Rusia: más allá del Mundial, por Angello Alcázar

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Ahora que nos encontramos a escasos meses de ver a nuestra flamante selección jugar en el Mundial Rusia 2018—lo cual nos llena de orgullo y en cierta forma justifica las ilusiones que por más de tres décadas nos tuvieron en vilo—, vale la pena indagar un poco en la realidad del país anfitrión. Y no: no me refiero a las muñecas matrioshkas, al estadio moscovita Luzhnikí, al suculento borsch, ni mucho menos a los bellos rostros de las mujeres rusas. En realidad, no hay que discurrir mucho para dar con un terrible fenómeno que no solamente tiene profundas raíces en el acontecer del gigante eslavo, sino que, a la vez, tiene un correlato muy similar en el Perú, que actualmente ocupa el octavo puesto en feminicidios en América Latina. En el 2012, un reporte del Ministerio del Interior y el Concejo presidencial del desarrollo de la sociedad civil y los derechos humanos, reveló que entre 12.000 y 14.000 mujeres rusas son asesinadas por sus parejas o familiares varones.

Además de ser la nación con el territorio más extenso del mundo, Rusia tiene una historia riquísima. Desde el asentamiento de las tribus eslavas en la Europa de los siglos III y VIII, logró abrirse paso una gran civilización que dio lugar a las eras zarista y soviética, y que luego testimonió las sangrientas purgas estalinistas, así como la profunda reforma que supuso la Perestroika, bajo el liderazgo de Gorbachov. Por otro lado, Rusia es la tierra que vio nacer a artistas de la talla de Chaikovski, Stravinski, Serguéi Eisenstein, Chéjov, Dostoyevski y Tolstói. Desafortunadamente, al lado de este notable legado histórico y cultural, hay una muy arraigada tradición de machismo y violencia de género que se ha logrado normalizar con el paso del tiempo; pero fundamentalmente debido a los rígidos preceptos sociales y doctrinas religiosas que dictaminan y constriñen las relaciones entre hombres y mujeres.

En Rusia, el ultra-conservadurismo siempre ha llevado la delantera en el campo político. De hecho, hay quienes califican al grueso de la sociedad rusa como orgullosa del machismo endémico y la jerarquía patriarcal que caracteriza a los países más atrasados. Lo que resulta aún más desconsolador (y al mismo tiempo, lógico) es que actualmente el país no cuenta con una legislación que encare el sinfín de casos de abuso contra la mujer. Todo lo contrario: la policía se muestra indiferente ante las llamadas de mujeres que, entre palizas y torturas, piden auxilio.  En vista de un sistema que a todas luces no vela por su integridad física y psicológica, lo cierto es que, como sostiene Marí Davtián (una de las mentes detrás de un proyecto de ley que busca prevenir este tipo de violencia, y que ha sido categóricamente rechazado por el Parlamento), el 90% de las mujeres que alguna vez han denunciado actos de agresión prefiere no recurrir a los tribunales, justamente porque saben que no serán escuchadas.

A inicios del año pasado, el presidente Vladímir Putin promulgó una ley que descriminaliza la violencia machista en los hogares rusos, y cuyo único castigo para los perpetradores es una multa menor a 500 euros. Según el permanente residente del Kremlin, la intervención de la justicia en la vida doméstica de los rusos constituye una “descarada injerencia en la familia”. Asimismo, Elena Mizulina, la parlamentaria ultraconservadora que, además de esta ley, ha orquestado la llamada “ley de la propaganda gay”, se vale de un proverbio ruso que nos debe sonar muy familiar: “Si te pega, te quiere”.

En este preciso momento, mientras muchos de nosotros recolectamos como caníbales las figuritas del álbum Panini, miles de mujeres rusas y peruanas son sometidas a toda clase de abusos. A la mayoría de ellas desde pequeñas se les ha metido en la cabeza que son vulnerables, delicadas, dependientes, y que su lugar está en la casa, complaciendo a sus maridos y criando a sus hijos sin manifestar la menor oposición. Si hay algo en lo que se parecen las mujeres a las muñecas matrioshkas (por supuesto que no me refiero a la fragilidad) es el hecho de que guardan dentro de ellas todo el potencial que necesitan para ser y hacer lo que se propongan. Pero para que ello se materialice tenemos la responsabilidad de empoderarlas, así como de erradicar los anacrónicos y retrógrados pensamientos y actitudes machistas que están visceralmente implantados en nuestras sociedades.

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