Reforma (empática) del sistema de justicia, por Eduardo Herrera

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Una mujer se acerca a una secretaría judicial para ver el avance de su caso. Luego de esperar a que otros litigantes hagan lo propio, le toca el turno de preguntar. Reverentemente, inclina el cuerpo y casi anticipando la respuesta, escucha que debe regresar la próxima semana porque el Señor Juez no ha emitido pronunciamiento alguno. Van cinco meses desde que el Juez debería pronunciarse. A la mujer no le conviene reclamar de ninguna de las formas, menos cuestionar, ella no sabe nada de leyes, aunque lleva un código en el brazo porque ya está empezando a instruirse; el dinero se le acabó y tampoco le alcanza para el abogado. Tendrá que resignarse porque sus hijos no comerán ese día. El desgraciado se salió con la suya otra vez.

Esta escena fue extraída de mi imaginación, pero sucede todos los días. En distintas dimensiones, con distintos personajes. Pese a ello la reforma del sistema de justicia sigue en “stand by”. En el caso concreto, es muy probable que la mujer tenga que buscar una “inversión” para “acelerar” su caso de alimentos ¿alguien podría cuestionar éticamente la decisión?

Las personas en nuestro país no salen a marchar por un mejor sistema de justicia. Salen a marchar por su caso en concreto o por algún tipo de interés muy específico. La típica es plantarse ante Palacio de Justicia, tal vez lavar algunas banderitas y gritar “queremos justicia”. Adentro nadie se da por enterado.

Si te encuentras metido en un lío judicial (Dios te libre), el objetivo será salir lo más rápido y de la mejor manera posible. A nadie la preocupa el que viene atrás. Es en ese momento en donde sabes que la justicia juega un rol importante en nuestras vidas, incluso hasta te cuestionas por qué el sistema no funciona mejor. En el camino, muchos actores (abogados, por ejemplo), callan convenientemente y aprovechan la oportunidad para sacar provecho.

Es por eso que la justicia no cambia, porque simplemente a nadie le importa. Al mismo sistema no le interesa reformarse porque, so pretexto de aquella hipócrita autonomía, hacen cómplice espíritu de cuerpo cada vez que alguien se atreve a manchar la gloriosa institución que defienden. Los que tienen que hacerse cargo del problema viven en un juego de poderes absurdo en el que el temor a pisar el callo del otro nos lleva a un equilibrio pasmoso, a un punto muerto. Los gobiernos, todos, se han empeñado en formar una comisión transitoria con notables y no hay ninguna ejecución, ningún avance. Habrá que seguir esperando y no una semana más.