Lo que nos deja Alberto Fujimori

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La semana pasada llegaron a las redacciones de los medios informativos, la noticia del supuesto fallecimiento del ex presidente Alberto Fujimori, que de inmediato fue desmentida por la congresista María Luisa Cuculiza. A raíz de esta noticia, yo, como miles de peruanos me pregunte, ¿qué pasaría en el caso hipotético que se nos fuera Fujimori?, atreviéndome a esbozar una hipótesis de su partida.

Imagino que el primero en dar el sentido pésame sería el Presidente Ollanta Humala, en medio del repudio de millones de fujimoristas y simpatizantes que culparían a él y a Nadine de  la  muerte de su líder preso.

Por el lado histórico, a Fujimori, quizás, lo querrán embalsamar, como a Manuel Arturo Odría Amoretti  Presidencia Constitucional de la República (1950-1956).  Ya que, tanto Fujimori como él, se caracterizaron por hacer una gestión progresista, basada en el pragmatismo, priorizando obras en educación y de seguridad social, así como la relativa recuperación económica y financiera del país, que trajo un aumento a las exportaciones. El lema de Odría fue “Hechos y no palabras” que luego lo cristalizó en “Salud, Educación y Trabajo”; el de Fujimori fue “Honradez, Tecnología y Trabajo”. Ambos impulsores de ambiciosos programas, de construcciones monumentales, que trajo como consecuencia más empleo y una momentánea paz social (lo último en caso de Fujimori, lucha frontal contra el terrorismo y la firma del tratado de paz con el Ecuador). Edificaron grandes unidades escolares, universidades nacionales, edificios públicos, complejos de vivienda, hospitales, puentes y estadios como el Estadio Nacional de Lima; así como autopistas como la Panamericana, obras todas de gran envergadura que modernizaron al país a pasos agigantados, pero bajo una férreo gobierno “autoritario” de derecha, enérgicamente antiaprista y anticomunista. Asimismo, esta abundancia de obras públicas y la falta de una fiscalización originaron inevitablemente una gigantesca corrupción pública, de la que se habrían beneficiado ambos presidentes y sus allegados, cada uno en su respectiva época. Debo decir que todo lo bueno realizado por Fujimori para nuestro país pesara a su favor a la hora de su partida.

Reza un dicho popular que no hay muerto malo, pero que en el caso de Fujimori su muerte sería controversial y generaría fuertes sentimientos encontrados. Si hablamos en términos medibles estadísticos, me atrevo a decir que el 60% lloraría su partida, el 20% no sabe no opina y el otro 20% conformado por sus enemigos políticos de todos los bandos—aquellos que reinaron hasta los 90 como el APRA, los izquierdosos de todos los colores, accio-populistas, pepecistas  y otros pertenecientes a la oligarquía política de la época que vieron lapidada su poder frente al ingreso de Fujimori al ruedo político; así como también los que perdieron su ilusión de ser presidentes como Mario Vargas Llosa, quien fuese derrotado por Fujimori en las urnas— quienes de seguro no harán fiesta, pero si renegaran porque su odio que los tiene segados para el perdón, habrán inmortalizado a Alberto Kenya Fujimori Fujimori, frente al pueblo peruano, que lo recordará como reza una de las estrofas del himno nacional por “largo tiempo”.

Y como para rematar a sus verdugos, la muerte de Fujimori solo consolidaría el continuismo del fujimorismo en el gobierno peruano enrostrado en Keiko Presidente 2016, esto lo digo tras la conclusión de una larga conversación con un candidato presidencial que me dijo “lo peor que les pudiera pasar a los candidatos a la presidencia de la república en estas elecciones, seria la muerte de Fujimori”. Con esto se acabaría el discurso de aquellos a quienes tienen prisionero a Fujimori, los “políticos”, la pregunta es: ¿Keiko y los que la rodean estarán preparados para capitalizar este penoso escenario?