Que el jefe de estado nombre a los jueces, por Federico Prieto

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Si es tan difícil nombrar magistrados y fiscales honrados, pongámonos en el más exagerado de los casos: que los nombre el presidente de la República, en compañía del presidente del Congreso, el presidente del poder judicial y el presidente del Tribunal Constitucional, teniendo como secretario al presidente del Consejo de Ministros, con voz sin voto. Sería un Consejo de Estado o Consejo de presidentes supremos.

Las fórmulas encarpetadas en el parlamento son remembranzas corporativistas de los años treinta del siglo pasado, de las que tenemos recurrentes reapariciones, sin frutos que valgan la pena. No sabemos qué dirá el Poder Judicial al respeto ni tampoco el equipo al servicio del presidente de la República, con el tope apresurado del 28 de julio próximo. Lo que está claro es que el presidente Martín Vizcarra quiere combatir la corrupción en la vida pública.

La policía quiso reducir hace unos años las propinas para cervezas que los choferes dan a los policías para evitar las multas apelando a la policía femenina, porque se supone que las mujeres tienen más sentido moral y religioso que los varones, por causas antropológicas desconocidas pero quizás con pruebas pragmáticas de la vida diaria. Algo se consiguió pero no tanto.

Es curioso que nada menos que Adam Smith, que decía que el egoísmo es el motor del capitalismo y la caridad el peor de los males para el desarrollo libre de la economía, fuera simultáneamente quien pensara que sin sólidos valores morales, inseparablemente unidos a la religión, el liberalismo no funciona y la corrupción campea, según nos ha recordado Mario Vargas Llosa en “La llamada de la tribu”.

No es extraño tampoco que Francis Fujuyama, en su libro más famoso, “El fin de la historia y el último hombre”, dijera que la democracia depende de la moral, en el sentido de que los elegidos por sufragio universal pueden trabajar por la prosperidad de los pueblos o provocar una guerra mundial para destruirlos (Hitler), según los valores éticos que orienten sus decisiones.

Lo que me lleva a recordar que los pueblos primitivos respetaban la ley natural y el orden instituido por  miedo a ser castigados con la pena capital por las autoridades entonces normalmente absolutistas; o por temor de Dios, que castiga en la otra vida, y no digamos por amor de Dios, como decía la santa de Ávila: No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte. / Tú me mueves, Señor.

No en vano san Juan Pablo II afirmó que la caridad es el alma de la justicia.

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