Ciudades inclusivas: más allá de la tecnología, por Verushka Villavicencio

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Para un niño con discapacidad con problemas en la comunicación que no logra pronunciar palabras pero que comprende lo que le dicen, el uso de la tecnología puede facilitar su comunicación e inclusive darle una voz a su voz. Para una niña que usa el internet para jugar junto a sus padres e investigar para elaborar su tarea escolar, es una clara ventaja. Si pensamos que existen alrededor del 29% de los jóvenes de todo el mundo que no están conectados en línea, siendo alrededor de 346 millones, entonces concluiremos que el uso de las TIC son el medio que pueda mejorar la educación, la salud y el acceso a oportunidades que mejoren la calidad de vida de los niños y niñas. Estos datos de UNICEF revelarían también que las niñas y niños del África son los más desfavorecidos, entonces usar la tecnología marca una clara ventaja para lograr el bienestar y la felicidad.

El informe de UNICEF, Niños en un mundo digital, Estado Mundial de la Infancia 2017, plantea que si se aprovecha de forma correcta la tecnología digital se pueden generar condiciones que ayuden a superar la pobreza, la condición de discapacidad, el género, los desplazamiento forzados y el aislamiento geográfico.

El internet de las cosas, la inteligencia artificial y el aprendizaje virtual ya se instaló en la web y evoluciona cada segundo. De otro lado, los pedófilos al acecho para captar niños, la pornografía y la violencia también han puesto su bandera en la web. Es necesario que los padres y madres de familia enseñen a sus hijos a navegar y a protegerse de todo aquello que pueda afectar su desarrollo integral. La capacidad crítica para evaluar qué sirve y qué perjudica, es un vacío latente. Pero también es preciso que los Estados implementen políticas públicas que acompañen este proceso al ritmo de la tecnología.

Una pregunta que queda abierta es: ¿cuál es el lugar del juego tradicional frente al uso de la tecnología? Según la OMS, un tercio de los niños del mundo pasan en promedio tres horas por día en su computador o viendo TV. De otro lado, una investigación de la University of Washington, encontró que cerca de la mitad de los infantes de 9,000 familias consultadas, en edad preescolar, no pasan tiempo jugando al aire libre con ninguno de sus padres durante el día, aunque jugar al aire libre beneficia su salud y los procesos de socialización naturales de los niños.

La tecnología sería una fuente de estimulación que debería ser usada como una oportunidad cuyo uso dosificado abre las puertas al mundo. Frente al uso de la tecnología, tenemos el juego tradicional, aquel que se practica en los parques, al aire libre es un proceso que estimula la creación de ideas. Para María de los Ángeles “Chiki” Gonzáles, la cultura es la generación de símbolos y es precisamente “el juego” un símbolo que se trasmite de generación en generación. Sería el juego también un proceso que se crea y recrea en la medida que comunica afecto, emociones y sentimientos entre quienes lo practican: padres e hijos, adultos por placer, abuelos con nietos, etc. Y en esa medida, los servicios que brinda el Estado serían también símbolos que se recrean con los ciudadanos como personas activas que “protagonizan” el servicio y no sólo reciben su uso. El juego como servicio del Estado sería una cocreación que otorgaría felicidad y fortalecería el tejido social como una cultura viva que cambia, evoluciona y crea. La creatividad y la imaginación serían el capital humano que crearía vínculos entre todas las personas, inclusive de diferentes generaciones a través del juego que une, integra y fortalece el afecto. El juego sería un gran proyecto cultural, patrimonio de toda la humanidad cuyo lenguaje verbal y no verbal nos conectaría con nuestra esencia. Chiqui González Ministra de Innovación y Cultura de Santa Fe, Argentina afirma que “una persona sin vínculos, sin amor, no puede pensar, no puede crear y por tanto hay que amar para enseñar”, significa que el Estado “gestionando el afecto” podría construir ciudadanía movilizando unos hacia otros. El juego sería uno de los medios para lograrlo.

Esta nueva interpretación en la formación de una cultura de hombres y mujeres diferentes llevó a Chiqui González a efectuar un experimento social denominado “la fábrica social del afecto”. La acción implicó movilizar durante 16 días a 20 mil personas en Rosario, Buenos Aires de todas las condiciones socioeconómicas, quienes construyeron y distribuyeron 5 mil objetos lúdicos que simbolizaron los dones que se regalaban unos a otros, en un sólo día. Estos objetos eran una extensión de las personas que los elaboraron y se compartieron más allá de las probables respuestas de todo aquel que recibió uno de ellos. Este experimento social argentino demuestra que la conexión entre todos los ciudadanos moviliza unos hacia otros y crea vínculos que nos hacen mejores personas.

Más allá de si usamos la tecnología para jugar o recurrimos al juego tradicional, lo que está en discusión es el “derecho al afecto” en la construcción de Ciudades Inclusivas. Hablamos de redefinir al Estado en función de servicios humanos que solucionen necesidades de las personas y les den la oportunidad de una vida digna. El juego es una forma pero habrán miles en la medida que identifiquemos la real necesidad de las poblaciones: ser felices. Y desde el Estado, transcender en el intento de humanizar a los ciudadanos.

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