Un peruano en sanfermines, por Alfredo Gildemeister

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Cada año cuando llegan los primeros días de julio, se me viene a la memoria la fiesta de San Fermín. Me refiero a los célebres “Sanfermines”, como se le suele llamar en la ciudad de Pamplona, capital de Navarra en España, y a su famoso encierro con toros. Hace unos años, al encontrarme haciendo mi doctorado en Derecho en la Universidad de Navarra, tuve la oportunidad de presenciar la célebre fiesta de San Fermín. Estaba recién casado, casi un chibolo y con todas las ilusiones del mundo, por lo que le dije a mi esposa para ver el primer encierro de los Sanfermines. Estos comenzaban a las ocho de la mañana y la gente se colocaba en las barreras desde las 6 de la mañana con el objeto de apreciar bien el encierro. La verdad que la experiencia fue un poco molesta puesto que a esas horas de la madrugada la mayoría de los asistentes están borrachos hasta el tuétano puesto que se han pasado toda la noche previa de marchas por cuantos bares existen en Pamplona. La mayoría de la gente son turistas mochileros venidos de los países nórdicos de Europa, que vienen a España comenzando el verano de camino a las playas del sur. De allí que el ambiente es bastante movido por el mar de gente con resaca que se amanece y luego va al encierro. Mi esposa y yo nos colocamos al pie de la barrera y metimos nuestras cabezas por entre las maderas y piernas de los que estaban sentados encima. Los toros y los corredores pasaron tan raudamente que prácticamente no vi nada. De allí que tomara la decisión volver otro día para ver el encierro bien cerca, esto es, participando yo mismo.

Fue así que sin decirle nada a mi esposa, quedé con un amigo peruano, también estudiante de doctorado, para meternos a correr un encierro. La fiesta dura del siete al catorce de julio. Cada mañana hay un encierro, por lo que podíamos escoger qué día asistir. Para estar debidamente inspirado, me compré la novela “Fiesta” de Hemingway, en donde el escritor narra su propia experiencia en los sanfermines. La noche anterior al encierro casi no pude dormir. Me levanté temprano y me vestí como todo un pamplonica, de sanfermines, esto es, con mi pantalón y camisa blanca, una faja roja alrededor de la cintura -que me hizo recordar los años en los que cantaba zarzuelas en el colegio y como exalumno carmelita- y finalmente mi pañuelo rojo alrededor del cuello. Como buen corredor, debía llevar en la mano para azuzar al toro, un Diario de Navarra enrollado, así que cogí el diario del día anterior que lo tenía a mano. En la plaza del Castillo nos encontramos mi amigo y yo, y de allí nos fuimos caminando hacia la calle de la Estafeta y de allí a la cuesta de Santo Domingo. El encierro parte desde los corrales al comienzo de la referida cuesta. En esa calle se juntan todos los corredores y le cantan a San Fermín, el cual se encuentra en una urna de piedra en la pared de la misma calle. Todos cantan varias veces a San Fermín una misma canción pidiéndole que les proteja durante el encierro: “A San Fermín pedimos/ por ser nuestro Patrón/ nos guíe en el encierro/ dándonos su bendición”.

El momento previo al encierro es muy emocionante. Existe un ambiente de suspenso, emoción, seriedad y –por qué no decirlo- de cierta devoción y respeto hacia los cuatro minutos y medio próximos, que es el tiempo que a lo más dura un encierro. Debo mencionar que los verdaderos corredores de encierros se han acostado temprano el día anterior, sin haber bebido nada de licor, es decir, se cuidan muy bien para poder correr bien el tramo que ha escogido. Dicho sea de paso, solo se corre un tramo ya que ningún corredor es capaz de correrse el recorrido completo de casi un kilómetro de largo que realizan los toros, pues los toros te alcanzan, son más rápidos. Por lo general se escoge un tramo de la ruta, la cual se inicia en la cuesta de Santo Domingo, pasando por la plaza del Ayuntamiento, la calle de la Estafeta, para terminar en la Plaza de Toros de Pamplona.

Para ser sincero, me encontraba bastante nervioso. Me había enterado que la ganadería que corría ese día era la célebre Miura, ¡Seis toros de lidia de más de quinientos kilos de peso! Estos toros serían lidiados por la tarde en la plaza por famosos toreros. Nos colocamos a cierta distancia de la cuesta y del grupo grande de corredores. Algunos corredores “calentaban” cerca de nosotros.  Los nervios me estaban matando a medida que pasaban los minutos. Ya no faltaba nada para las 8am. A esa hora en punto estalló un cohetón y salieron de los corrales los seis toros acompañados de algunos cabestros, los cuales guiarían a la manada por las calles.

La multitud a medida que se acercaban los toros empezó a moverse para luego empezar a correr casi desesperadamente. Cuando uno ve que se le viene encima una manada de toros de Miura, a toda velocidad, sin contar que la gente a su vez corre desesperada para que el toro no le alcance, en esos momentos es que uno tiene que decidirse a correr o pegarse a la barrera y dejar que pasen los astados. ¡Que viva el Perú carajo y adelante se ha dicho!

Corrimos un buen tramo, hasta que mi amigo y yo nos pegamos a la pared de piedra de una casa y dejamos que pasara la manada con sus enormes astas a escasos centímetros de nuestros pechos. Si una de las astas enganchaba mi camisa, lo más probable sería que el toro me arrastraría por el resto de la ruta. Es un momento tan emocionante que no se puede describir. Una vez pasada la manada, corrimos con toda la gente hasta ingresar al ruedo de la Plaza de Toros. Al ingresar al túnel de ingreso a la plaza, uno estira los brazos hacia arriba y alguien en las tribunas te jala para arriba, terminando por hacer una voltereta y caer sentado en las graderías de la plaza. Allí nos ubicamos para ver a los novillos que sueltan una vez que los toros han ingresado a los corrales de la plaza. Estalla un cohetón indicando que el encierro ha terminado. No podíamos con la emoción y se nos notaba en la cara. Pasado el susto, nos dirigimos a la Plaza del Castillo en donde terminamos en el Café – Bar “Iruña”, tomando una buena taza de chocolate caliente acompañada de sus correspondientes churros. Es un encierro que nunca olvidaré. Sin embargo, debo confesar que al año siguiente volví a los encierros, aunque esta vez me la pase cómodamente ubicado en un balcón de la calle Estafeta, disfrutando del encierro… pero con un poquillo más de seguridad.

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