Tres testimonios sobre el destino de Alan, por Federico Prieto Celi

785

Me he ocupado de la muerte del ex presidente Alan García Pérez en un artículo anterior (Tres muertes trágicas) pero me quedé con la inquietud de no haber dicho algo sobre el devenir eterno de los cristianos que se suicidan. Hubo en el siglo XX una vidente de almas del purgatorio. Se llamaba Agata María Simma. No es novela, es realidad. Nació el 5 de febrero de 1915 y murió 16 de marzo de 2004, en Austria. Era una católica piadosa.

Entrevistada por María Vallejo Nájera sobre lo que les sucede a las personas que se suicidan contestó que la habían visitado muchas. La vidente dijo a la periodista que “lo que les sucede depende totalmente del motivo por el cual lo hicieron” y que “hasta el momento sólo se ha perdido una”. [Algunos evangelios apócrifos se refieren a Judas Iscariote como san Judas Iscariote, a pesar de su suicidio, y de que Jesús dijo de él que mejor le hubiera sido no haber nacido. Inclusive hay un evangelio apócrifo de Judas Iscariote (Ver Aurelio de Santos Otero, Los evangelios apócrifos, p. 26). No consta en ningún texto que Judas Iscariote se haya condenado; pudo arrepentirse a última hora y ser perdonado por la misericordia de Dios].

Volviendo a María Simma, ella ha afirmado que, en la mayoría de los casos de suicidio, los más culpables son los que difamaron a esas almas, “los que se negaron a ayudarlas o las acorralaron, y de ese modo hicieron que perdieran la cabeza. En casos así, los más culpables son otras personas. Quienes se suicidan, sin embargo, lamentan lo que hicieron. A menudo es consecuencia de una enfermedad”. (Ver el libro-entrevista de María Vallejo Nájera Sáquennos de aquí”).

Jaime Bayly narra, en un artículo laudatorio para García en buena parte, que Andrés Townsend le dijo que Alan era un enfermo mental, que había sido internado varias veces en una clínica para hacerle curas de sueño, y que era tratado con sedantes. Añade que “su paso por el poder puso en evidencia que no era del todo estable”; y que era bipolar (como el mismo Jaime, según confiesa. Ver El suicidio de Mozart, La Tercera de Santiago de Chile, 22.04.19, p. 23). Podemos atenernos a este testimonio de primera mano para poner a Alan en la categoría de los que no son los más culpables de su suicidio sino que es un acto consecuencia de una enfermedad.

Mario Vargas Llosa lo ha dicho de otra manera: “El pistoletazo con el que Alan García se voló los sesos pudiera querer decir que se sentía injustamente asediado por la justicia, pero, también, que quería que aquel estruendo y la sangre derramada corrigieran un pasado que lo atormentaba y que volvía para tomarle cuentas” (Alan García, Piedra de Toque, El País, Madrid, 21.04.19). Si la de Mario es una visión política y la de Jaime una visión de su salud mental, la de María Simma es una visión consoladora y trascendente. Los tres testimonios tienen mucho que ver con el destino eterno de Alan, confiando en la misericordia divina.

Ojalá los peruanos aprendamos a no odiarnos entre nosotros, a no atacarnos con rencor, a no poder a nuestros compatriotas contra la pared ni a condenarlos al ostracismo. Tenemos que convivir pacífica y respetuosamente. Debemos tomarnos en serio nuestro itinerario terreno. Yo discrepé algunas veces del político Alan García, pero siempre nos tratamos personalmente con simpatía y amabilidad, gracias a Dios.

Lucidez no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.