Un mundo de Ritalin: cuando las cárceles se vuelven aulas; por Vincenzo Ferreccio

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Soy inmigrante de cuatro colegios, del primero me desertaron, y la sarna paradójicamente no me picó. He pasado por cuatro colegios, formalmente hablando han sido tres; porque uno dejó de existir hace dos años. Ser inmigrante de colegios ha sido un ejercicio arduo, que te deviene en una mezcolanza de uniformes y colores diferentes, siempre, en cada mañana se comienza entonando el himno del Perú, después se tararea sin mucho esfuerzo el del colegio, la bandera flamea sobre las somnolencias de niños que han sido arrebatados de sus camas a las siete de la mañana y el latir de las manecillas en los relojes comienzan a ser más evidentes.

Aquel patrón de vida en las aulas es constante, lo sé porque de mis infortunios tuve una generosa cantidad de cancha. He visto como las faldas han querido ser desmembradas por sus devotas y como la libertad de vestimenta han mercantilizado los prejuicios de un colegio entero. No tengo en realidad de dónde agarrar carne ahora para quejarme, mi poto se ha tonificado más en los divanes clínicos del colegio que en cualquier otro taburete de las aulas. Carezco de tanta identidad escolar que me esfuerzo más; hoy en día, en nombrar y contar con los dedos de una mano; si es que no me sobra un meñique o un pulgar, a todos aquellos profesores que desgraciadamente cayeron bajo mi tutela, y yo no bajo la suya. Perdónenme, si es que me encargué de reducirles las esperanzas de sus vidas o si acaso me esmeré en multiplicarles las canas de sus rostros ya fruncidos, perdóneme si mis retratos prodigiosamente esbozando a miembros viriles en sus pizarras no fue de su total agrado, pero mi fe devota hacia las rabietas de mi felicidad no me permitían darme el lujo querer aparentar el respeto hacia ustedes. La diferencia ahora es notoria: han creado a un monstruo, y aquello no es malo ni en apariencias. Agradézcanme después por la falta de pudor: el colegio Alexander von Humboldt dio inició a plantearme una pregunta que me encanta contestarla cada vez que puedo. ¿Los bichos raros son más fuertes que los que tratan de pisarlos?

En tercer grado de primaria, me diagnosticaron con “TDH”. En suposiciones el síntoma más notorio que yo lograba desvelar para los profesores era el hecho que tarareaba las canciones de “High School Musical” en vez de seguir la ilación fonológica de un texto en alemán. Los estándares de un alumno promedio en ese colegio tenían que ver a la Alemania con el entusiasmo de unos ojos de los cuales yo carecía totalmente. Alemania era el fin último de nuestros esfuerzos; aquel país reivindicado de la pos guerra; tan moderna y humanista, tenía que ser civilizado en algún momento por nosotros, sus alumnos: latinos en su mayoría con complejos de europeos. Desgraciadamente Alemania era un retrato que fallidamente se trataba de encarnar bajo los diagnósticos psicológicos del Humboldt.

La filia con la cual el colegio quería impartir el Ritalin (droga utilizada para el tratamiento del trastorno de déficit de atención) daba paso hacia una nueva caza de brujas, prendiendo en fuego a la inocencia de tantos niños; que, sus pasillos olían más hornos que a loncheras. Los efectos secundarios las pastillas eran escabrosos, totalmente fieles a erguir un carácter similar en todos sus consumidores; la realidad bajo esa pastilla era encarnar un convento a la fuerza, la vida se silenciaba, las cosas perdían las tonalidades alegres y el sol parecía ser siempre un crepúsculo melancólico. Las metáforas me sobran, es difícil poder explicar sus efectos en la sobriedad de mi escritorio, pero igual se intenta.

Paradójicamente, en lo que tarda de entenderse una patología tan falsa y un diagnostico negligente, el capricho por dejar aquellos medicamentos fue consentido por mi madre y el Humboldt vivió con la hipótesis de que mi libertad todavía estaba esposada en los químicos. En algún punto de esos años, la inercia del dicho “Lo que no te mata te hace más fuerte” llega retratar fidedignamente tu vida. Con el pasar de la primaria, mi conducta desagraviada por la farsa de la psiquiatría, comenzó a talar en mí, a un talento inminente para hacer que la vida de mis profesores valga menos un gramo y medio de pastilla.

Toda la primaria me dio una cátedra cuasi científica de la anatomía de un profesor de colegio promedio; sabía en qué parte de sus cuerpos tenías que presionar para ver la pus, para que las manos les tiemblen y para que fuercen sus conejos hasta dinamitar sus manos. Si querían enseñarme algo, tenían que aprender ellos primero que yo ya no era más un peón cualquiera, en el tablero jugábamos ahora a ser el alfil y las torres, e intercambiamos los papeles constantemente. El cuaderno de apuntes- dónde se denigraba el comportamiento de los alumnos- pasó a convertirse en una fábula donde yo era el protagonista.

Mi nombre era un eco constante que se ventilaba desde la dirección hacía el departamento de psicología, la crónica, bordeando ya los finales de segundo de secundaria, fue anunciándose con ligerezas, un constante acosamiento al teléfono de mi casa y una aula de secretaría compartida con mi madre firmando contratos con la directora de secundaria eran síntomas notorios e inminentes de una expulsión anunciada. El último día que estuve en el primer colegio de mi vida, entendí ya sentado en la recepción y con las maletas listas para partir, que si ese colegio me quería lejos, entonces mi infancia había sido aprovechada: Gracias por tanto, fascistas canosos.  Aufídersen ( peruanizado y con tilde, por mi anarquía)

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