Impunidad empresarial

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Solamente en el Perú un caso como el del vicepresidente del gremio empresarial más importante del país puede tener tan poca difusión.

El vicepresidente de CONFIEP y presidente de CAPECO ha sido condenado a prisión por defraudación tributaria. Se ha comprobado que falsificó 176 facturas y omitió el pago de impuestos por casi 6 millones de soles.

Me gustaría escuchar a los empresarios Gastón Acurio, Roque Benavides, Eduardo Hochschild, Dionisio Romero o Carlos Rodríguez Pastor y a representantes gremiales como Ricardo Briceño, Alfonso García Miró, Luis Salazar y al propio presidente de la CONFIEP, Martín Pérez Monteverde, condenando el hecho y exigiendo a Lelio Balarezo, hoy prófugo de la justicia, ponerse a derecho y no dejar en ridículo al grupo del que forman parte. Sería bueno escuchar también a los promotores de la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) como Pablo de la Flor, Henri Le Bienvenú y a tantos impulsores de las buenas prácticas empresariales decir algo sobre el tema.

Ojalá Tania Quispe aproveche la oportunidad para explicar que con la SUNAT y con el Estado peruano no se juega y que éstas son las consecuencias de un accionar criminal.

Es una lástima que todo lo que se venía promoviendo con mucho entusiasmo acerca de los nuevos empresarios socialmente comprometidos y las nuevas formas de hacer empresa en el Perú se haya ido al tacho de la basura con el silencio cómplice que vemos hoy en día frente al caso gremial mas escandaloso de los últimos años.

Un amigo miembro del establishment y promotor de la RSE me dijo que esto ocurre porque todos hacen lo mismo, que todos los de CONFIEP evaden o buscan evadir impuestos. El problema es que a Balarezo lo ampayaron. Me niego a creer que eso es así y conozco gente muy seria que me ha demostrado que se pueden y deben hacer las cosas bien. Conviene que los que se esfuerzan por cumplir la ley y hacen las cosas con corrección hagan explícita su posición frente a la opinión pública, porque el silencio en estos casos puede entenderse como complicidad o tolerancia.

El tratamiento mediático del caso Oropeza es diametralmente opuesto al de Lelio Balarezo. El primero tiene la máxima cobertura y todos opinan sobre el mismo. El segundo parecería ser un asunto sin importancia. En el primero se trata de un “huachafo” con “pinta de narco” que la prensa ya condenó; el segundo en cambio es un distinguido miembro de la élite empresarial que pese a estar condenado por la justica hay que tratarlo con benevolencia. Esta doble vara es la que debe acabar.

Cuando la clase dirigente se pone de costado y avala comportamientos como el de Lelio Balarezo debemos admitir que hay un problema muy serio en el Perú.

La élite empresarial critica mucho a la clase política acusándola de corrupta, irresponsable y falta de ética. De ahí que la frase “otorongo no come otorongo” se le atribuye a los congresistas. Hoy comprobamos que la misma frase es de aplicación para los empresarios corruptos. Mientras no haya un deslinde claro y contundente entre quienes están buscando hacer las cosas bien y los que están acostumbrados a hacer las cosas “como siempre”, difícilmente podremos lograr un cambio significativo en nuestro país. Si Lelio Balarezo no se pone a derecho y se entrega a la justicia, debería ser atrapado y presentado ante la opinión pública tras las rejas y con traje a rayas, como se presentó al terrorista Abimael Guzmán. Podría iniciarse una campaña de “SE BUSCA”, ofreciendo una recompensa para capturar a quien ha dejado pésimo a la clase empresarial.

Quizá es mucho pedir. Quizá el Perú no haya cambiado en ese aspecto. O quizá sí y los pronunciamientos empezarán a darse. Hasta ahora hay un silencio preocupante.