? El Estado no tiene programas para enseñar a los padres a ser padres de sus hijos. Los hombres aprenden a ser padres en la cancha. Y por eso mismo, muchos delegan la responsabilidad de la educación de sus hijos en la escuela o en el accionar de la madre.

Y es que ser padre implica cuestionarse todo el tiempo sobre lo que somos. Algunos padres no lo resisten y minimizan su tiempo con los hijos o lo reemplazan por actividades deportivas, para pensar menos y actuar más; porque responder a las preguntas de los hijos, pasa por brindar respuestas sobre temas centrales en la vida: la honestidad, la muerte, la envidia, la sexualidad, etc. Ser padre implica ser tolerante para poder enseñar tolerancia. Y es una constante revisión en nuestro interior. Ser padre demanda una reflexión constante.

Según Rob Riemen, presidente de Nexus Instituut,  considerado como el gurú en temas vinculados a la ciudadanía global, en su libro “Nobleza de espíritu”, enfatiza que la humanidad necesita recuperar los valores universales como baluarte para el desarrollo de personas que busquen no criticar al otro, sino cambiarse a sí mismas. Para el autor, la verdadera nobleza radica en efectuar un ejercicio constante que lleve a cada ser humano a expresar sus valores en acciones cotidianas que reflejen el respeto y la concordia hacia el prójimo. La carencia de la puesta en práctica de estos valores universales explicaría el crecimiento de ideologías de odio, xenofobia y terror, en todo el mundo.

Pero, ¿quién transmite las ideologías? Las personas. Entonces, nuestras sociedades avanzan o retroceden en la medida que padres y madres se comprometen en la formación de ciudadanos que trasmiten tolerancia o impaciencia. Para Riemen, sólo la práctica de valores universales nos haría realmente hombres libres. Libres porque no sucumbimos a las acciones que atentan contra los derechos  de nuestros prójimos. Para él, la verdadera libertad es la conquista de uno mismo.

Entonces, ser padre es enseñar al hijo que conquistándose a sí mismo, se puede conquistar el mundo. Pero no para acumular más riqueza, sino para acumular humanidad en cada acto cimentado en el bien.

Si nos aventuramos a definir qué es ser un “padre inclusivo”, diríamos que es encontrar -dialogando con el hijo-, las respuestas a las preguntas que muchas veces no nos hemos realizado para poder seguir viviendo. Esas respuestas retadoras nos obligan a replantear nuestra vida y a enseñar con el ejemplo, valores para la vida. Ser un padre inclusivo sería “ser antes” para “actuar después”.

Vale la pena pensar cuánto dinero ahorraría el Estado si invierte en el corto plazo en promover conductas saludables en los padres para que eduquen a sus hijos con valores. Si pensamos que los hijos de hoy serán los adultos de mañana que podrían padecer enfermedades de salud mental o ser parte de una cadena de corrupción con episodios similares a los de Odebrecht con todos las implicancias éticas y el daño a la economía del país que podamos imaginar, entonces buscaremos los canales adecuados para educar con amor a los hijos.

Ser un “padre inclusivo” es ver el Mundial de Rusia 2018 con los hijos pensando que el juego limpio en la cancha también debe enseñarse como un juego limpio para la vida. ¡Feliz Día para todos los padres inclusivos del Perú y el mundo!

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