Ollanta y la Gran Academia de Lagado

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En uno de sus fascinantes viajes el capitán Lemuel Gulliver conoce la Gran Academia de Lagado, lugar donde acontecía un inusual proyecto que llamó su atención: la escuela de idiomas buscaba eliminar las palabras. Para llevar a cabo tamaña empresa, los autores de dicho proyecto idearon que las personas llevasen consigo todas las cosas sobre las que hablarían en cada conversación que tuviesen durante el día.

La finalidad de este proyecto, además de un tema de salud ligado al desgaste de los pulmones al hablar; consistía en que las personas se expresasen por medio de las cosas, liberándolas así de las palabras. La causa radicaba en que los sabios de Lagado habían comprendido que muchas palabras terminan creando más controversia que el sano entendimiento entre las personas.

El mayor inconveniente del proyecto era que cuando se abordasen grandes y diversos asuntos, las personas estarían obligadas a llevar a sus espaldas un gran talego de cosas. El proyecto no logró superar este obstáculo.

Sin embargo, este peculiar proyecto de la Academia de Lagado –no obstante su imposibilidad de llevarlo a cabo- nos evoca un importante mensaje al recordarnos que el lenguaje no sirve solo para entendernos, sino que muchas veces es la base para crear más de un conflicto y algo más de confusión.

Parece necesario trasladar este mensaje a nuestro presidente Ollanta Humala, quien en una reciente intervención se expresó de Fuerza Popular, principal partido opositor al gobierno, como “un partido nacido de la cloaca”.

Ollanta no comprende (¿ni comprenderá?) que –como nos recuerda Ortega y Gasset- la palabra es un sacramento de muy delicada administración; y como presidente de nuestra nación es evidente que no está administrando de manera adecuada dicho sacramento generando declaraciones infelices que no hacen más que generar un conflicto político innecesario.

Gran parte de su comunicación no sólo no está destinada a construir el diálogo político -necesario en una democracia que debe continuar fortaleciéndose- sino que da la sensación que busca obstruirlo.

Es simple, el político (con mayor razón si eres el representante de toda una nación) debe comenzar a revalorar la palabra, dándole un uso adecuado; en esto seguimos a Wittgenstein cuando mencionaba que ante la duda de ¿qué es realmente una palabra? respondía que es tanto como preguntarse ¿qué es una pieza de ajedrez? Pues efectivamente la elección de una palabra (o el conjunto de ellas) es como la elección de una pieza de ajedrez a la que se le encarga ejecutar una determinada jugada.

Señor presidente, en este tablero de la gobernabilidad le corresponde a usted elegir mejor sus palabras/piezas…aunque – si me permite- para un aprendizaje acelerado le sugeriría un visita a la Academia de Legado, confiando que el hecho de tener que llevar consigo las cosas sobre las que desee hablar le ayude con el tino que debe tener al comunicarse; al menos queda claro que la idea de llevar una cloaca en su espalda lo hará pensar más de una vez antes de utilizarla en su comunicación.