Sin María ni Gloria, por Carlos Rosas

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Eran aproximadamente las cinco de la de la mañana y una mujer con cabello corto, ojos negros y casaca del mismo color recorría el tramo que partía desde Barranco hacia el Rímac o viceversa del Corredor Azul. Era un sábado 26 de julio del 2014 y la reforma del transporte, luego de tres largos años en los que se ejecutaron candados legales para ponerla en marcha, daba sus primeros pasos. Ella, aún con un cáncer de mama en tratamiento y luego de tres operaciones, acudió ese día a pesar de que la última intervención había sido reciente. Sabía que su vida no podía girar en torno a su enfermedad y su cargo de gerenta de Transporte Urbano en la Municipalidad de Lima lo supo llevar con coraje y disciplina.

Ese año Lima se quedaba con el corredor de las avenidas Arequipa, Garcilaso de la Vega y Tacna (que iniciaba en Surco y culminaba en el Rímac, lo cual continúa hasta ahora), y con el de la avenida Javier Prado que iba desde La Molina hasta San Miguel. Había superado más de diez paros de transportistas exitosamente y su enfermedad no la iba a hacer caer. Dejaba también a la ciudad la Asociación de Víctimas de Accidentes de Tránsito y la decisión política de no permitir más a Orión en las pistas, sobre todo, después de muertes impunes como la del periodista Ivo Dutra. A María la conocí mucho después, el 2016 en la PUCP cuando la invité personalmente a un conversatorio sobre la movilidad en Lima. Un joven estudiante la siguió desde la Sala de Conferencias de Letras hasta casi cuando llegó a su auto con una pregunta tras otra. Había dejado a los alumnos con expectativa.

Sucedió el 2007, no recuerdo exactamente en qué mes, pero fue en Trujillo. Tenía once años e iba cada semana al canal que alquilaba parte del edificio de mi tío solamente para ver el noticiero local en vivo. Ese día llegó, me dio un beso y antes que la hagan pasar al set, estuvimos conversando un buen rato sobre algún tema que mi memoria ha borrado por completo. Meses más tarde por mi mamá me enteraría que ella era del partido del alcalde de turno en esa época y el 2014, ya viviendo en Lima, leí en el periódico que ingresaba a ser alcaldesa interina de mi ciudad mientras el líder de su partido se lanzaba a la presidencia. El 2017 nos volvimos a encontrar cuando ya electa congresista de la República estuvo en un asentamiento humano de Trujillo, al cual fui por Susel Paredes sin esperar encontrarla. Nos reconocimos y la felicité. La Gloria Montenegro de hace diez años atrás había cambiado tanto como yo.

Hoy ambas son ministras de Estado: la primera de Transportes y Comunicaciones, y la segunda, de la Mujer y Poblaciones Vulnerables. Hace unas horas, luego de que el presidente Martín Vizcarra planteara la cuestión de confianza oficialmente, se me vinieron estos y otros recuerdos a la mente. Queda claro que lo más probable es que los parlamentarios sí le den la confianza al gabinete tal como lo hicieron con César Villanueva con tal de permanecer en sus cargos; sin embargo, de no ser así, gran pérdida la que el Perú tendría. No dudo que haya otras mujeres capaces, mas una con la camiseta de reformar el transporte público, y otra feminista y aliada de la comunidad LGTBI, difícilmente antes del bicentenario. No obstante, si lo que merece el Perú es un nuevo Legislativo, ni un paso atrás.

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